Leñero, a la Academia

El pasado 11 de marzo Vicente Leñero fue elegido como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. El próximo jueves 12, en una sesión abierta al público en el Palacio de Bellas Artes, el escritor y periodista pronunciará su discurso de ingreso, al que dará respuesta Miguel Ángel Granados Chapa.

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Hace 40 años, el 25 de febrero de 1971, Eugène Ionesco, el gran dramaturgo francófono de origen rumano pronunció su discurso de ingreso a la Academia Francesa. A partir de ese día, habría de ocupar el sillón que dejó vacante uno de los más grandes críticos literarios de Francia, Jean Paulhan, quien durante 30 años fue director de la afamada Nouvelle Revue Française y uno de los principales dictaminadores de la editorial Gallimard.

Al hacer el elogio de su antecesor, Ionesco recordó el demoledor rechazo que sufrió cuando quiso publicar un texto en una de las colecciones que Paulhan dirigía, pese a lo cual nunca dejó de admirarlo ni de estimarlo. (Andando el tiempo acabaron siendo amigos.)

También recordó que Paulhan decía que no se escribe “para ser elegante ni ingenioso; no se escribe para tener razones ni tampoco para tener la razón ni para dar una apariencia plausible a tesis evidentemente falsas; escribimos para comprender, escribimos para salvarnos.”

Por último, señaló que ante el honor de ingresar a la Academia había dudado de sí mismo y se preguntó qué iba a hacer en medio de tantos sabios y eruditos. Su respuesta fue: “Habría sido muy estúpido y muy altanero al no confiar en aquellos que confiaban en mí”.

Ahora que Vicente Leñero se encuentra a punto de ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua, el discurso de Ionesco viene a la mente no tanto porque trace algún leve paralelo con acontecimientos biográficos o características del gran dramaturgo y narrador mexicano (a comienzos de los años sesenta Leñero vio rechazada por el Fondo de Cultura Económica una de sus novelas mayores, Los albañiles, y ama el idioma tanto como es capaz de criticarse a sí mismo), sino porque recuerda en más de un sentido los valores morales que norman su conducta, así como la franqueza y el desempacho con que habla de su persona cuando escribe en plan autobiográfico, a veces incluso para evidenciar sus fallas o debilidades –con excepción de José Vasconcelos y  de Jorge Ibargüengoitia, quizá ningún otro escritor mexicano haga algo semejante–.

Ese amor por la palabra, que lleva a Leñero a invertir horas en los menores detalles de un texto; esa capacidad autocrítica que ejerce con gran sentido del humor y la modestia de quien sabe de veras que no es posible tomarse demasiado en serio son, en buena medida, los fundamentos de su obra. Una obra que asombra por la diversidad de géneros que la constituyen: cuento, novela, teatro, ensayo, crónica, semblanza, guiones cinematográficos y televisivos, periodismo literario y político, entrevista, radionovelas, incluso traducción (es autor, con Francisco del Villar, de una versión en español de La muerte de un viajante, de Arthur Miller). En apariencia, el único género que este polígrafo no ha cultivado es la poesía; en realidad muchos escritos suyos tienen un enorme impulso lírico, como –para poner sólo un par de ejemplos– “La ciudad en el centro”, en el que retrata el abigarrado y colorido Centro Histórico de nuestra ciudad, o “Madre sólo hay una”, conmovedora evocación tan cargada de amor como de juicios severos (la necesaria distancia que cobramos ante los progenitores para convertirnos en adultos) que es imposible leer sin sentir un nudo en la garganta.

A esa diversidad hace alusión el comunicado de la Academia que fundamenta el nombramiento de Leñero, pero también debe destacarse el afinado oído que posee para captar el habla mexicana, talento que emplea en sus narraciones para dar a cada personaje una identidad a través de su habla, para darle vivacidad y vibración a los  diálogos de sus obras teatralesy para construir párrafos de notable complejidad rítmica, como ocurre al principio de Los periodistas, que además tienen la gracia de parecer escritos a vuelapluma.

Leñero ha manifestado siempre su admiración por Ricardo Garibay, por la sonoridad de su prosa, su amor por el estilo, su conciencia del peso específico de las palabras. Las mismas razones hacen admirable el trabajo de Leñero. Tanto el literario como el periodístico, que casi no pueden disociarse, porque en uno y en otro su principal divisa es la responsabilidad ante el idioma, la voluntad de dotarlo de brillo y novedad. Por eso escribe y rara vez se siente satisfecho con lo que ha escrito. Vuelve sobre La voz adolorida (su primera novela, que este año cumple medio siglo), la transforma de pies a cabeza y le da un nuevo título, que se puede interpretar casi como una suerte de poética: A fuerza de palabras.

Esa tenacidad por decir con exactitud lo que quiere decir lo ha llevado a experimentar una y otra vez distintas técnicas, recursos distintos; a probar y apropiarse de las aportaciones de la nouveau roman y de las de Truman Capote. De esa manera, en el curso de 52 años ha escrito medio centenar de libros.

 

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Vicente Leñero ocupará la silla número XXVIII de la Academia Mexicana de la Lengua. Su antecesor inmediato fue Víctor Hugo Rascón Banda, otro distinguido autor teatral. Así la dramaturgia continúa teniendo un portavoz distinguido en esa institución. Pero su presencia en ella no se reducirá, por supuesto, a representar el uso del idioma en ese arte. Leñero es además un periodista con una participación muy clara en la vida política y cultural de México para quien la preservación del lenguaje frente a la demagogia y la mercadotecnia que lo empañan está necesariamente vinculada con el conocimiento y la divulgación de lo que sucede en el país, con la salud de la vida nacional, con su transformación para bien. En ello ha trabajado a través de sus libros y sus muchos artículos periodísticos y ahora encontrará una nueva caja de resonancia en la Academia.

En cierto sentido, Vicente Leñero es un académico de la lengua desde hace tiempo. Además de otras varias razones, porque ha procurado, con generosidad, enseñar a otros lo que ha aprendido.

A traves de los cursos y talleres que ha brindado se ha convertido, para muchos nuevos escritores, en ese maestro que él en su juventud encontró en Juan José Arreola. Es indudable que desde la Academia Mexicana de la Lengua continuará ejerciendo ese magisterio.

 

 

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