José Emilio Pacheco, pasión por la historia

Septiembre de 2006. Pacheco en la Casa de la palabra. Foto: Marco A. Cruz Septiembre de 2006. Pacheco en la Casa de la palabra. Foto: Marco A. Cruz

MÉXICO, D.F. (apro).- En una de las últimas conferencias magistrales que José Emilio Pacheco ofreció en la sede de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en Tlalpan, el escritor y poeta recorrió a través de personajes, fechas, datos y hechos la historia política, social, económica y cultural del siglo XIX, en el marco del diplomado México Decimonónico de esa institución.

La historia fue otra de las grandes pasiones del autor de Las batallas en el desierto, Los elementos de la noche  y El principio del placer, por citar sólo unos ejemplos de su vasta obra. De ello dio cuenta muchas veces en su columna “Inventario” publicada en el semanario Proceso desde su fundación, donde lo mismo desentrañó la biografía de célebres o poco conocidos personajes históricos que pasajes de la historia nacional y universal y se permitió jugar inventando hechos que parecían reales de tan bien narrados.

Como la vez en la que se burló, haciendo gala de su conocimiento histórico, del entonces senador Lisandro Lezama, quien al imponer la medalla Belisario Domínguez 1999 al escritor Carlos Fuentes, recordó que el senador por Chiapas en 1913 “¡había sido víctima del Chacal Venustiano Huerta!”.

“¿O habrá dicho Victoriano Carranza?”, jugó Pacheco, quien tituló ese lúdico “Inventario”, del 16 de octubre de ese año, como “Don Venustiano Huerta, ‘El Chacal de Cuatro Ciénegas”.

Uno de los temas a los cuales dedicó muchas páginas el escritor fue la matanza de Huitzilac de 1927, en la cual se asesinó al general Francisco Serrano, entonces aspirante a la presidencia, que ocupaba entonces Plutarco Elías Calles, a quien sucedió Álvaro Obregón.

Equiparó el hecho en alguna ocasión con el cuento Rashomón publicado en 1917 por Ryunosuke Akutagawa, quien se suicidó en 1927, refirió el autor en Inventario del 25 de septiembre de 1999.

Es la historia de un crimen en un bosque en el cual “jamás sabremos qué sucedió realmente”. Y así ocurrirá, se entiende en su texto, en los hechos similares que van de Moctezuma a Ruiz Massieu:

“Rashomón de Manuel Buendía; Rashomón del cardenal Posadas; Rashomón de Colosio; Rashomón de Ruiz Massieu, más intricado ahora por el suicidio de su extrañísimo hermano, un personaje al que ningún autor de ficción podría inventar ¿Necesitamos a estas alturas volver al Rashomón de Huitzilac?”

Y se responde:

“Tal vez sí porque la utilidad de la historia como advertencia para el presente hace que Huitzilac nos recuerde cómo la ambición de poder convierte en odio asesino los afectos más firmes, las amistades que parecían indestructibles; cómo la violencia verbal precede a la violencia material, y cómo las campañas basadas en injurias pueden tener desenlaces funestos.”

Para el etnólogo Sergio Raúl Arroyo, exdirector del INAH, en la obra de José Emilio Pacheco convergen de manera indisociable la literatura y la investigación histórica.

“Es un hombre de una convergencia privilegiada. En su obra se entrecruza la historia de México y la historia del mundo. Pienso en Morirás lejos, por ejemplo, que va de la historia de la caída de Jerusalén, con Flavio Josefo, al Totenbuch que describe a los alemanes del presente, su presente literario.”

En esa convergencia, que a decir suyo, está presente en forma continua en la obra de JEP (como firmaba sus “Inventarios”), radica la universalidad de su trabajo.

Entrevistado al asistir al homenaje de cuerpo presente que se rindió a José Emilio Pacheco el pasado lunes 27 de enero en el Aula Magna de El Colegio Nacional en el Centro Histórico de la ciudad, el etnólogo recuerda que recibió clases del poeta:

“Fue mi maestro dentro del INAH. Nos daba un seminario que en realidad era sobre todos los temas, literatura, arte, historia.”

Ahí llegó a decir una frase que el etnólogo sigue teniendo presente y le parece “importantísima”:

“Dijo: Solamente hay una virtud más escasa que el talento, es la persistencia. Y me parece, justamente, que esa persistencia está presente en su obra. Si uno revisa obras vitales, claves, capitales, como Morirás lejos –precisamente– esa persistencia atraviesa toda la obra: La persistencia de la cultura, la persistencia de las constantes de la historia, la persistencia de los humanos y la pequeña historia de los humanos, enfrentados a la gran historia de las sociedades y del mundo, es algo que está siempre presente.”

Agrega el también curador de exposiciones que en Pacheco se resumen las visiones y perspectivas de una generación de escritores y literatos de mediados del siglo pasado que “encuentra en José Emilio uno de sus personajes capitales:

“Yo creo que es realmente uno de los escritores claves para entender –como él dijo a propósito de Walter Benjamín– un gran momento, el enorme momento de la historia de México.”

–Muchos de los “Inventarios” eran…

–De historia, ¡claro! –termina la pregunta.

“La erudición de José Emilio era algo apabullante, sabía absolutamente de todo, nos platicaba desde la historia de algún personaje extraño un poco extravagante, de aspectos culinarios, sabía todo.”

