Y todo por asistir a la Casa Blanca…

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En esta semana de marzo ‒el 24 para ser exactos‒ se cumple el primer centenario luctuoso del preeminente compositor Enrique Granados (1867-1916) y, sobra decirlo, rememorarlo es un deber irrecusable. El calibre de su legado musical, así como las trágicas circunstancias de su muerte serían suficientes para elaborar esta nota periodística, no obstante, la insospechada vinculación que existe entre el personaje y nuestro país merecería un acercamiento acucioso, más a fondo del que se ha realizado.

Digamos, para empezar, que Granados está considerado como uno de los músicos españoles de más relieve en la historia y, acaso a la par de Isaac Albéniz, como el compositor catalán de mayor renombre (Granados vio la luz en Lérida). Empero, sin menoscabo del acierto de estas generalizaciones y para desdoro del orgullo catalán, Granados no tuvo ningún ancestro oriundo de Cataluña. Su padre era un cubano de extracción castellana y su madre, Enriqueta Campiña, nació en Santander. En cuanto al abuelo materno y a una de las bisabuelas de la misma rama, Antonio Campiña y María Migueleño respectivamente, no se sabe mucho salvo que, y aquí está lo primero que nos concierne, ambos eran originarios de la Ciudad de México.

Para proseguir en la senda de las vinculaciones es menester que delineemos los perfiles biográficos pertinentes (asentando de antemano que en Granados se manifestó un sino adverso en el que la fatalidad, las estrecheces económicas y la enfermedad ‒neurosis incluida‒ cobraron su cuota). Enrique no contó con un ambiente particularmente idóneo para el desarrollo de sus dotes ‒su padre era militar y su madre una ama de casa sin pretensiones culturales‒, de ahí que deba deducirse que hubo una predestinación total hacia la música. Su acercamiento al arte sonoro acaeció relativamente tarde ‒nada que ver con la precocidad de Albéniz, quien tocó su primer concierto con sólo cuatro años de edad‒ y no fue bueno, al contrario, fue muy precario. Un cadete amigo de la familia, tocaba la flauta y se ofreció a impartirle los rudimentos musicales. En poco tiempo, Enrique reveló una sólida vocación que demandaba una enseñanza más depurada. Apareció entonces, a sus once años, el maestro F. X. Jurnet, quien le impartió las primeras lecciones de piano en la Escolanía de la Merced en Barcelona.

Siendo aún adolescente quedó huérfano de padre y eso lo orilló a ponerse a trabajar como pianista de Café, puesto que la pensión que recibía su madre viuda no alcanzaba para darle de comer a la prole que estaba compuesta por cinco hijos. El trabajo en el Café no le gustaba ya que era requerido para tocar los aborrecidos temas de ópera que complacían al dueño y, en breve fue despedido. Lo único bueno de ese empleo ‒aparte de las cien pesetas mensuales que percibía por 5 horas diarias de trabajo‒ fue que un cliente captó su extraordinaria musicalidad para después acercarse a su madre diciéndole que “lo que pasara con el chico era un asunto de conciencia” y que a toda costa debía llevarlo con el renombrado J. B. Pujol. Cuando éste accedió a escucharlo decidió abrirle de par en par las puertas de su academia. Ahí, finalmente, empezó a encausarse hacia el dominio del piano y la composición. Paralelamente consiguió trabajo en otro Café, quedando esta vez como empleado de un verdadero melómano quien sería, a la postre, su mecenas.

No pasó mucho tiempo para que su progreso se hiciera patente, al grado de hacerse perentoria la necesidad de ampliar sus horizontes. Hubo consenso en que el lugar ideal era el Conservatorio de París. Los costos de la estancia parisina serían absorbidos por el dueño del Café mencionado quien, además, lo había eximido de tocar en el local dado su rechazo a interpretar música ligera (lo había puesto a darles clases de música a sus hijos). Una vez en la Ciudad Luz Enrique contrajo tifus y, para no contrariar a su sino, perdió la fecha de audiciones, no quedándole más remedio que buscarse clases particulares con Charles de Beriot. Esas audiciones perdidas serían las últimas, pues el límite de edad para ingresar al conservatorio eran los veintiún años que él, tristemente, ya cumplía.

Dos años duró el entrenamiento con De Beriot, al cabo del cual regresó a Barcelona, listo para debutar profesionalmente. Vinieron conciertos a granel, sobre todo de música de cámara. A pesar de sufrir de un nerviosismo severo hizo múltiples presentaciones, tanto en trío como en quintetos, estas últimas al lado de José Rocabruna y Pau Casals. Mencionamos a Rocabruna dado que, terminada la colaboración con Granados, emigraría a México para convertirse en prócer de nuestra música. Rocabruna formó a varias generaciones de violinistas, fue director de la Escuela de Música de la UNAM y también, en colaboración con José F. Vásquez, fundó la OFUNAM.

