La armoniosa andadura cervantina (2 de 3)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En la columna pasada hicimos algunas referencias sesgadas a los quebrantos biográficos de Miguel de Cervantes, mas nos faltó aclarar que las lagunas de información sobre su acontecer son inmensas. De su cotidianidad no sabemos absolutamente nada y disponemos de pocos hechos para hacernos una idea de lo que poblaba su psiquis. Sobre su vida marital, por ejemplo, contamos con un demoledor testimonio del que podría inferirse que fue ésta precaria y que el ilustre Manco hubo de recurrir a la idealización como recurso de fuga. Su suegra escribió que era un “escritorcillo aventurero y fracasado, sin oficio ni beneficio, que sólo había engatusado a su hija para asegurarse el puchero”…

Como podemos suponer, el puchero nunca acabó de asegurarse, puesto que estrecheces y rencores fueron platillos recurrentes de la familia. A las hermanas del escritor las apodaban “Las Cervantas” en alusión a sus “innobles” oficios corporales y don Miguel no pudo impedir la paternidad de una hija “ilegítima”. Aunque, acaso debiéramos inquirir: ¿En realidad existen hijos ilegítimos? ¿No tendría que borrarse del diccionario de nuestros prejuicios la palabra bastardo? ¿No somos producto de una mezcla sanguínea, en la que nuestra “legalidad” no tuvo nada que ver con el beneplácito de la Iglesia? ¿Existe aquello de una sangre más pura que la otra?…

Digresiones aparte, es hora de regresar al abundante corpus sonoro ‒recordemos que se habla de más un millar de obras‒ surgido a raíz del impacto que el ingenio cervantino causó en los creadores de las últimas cuatro centurias, tornándose la selección ardua y limitativa. Elijamos, pues, un florilegio que ponga de manifiesto la multiplicidad de contextos en los que se produjo la exégesis musical del quijotismo en acto. Daremos prioridad a esas músicas que tienen un acusado valor histórico, así como a aquellas que emanan de la reacción del hombre que, a pesar de estar hundido en los torrentes de Tánatos, se aferra a la existencia en los troncos salvadores de la lectura y la creación.

En primer término, hemos de citar al destacado compositor británico Henry Purcell y a su musicalización quijotesca ‒la primera obra teatral significativa basada en la novela cervantina‒ de los años 1694 y 1695. Fue ella resultado de un trabajo al alimón entre el músico y el libretista Thomas D´Urfey, quien encadenó de manera aleatoria algunas de las aventuras más celebradas del libro. El ataque a los molinos de viento, la liberación de los galeotes, el retablo de maese Pedro, el encantamiento de Dulcinea, la visita a los duques y la obtención del yelmo de Mambrino, son algunos de los episodios elegidos a los que, también caprichosamente D´Urfey le intercaló algunas de las historias interpoladas por Cervantes, haciendo del todo un enjambre de supuesta índole jocosa ‒llevó por título The Comical History of Don Quixote‒, cuya duración rondaba las siete horas (probablemente es la dramatización más larga de que se tenga noticia).

Sobre su estreno en el Dorset Garden Theatre de Londres, el 21 de noviembre de 1695, abundaron las críticas y el fracaso fue rotundo, no obstante la calidad de la música de Purcell.[1] Incidentalmente, fue lo último que el llamado Orfeo Británico alcanzó a componer, pues la misma noche del estreno moría en circunstancias misteriosas, o mejor dicho, tragicómicas. Contaba con sólo 36 años de edad. Hay dos teorías sobre la muerte, siendo la segunda la más plausible. Un envenenamiento por consumir chocolate, la primera o, la de haberse pescado una pulmonía fulminante por permanecer a la intemperie en la helada noche londinense. Al parecer, su inflexible consorte, una suerte de Teresa Panza anglófona, decidió atrancarle el portón de casa, debido a su hartazgo por verlo aparecer, otra vez más, pasado de alcoholes. De ser cierto, si Henry no se hubiera ido a la taberna, a lo mejor habría contado con más años para servirle a las musas y, obviamente, habría tenido la oportunidad de ablandarle el carácter a su cónyuge, llevándosela consigo al teatro para deleitarse con la genialidad cervantina…

Narran las crónicas que el brasileño Antonio José Da Silva terminó sus días en la hoguera. Fue quemado en un auto de fe de octubre de 1739 en la plaza pública de Lisboa contando con 34 años de edad. La familia Da Silva descendía de judíos conversos ‒los llamados marranos‒ y había huido de Portugal a principios del siglo XVII. Durante su estancia en el Nuevo Mundo, había podido amasar una fortuna gracias a la minería. Recuperada la dignidad y con el respaldo de oro y diamantes, los Da Silva creyeron que los fantasmas de la persecución eran cosa del pasado, sin embargo, la delación de una empleada los regresó a su antigua patria y el recibimiento fue cruento. Siguieron siendo satanizados por el Santo Oficio y tanto Antonio como su madre fueron conducidos frente al tribunal de la inquisición en 1726 y hallados sospechosos de prácticas judaizantes.