Y relata que llegó a preguntarle en una comida entre amigos, de qué no sabía pues era más fácil que respondiera eso, pues conocía de todo, aunque consideraba que había siempre un fragmento de la realidad por descubrir o redescubrir.

“Por eso estos constantes descubrimientos, esos redituables, en términos literarios, redescubrimientos de la historia que hace él a través de la literatura, porque hay textos que son totalmente fieles, pero también hay reinvenciones de la propia historia que son las visiones en donde se permea la historia con la mitología, es otro de los grandes temas que están presentes en la historia de José Emilio: La mitología y la memoria, como una forma de abordar el pasado, pero también dejando vivos los sentimientos, y hay otro aspecto que es un poco más duro que es el que tiene que ver con la erudición de la historia.”

Amor y dolor urbano

El etnólogo comenta también que la Ciudad de México, con sus edificios y paisajes ha sido protagonista de la obra de Pacheco. Así, por ejemplo, escribió un poema para el Museo Nacional de Antropología, publicado en la revista M Museos de México.

Al respecto la maestra Cristina Barros menciona que además de que la unía una amistad tanto con José Emilio Pacheco como con su esposa Cristina, a quienes considera personas de “gran coherencia y congruencia”, hubo coincidencia en los temas de la ciudad:

“Una ciudad a la cual quiso tanto y que hemos abandonado, que requeriría esa mirada amorosa que José Emilio tenía, para que volvamos a encontrar sus calles, sus sabores, sus caminos, su vida.”

–¿Se pierde una voz crítica en el tema del deterioro de la ciudad?

–¡Claro! se están perdiendo voces críticas y es una tristeza porque ahora hacen más falta que nunca para entender que esta ciudad debe ser rescatada a través de amarla y de la cultura. Es una ciudad hermosa que tiene muchísimo que dar pero a la que siempre estamos vituperando, con la que siempre nos estamos enojando, cuando tiene mil rincones por descubrir, mil cosas hermosas que darnos todos los días y finalmente –antes de que acaben de destruirlo– un tejido social que nos sostiene a todos, en sus barrios, en sus pueblos, en sus colonias.

Tras recordar que Pacheco preguntó hace tiempo en la presentación de la colección Letras Mexicanas si “nos atreveríamos a ver a los ojos” a los hombres y mujeres del siglo XIX que construyeron el Estado mexicano y sus instituciones, reitera:

“Qué lástima y que tristeza que se pierdan voces como la de José Emilio, que nos hacen tanta falta para enfrentar tiempos difíciles, tiempos en los que la visión de país se ha perdido, en los que ya no hay un nacionalismo sino que el país se entiende como un botín para unos cuantos. Eso es verdaderamente lamentable y creo que a él le dolía mucho esa situación. Tanto él como Cristina han sido personas conscientes y siempre han participado en las causas más importantes con una claridad en su postura que es ejemplar y que muchos deberían de seguir.”

El señalamiento sobre el deterioro urbano, unía a Pacheco con el también poeta David Huerta, quien llamó a la ciudad un “amasijo de fealdades”. Sin embargo, dice Huerta en entrevista que desconoce lo que opinaba José Emilio sobre lo que ocurría en el Distrito Federal luego de 1997, cuando llegó Cuauhtémoc Cárdenas a la jefatura de gobierno:

“La política en la ciudad, a pesar de todo, cambió para bien. Hay leyes en la ciudad, medidas democráticas, una asamblea que más o menos nos representa, pese a los problemas de corrupción, en fin. Pero sí, efectivamente a mí me gusta mucho las ciudad y a José Emilio también,  por eso le dolía tanto.”

Compañero y amigo

La comunidad académica de la DEH del INAH expresó su pesar por la muerte del poeta, escritor e investigador José Emilio Pacheco en su página web de investigadoresinah.com.mx.

Por su parte, su colega el historiador Saúl Escobar escribió un texto en el cual lo evoca:

“Fue mi compañero de trabajo hasta el domingo (27 de enero, día en que el poeta falleció)… Aunque en el caso de José Emilio, ser compañeros de trabajo no se reflejara exactamente en esa imagen común de llegar por la mañana y verlo en su cubículo leyendo un libro, escribiendo en la computadora o platicando con los demás profesores, JEP era un verdadero compañero de trabajo o aún más, un amigo del trabajo que, cuando lo veías, te saludaba con amabilidad, afecto y te preguntaba cosas de tu vida académica: ‘Supe que publicaste esto y aquello… o que diste una conferencia, o que estás trabajando en el tema x o x’. Y lo decía para animarte o para dar a entender que seguía tu trabajo con interés.”

Y recuerda que cuando la DEH estaba en el Castillo de Chapultepec y no en Tlalpan, Pacheco impartió entre sus compañeros un curso de redacción, siempre con la advertencia de que hacía sugerencias para decir de una u otra manera las cosas, pero podía no tener razón.

Lo importante de “aprender a escribir era evitar caer en dos extremos: ensucir el lenguaje con palabras que no se oyen bien o que pretenden suplantar otras que suenan correctamente. Criticaba mucho la tendencia a convertir en verbos los sustantivos o inventar nuevos”, como publicitar y ofertar, “pero también rechazaba un cierto afán de hablar o escribir perfecto”.

Al asistir al homenaje a Pacheco en El Colegio Nacional, la actual directora del INAH María Teresa Franco, dijo que José Emilio Pacheco es “un hombre del INAH”. Más allá de los discursos oficiales, lo cierto es que son tangibles las aportaciones de José Emilio Pacheco al estudio de la historia.

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