En 1891 Granados dio un concierto en Valencia, ciudad donde encontraría al amor de su vida. Era ella Amparo Gal, una mujer estoica que estaba dispuesta a compartir los avatares existenciales de un compositor aún incapaz de mantenerse a través de su propia obra. La solución para el sustento matrimonial sería, básicamente, la enseñanza, ya que los honorarios como concertista eran insuficientes y los caudales emanados de sus composiciones eran todavía quiméricos. El rubro magisterial fue cubierto fundando una academia que habría de convertirse en semillero de talentos. Aquí debemos asentar que Granados intentó concursar por una plaza en el hoy Conservatorio Real de Madrid, aunque tampoco logró ganarla debido a otra enfermedad que le impidió presentarse al concurso. Mas volviendo a la academia Granados de Barcelona cabe decir que de ella, por ejemplo, salió la ilustre cantante Conxita Badía ‒después de darle lecciones de piano Granados la enfiló hacia el repertorio vocal‒ a quien hemos de traer a colación pues fue mentora en el Mozarteum de Salzbugo de la gran soprano mexicana Alicia Torres Garza. Cabe agregar que Torres Garza coordina actualmente la academia de canto de nuestro Conservatorio y que, cual nieta musical de Granados, sigue formando alumnos.

Con este panorama bosquejado sólo nos falta añadir que el enlace de Granados con Amparo Gal engendró seis hijos y que las finanzas fueron siempre el talón de Aquiles. Su música se tocaba,[1] es cierto, pero el desdén hispano por el talento de sus propios artistas se encargaba del resto. Granados amaba la música pura en una época donde en España había apetito nada más para zarzuelas. Componiendo su ópera Goyescas trató de enmendar la situación, pero no acabó de lograrlo. El reconocimiento tenía que venir del extranjero, precisamente de la Unión Americana. Un manager yanqui se empeñó en estrenar en el teatro Metropolitan de Nueva York la ópera recién compuesta y, cual aparente toque de Midas, la vida de Granados pareció cambiar diametralmente, pero una vez más, el sino adverso vendría a interponerse.

Leamos este testimonio escrito desde Nueva York para aquilatar el malogrado viraje de la fortuna: “Por fin he realizado mis sueños. Es verdad que tengo la cabeza llena de canas y que ahora comienzo mi verdadera obra, pero tengo la confianza y entusiasmo para trabajar más y más. Soy un sobreviviente de una lucha estéril en la que me sumió la ignorancia y la indiferencia de mi patria. Mi felicidad actual es más por lo que ha de venir, que por lo hecho hasta ahora. Sueño en París y tengo un mundo de ideas…”

Granados conquistó a la urbe de hierro y el éxito de su música fue arrollador. Recibió la enorme suma de 4 mil dólares por regalías, más lo acumulado por los derechos de edición con la Schirmer, las grabaciones en discos de 78 rpm y los múltiples regalos en contante de algunos colegas ‒Kreisler y Paderewski donaron dinero en cuanto se enteraron de las privaciones sufridas‒ para que en el futuro pudieran comprarse boletos para toda la familia (en Barcelona se habían quedado los hijos). El viaje de regreso estaba programado en un buque español, mas hubo de cancelarse, de nuevo el sino adverso, por una invitación súbita del presidente Wilson que quería escucharlo en persona. Granados y Amparo se trasladaron a Washington con un mal presentimiento, pero los aplausos del recital lo disiparon.

Así las cosas, ya no tuvieron otra alternativa más que abordar, un par de días después, el barco británico Sussex. Si el extraño interés de Wilson no se hubiera materializado como otra señal del sino adverso, quizá la dichosa pareja no se habría encontrado en pleno canal de La Mancha a merced de los submarinos alemanes. El quizá aquí vale mil años. Un torpedo certero desató el pánico y a Enrique lo separaron de su consorte, metiéndolo en una lancha. A ella la metieron en otra, pero por alguna razón ignota acabó en el agua. Cuando Enrique la divisó, se aventó al mar para salvarla y los dos se hundieron abrazados, con el fin de hurtarle ternura a los designios de la muerte. Pesados, sus cuerpos descendieron como las raíces entrelazadas de un árbol abatido, un árbol donde se habían posado cientos de ruiseñores Para rematar la paradoja, el sino quiso que el Sussex no acabara de naufragar y que sí llegara a puerto…

[1] Se sugiere la audición selecta de algunas de sus obras. Audio 1: Enrique Granados – Danza española n° 5 Andaluza (Douglas Riva, piano. NAXOS, 2010) Audio 2: Enrique Granados – Quejas o la Maja y el ruiseñor de la Suite Goyescas o Los majos enamorados. (Douglas Riva, piano. NAXOS, 2009)

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