La señora Da Silva fue exiliada por tres años mientras que al joven Antonio, después de haberlo paralizado por meses debido a la tortura, se le permitió estudiar leyes en la Universidad de Coimbra. Naturalmente, debía portar el Sambenito reglamentario. Fue en esos años que se interesó por la literatura y concibió un libreto para una ópera de marionetas a la que tituló A Vida do grande Don Quixotte e do gordo Sancho Pansa. En ella pudo combinar la sátira con el sarcasmo encubriendo su profundo desprecio por el Rey, los ministros y la Iglesia. La obra fue representada y la reacción predecible: atizó la leña de su hoguera. Quizá en los estertores de la asfixia recordó las palizas sufridas por el Quijote y dio por sentado que la vida vale la pena si es vivida en pie de lucha y en conformidad con la defensa de la dignidad humana. ¿No sería imperativo rescatar a esta obra literaria –la música está perdida y se piensa que a lo mejor se había compuesto de melodías populares en boga‒ que preserva entre sus fojas el eco de tanto sufrimiento?…

Un caso más estremecedor aún es el de la partitura Don Quixote tanzt Fandango que sobrevivió en condiciones milagrosas a la barbarie nazi. La obra pretendía ser la obertura de una ópera que ya no llegó a componerse y a este fandango sinfónico fue necesario completarle varias secciones.[2] Su autor, el judío polaco Viktor Ullmann, pereció en los hornos crematorios de Auschwitz en 1944 y como único rastro de su paso por los campos de concentración ‒estuvo recluido primero en Theresienstadt, un campo pensado para albergar a 5 mil personas que acabó hacinando a 60 mil‒ dejó los pentagramas hirvientes de sus últimos pensamientos musicales. Esos pensamientos le expandieron el aliento vital y le dieron fuerzas para homenajear, desde el verdadero infierno en tierra, a aquel héroe a quien quiso rendirle un tributo póstumo. Resulta poético y sobrecogedor al mismo tiempo, imaginarse al prisionero, reducido a un despojo, leyendo bajo la efímera luz de su barraca y dejándose poseer por los ideales cervantinos que lo incitaban a comulgar con ellos para conjurar la locura más macabra de la historia. La efigie de Ullmann se refleja prístina en el otro lado del espejo humeante de la crueldad humana y su música nos ofrece una redención que no necesita intermediarios frente a un Dios que le da cabida al martirio de sus hijos.[3]

De sumo interés es el caso de la familia madrileña Halffter ‒los hermanos Ernesto y Rodolfo y el sobrino Cristóbal‒, pues fue sempiterna adoradora de la obra cervantina. Ernesto, un partidario ferviente del franquismo, compuso ocho obras sobre tema quijotesco de la cuales, como tributo a la mujer inalcanzable, cuatro son aproximaciones a Dulcinea. De Cristóbal sobresale una ópera estrenada en 2000 llamada Don Quixote, en donde Cervantes y su ingenioso hidalgo dialogan en aras de hallar el entendimiento del mito que crearon entre ambos. Con respecto a Rodolfo, la cervantomanía se hizo patente desde la primera infancia. Sus primeros intentos compositivos fueron musicalizaciones del Quixote para un teatro de marionetas casero, mismas que evolucionaron hasta la escritura de una ópera intitulada Clavileño que llegó a tener fecha de estreno. Lo terrible del asunto es que los bombardeos de Figueras, durante la Guerra Civil española, destrozaron la única copia de la partitura. Sobrevino entonces el exilio mexicano que devino en la naturalización. Tres epitafios, para las sepulturas de Don Quijote, Dulcinea y Sancho Panza,[4] compuestos en la Ciudad de México, son prueba irrefutable de la inmortalidad de las creaciones de Cervantes, triunfantes afirmaciones de la realidad dentro del universo de la ficción…

[1] Se sugiere la audición de alguna de sus partes. Audio 1: Henry Purcell – Song Genius of England de The Comical History of Don Quixote. Z578. (Martin Hill y Emma Kirby, voces. The Academy of Ancient Music. Christopher Hogwood, director. DECCA, 1990)

[2] Bernhard Wulff, su reconstructor hubo de lidiar con la pésima calidad del papel, las múltiples enmendaduras y las manchas de mugre y humedad.. Audio 2: Viktor Ullmann – Don Quixote tantz Fandango. (Kölner Philharmoniker. James Conlon, director. CAPRICCIO, 2003)

[3] Se aconseja a audición de la misma. Audio 2: Viktor Ullmann – Don Quixote tantz Fandango. (Kölner Philharmoniker. James Conlon, director. CAPRICCIO, 2003)

[4] Escúchelos accediendo al vínculo www.youtube.com/watch?v=QUzxBEDNp2c

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