Un transilvano en Valle de Bravo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La mañana del último día de su vida, Gabriel Banat se levantó con la renovada certidumbre de ser un hombre inmensamente afortunado. Besó a Diana, su mujer, con el amor decantado por las décadas y se vistió con esmero. Algo cómodo pero lo bastante agraciado como para ir a desayunar al pueblo a donde, religiosamente, se dirigían los fines de semana. Ese sábado no era distinto de los demás, sin embargo, Gabriel creía que había que vivirlo, al igual que el resto de los instantes de su apasionada existencia, con la mayor intensidad posible. Tomaron el automóvil y en pocos minutos tuvieron frente a sí el restaurante de su predilección. Los esperaba la mesa de costumbre y con respecto al menú, no hubo variantes. Los mismos platillos adecuados a su dieta y la infaltable orden de frutas para comenzar. Mientras aguardaban, volvieron la mirada hacia los ventanales del local y se extasiaron con la transparencia del aire y la luminosidad del cielo.

Sin quererlo, la plática versó sobre los amigos que traían extraviados y sobre la pertinencia de buscarlos. Eran muchos y estaban diseminados por el planeta, mas con los prodigios de la internet, no había motivo para no mandar algún mensaje que dijera que pensaban en ellos y que saberlos sanos era un regalo que querían auto ofrendarse. Finalizado el desayuno compraron el periódico y caminaron unas cuadras para facilitar la digestión. En su breve paseo repararon en las bellezas del pueblo que habían elegido para pasar los veranos de su trashumante existencia. Se trataba de Begur, un hermoso asentamiento frente a la Costa Brava española que databa de la prehistoria y que presumía las imponentes efigies de su castillo medieval y de las cinco torres de defensa erigidas en el siglo XVI para contraatacar a los piratas moros.

De regreso en su mansión, Gabriel volvió a darle un beso a Diana antes de subirse a la terraza para la acuciosa lectura del diario. Era parte de esa rutina cultivada desde su juventud, cuando los titulares a ocho columnas sobre los sucesos de la Segunda Guerra Mundial hacían estragos en los atemorizados lectores. Consumado el ritual periodístico, se dirigió a su estudio para continuar con la escritura de sus memorias. Estaba muy cercano a concluirlas y quería apresurar el paso. Fueron dos horas de intenso trabajo, hurgando en los recuerdos que valía la pena consignarle a la posteridad.

Una vez satisfecho con el avance del día, releyó y dio por terminada la sesión. Se despojó entonces de la ropa y, eufórico, se enfundó el traje de baño. También la natación pertenecía a la estricta disciplina que había configurado su manera de ser. La piscina azul lo recibió como las aguas del vientre materno y Gabriel retozó en ellas con más placer del habitual. Empero, después de algunas brazadas enérgicas sintió un vago pinchazo en el pecho. Salió de inmediato del agua, recostándose en el sillón más cercano. Apenas dio tiempo de que Diana se aproximara para ver qué le ocurría. Una ligera contracción del rostro fue la señal del infarto en curso. Como estaba dentro de lo predecible, la nitroglicerina estaba a la mano y ella logró reanimarlo. Naturalmente, la orden de llamar a la ambulancia resonó en el jardín con la alarma a flor de voz.

Camino al hospital, Gabriel pudo recuperar su templanza, pidiendo que le pasaran los aparatos para la sordera, a fin de dialogar con el médico y la enfermera. No hubo mucho qué platicar, salvo los comentarios emanados por la urgencia y la consternación. De pronto, otro rictus facial anunció que un segundo infarto se aposentaba en su corazón, clausurándole para siempre la posibilidad de seguir latiendo. Ahí se apagaron las luces de la conciencia aunque, incuestionablemente, comenzó el proceso que vendría a evidenciar los valiosos testimonios de su paso por la tierra.

¿Mas quién fue este personaje que vivió sabiéndose un hombre inmensamente afortunado? Bastará con citar los datos contenidos en el fondo que lleva su nombre de la Biblioteca Pública de Nueva York, para dilucidar las principales respuestas. Las más íntimas, desafortunadamente, habrán de aguardar hasta que salgan a la luz sus memorias, por incompletas que hayan quedado.

Gabriel Banat nació el 23 de septiembre de 1926 en Rumania, precisamente en la región de Transilvania donde se asienta la ciudad de Timişoara. A los seis años comenzó a estudiar el violín y apenas un año después estuvo listo para dar su primer concierto. Para explicar tal precocidad es necesario aclarar que su madre era pianista y que su padre fue un médico melómano que facilitó los medios para que su vástago tuviera la educación musical más depurada. Cuando Gabriel cumplió nueve años sucedió el encuentro que habría de encausar su destino. El gran Béla Bartók pasó por Timişoara y accedió a escuchar al pequeño violinista. Fue tal la impresión para el maestro húngaro, que no dudó en convencer a los señores Banat de mandar al niño a estudiar con el famoso Ede Zathureczky en la Academia Franz Liszt de Budapest. En la academia descolló por su talento, haciéndose también alumno de Zoltán Kodály en las clases de Lenguaje musical.

Cumplidos los trece años, Gabriel debutó como solista de una agrupación sinfónica anómala. Se trataba de un grupo formado por los músicos judíos purgados por las leyes antisemitas, del resto de las orquestas húngaras. A pesar de semejantes leyes Gabriel, cual orgulloso heraldo de su raza, logró ser solista de las principales orquestas de Hungría sin haber concluido aún sus estudios. A los diecisiete años, poco antes de huir con su familia a Serbia para evitar la deportación a los campos de exterminio, presentó su recital de titulación en total secrecía. El jurado hubo de esconderse en el auditorio en penumbras con tal de no contravenir la orden nazi de segregar judíos.

Cuando Serbia fue liberada por el Ejército Rojo, Gabriel pensó en volver a su patria, encontrándose de inmediato en Bucarest con Georges Enescu, quien se volvería su mentor. Acompañado al piano por Enescu, vino una aclamada serie de recitales. Tristemente, el ascenso al poder de los comunistas trajo más desventuras y Gabriel se vio forzado a pensar de nuevo en el exilio. Por tanto, viajo a Suiza para participar en el concurso internacional de Ginebra, del cual obtuvo la medalla de plata. Con el premio recién obtenido se tornó viable la emigración a los Estados Unidos, dando por hecho que las oportunidades saldrían a su paso. No se equivocó. Llegó primero su debut en el Town Hall de Nueva York, una vez más acompañado por Enescu, y en sucesión brotaron los contratos y las proposiciones de trabajo. De éstas, resaltan las cátedras en el Smith College de Massachusets y en el Hart College de Connecticut, así como la titularidad del departamento de violín del conservatorio Westchester de White Plains, NY.

Asimismo, surgieron las giras y las grabaciones comerciales, de las cuales son de citar los innumerables conciertos en la Unión Americana, Europa y Japón[1] y los contratos discográficos para los sellos Vox, Turnabout, y Decca-London. En cuanto a sus cientos de presentaciones como músico de cámara, son de mencionar sus asociaciones con Pablo Casals en el Festival de Marlboro, con el cuarteto Galimir, el trío Albeneri, el Banat-Kagan Piano Quartet, el Ensemble Rococó y el conjunto de cámara de la filarmónica de Nueva York, agrupación en la que participó 23 años como primer violín. Tocante a sus instrumentos, vale subrayar la posesión de dos Stradivari, el ex Hill de 1682, ahora llamado el “Banat” y el “Pingrillé” de 1713.

Pero lo más relevante de sus quehaceres habría de centrarse en la investigación y en el trabajo divulgativo de sus hallazgos. Al cabo de extenuantes consultas en las bibliotecas más disímbolas del mundo, publicó los siguientes libros: la serie de seis volúmenes titulada Masters of the violin ‒con las partituras inéditas de obras de los siglos XVII y XVIII‒, la edición facsimilar de los conciertos para violín de Mozart ‒cuyos manuscritos se daban por perdidos desde la Segunda Guerra y que él rescató en Polonia‒ y la aclamada biografía de Chevalier de Saint-George ‒un compositor mulato, autor de los primeros conciertos para violín de la literatura americana‒.[2]

Al celebrar su medio siglo como concertista, Don Gabriel decidió retirarse de los escenarios, dividiendo entonces su tiempo entre las mansiones de Dobbs Ferry, NY, Begur, España y Valle de Bravo. Aquí trascurrió los diez inviernos más cálidos de su ajetreada vida, compartiendo generosamente su intimidad con todos los colegas mexicanos que quisieran hacer música con él. Lamentablemente, la colindancia con una vecina abusiva y roñosa los obligó a él y a Diana a cancelar sus visitas a México. El sábado 23 de julio de 2016, faltándole dos meses para cumplir noventa años, Gabriel Banat se despertó con la certidumbre de haber sido un hombre inmensamente afortunado.

 

[1] Se recomienda la audición de alguna de sus ejecuciones en vivo y en directo. Audio 1: Félix Mendelssohn – Allegro del concierto para violín en re menor. (Gabriel Banat, violinista. Telemann Orchestra of Japan. T Nobukara, director. Live Recording)

[2] Se aconseja la escucha de alguno de sus conciertos. Audio 2: Joseph Boulogne Chevalier de Saint-George – Rondeaux del concierto para violín op. 3 n° 1. (Tafelmusik Orchestra. Jeanne Lamon, directora. CBC RECORDS, 2003.)

Comentarios

Load More