Una vida de héroe

A Damián Alcázar, como anzuelo cinematográfico

Antes que nada, es necesario aclarar que el título de esta nota no lo extrajimos de la obra homónima de Richard Strauss (Ein Heldenleben), sino que apela a la semblanza de un mexicano excepcional, de aquellos cuya biografía parece soslayar las sombras para rebosar de luces. En estos tiempos donde abundan las historias de personajes siniestros y corruptos, es necesario traer a colación a esos paisanos capaces de sobreponerse a las adversidades, que son practicantes de un credo existencial –en los linderos de la rectitud y el autosacrificio– que mucho nos beneficiaría repetir y divulgar.

Nos referimos al compositor y “trumpetista” Rafael Méndez, el mismo que abordamos recientemente y que, por su emigración a la Unión Americana, escribimos con la U de su quehacer principal. Reforzamos con ello las trompetillas para el nuevo presidente yanqui por ignorar lo bueno que nuestro país le ha dado al suyo…

Hicimos ya una síntesis de su carrera, anotando que llegó a considerársele como el mejor trompetista del mundo y que su nombre aparece en una estrella dentro del Paseo de los Inmortales de Hollywood. El momento actual de la relación con EU no podría ser más propicio para ahondar en sus avatares existenciales y, sobre todo, en su combate cotidiano para evitar la mediocridad en todas las acciones de su fructífera vida.

El pueblo donde Rafael ve la luz en marzo de 1906 es cuna también de los presidentes Anastasio Bustamante y Lázaro Cárdenas, del artista plástico Feliciano Béjar y del actor Damián Alcázar, y su sobrenombre es Ciudad de las Jacarandas. Se trata de Jiquilpan, en el pródigo estado de Michoacán. No sobra apuntar que dichos topónimos provienen del náhuatl y que significan, respectivamente, “Lugar del añil” y “Lugar de pescados”( ), denotándose con esto la profundidad de sus cielos y la abundancia de sus aguas.

En cuanto al ambiente familiar del futuro héroe, basta con que digamos que ya desde sus primeros años ha de luchar para que la convivencia con 14 hermanos y las estrecheces materiales no lo asfixien. Su padre era un humilde maestro de violín y mandolina que se ganaba la vida tocando con distintos grupos de música popular, aunque su mayor anhelo era el de formar uno con sus hijos. De ahí, que un destino manifiesto pone por delante a Rafael para que llene una vacante del sueño paterno, es decir, Maximino Méndez necesitaba trompetista, y su vástago, con sólo cinco años de edad, era el que seguía de la lista. Sin embargo, nadie hubiera podido profetizar que el contacto inicial entre el infante y su instrumento se gestaría con tanta naturalidad y que de él emanarían notas límpidas y resonantes. Tampoco, que el niño estudiaría con más ahínco del que su padre consintiera.

Transcurre poco tiempo para que se esparza la voz de que en el pueblo se halla un pequeño trompetista cuyo sonido conmueve a los reacios. Era absoluta su convicción para tocar y parecía que se apartaba del mundo cuando venía su turno de soplarle a la trompeta. Hacia 1916, con la borrasca revolucionaria en auge, Pancho Villa hace su ingreso en Jiquilpan, enterándose de inmediato de la existencia de los Méndez. Dada la melomanía del revolucionario fue espontáneo que pidiera una audición particular y que de ella surgiera la orden de reclutarlos en su tropa. Como podemos suponer, la valía del trompetista lo convierte en predilecto de Villa, quien decreta tiempos específicos dentro del cronograma de guerra para que él y la soldadesca se deleitaran con sus ejecuciones.

No era fácil para los Méndez seguirle el paso a las huestes villistas, así que solicitan que se les dé de baja. Mas eso sólo habría de permitirlo el general si se quedaba a su servicio el niño trompetista. Así se hace y Rafael aguanta unos meses más hasta que logra convencer al divisionario de que su lugar estaba en otra parte. Vienen entonces empleos peregrinos como el de tocar en bandas de circo y enrolarse en la Banda del Ejército. Tenía ya quince años de edad y nada más había cursado el tercero de primaria.

Cuando cumple veinte, Rafael siente que su existencia se está torciendo y que la precariedad económica no tiene para cuándo acabarse. Unos parientes que ya habían emigrado a los Estados Unidos lanzan palabras de aliento para empujarlo a dejar el terruño. Con un bulto de pertenencias se sube al tren y su viaje concluye en el pueblo de Gary, Indiana, donde entra a trabajar en una fábrica de acero. No duraría mucho en ese empleo ya que casi no le sobraba tiempo para la trompeta y porque percibía que el aire de la fábrica lo dañaba. Sin haber podido ahorrar nada, vuelve a buscar trabajo y lo que encuentra no es tan inicuo. La fábrica Buick reclutaba obreros y no importaba si tenían sus papeles en regla, pero lo mejor del nuevo empleo era que la planta de Flint, Michigan, patrocinaba una banda y que en ella Rafael impresionaría a sus colegas y patrones.

Por un pitazo fortuito nuestro paisano se entera de una audición en el Teatro Capitol de Detroit, ganando la plaza sin contratiempos. Y es Detroit la urbe donde se gesta un viraje crucial de su existencia. Por un lado conoce a Amor Rodríguez, la mujer de su vida, y por otro verifica que su talento puede ramificarse en las direcciones que desee. Bastaría con estudiar sin tregua con la meta de superar, todos los días, sus propios límites. Para su fortuna, en Detroit puede hacerlo sin tener que malgastarse en faenas fabriles, amén de que ahí comienzan a fluir las oportunidades. Apenas lo escuchan, la orquesta del Teatro Fox y la orquesta de la Ford no pierden la oportunidad de tenerlo dentro de sus filas. Lamentablemente, también en Detroit surge un percance con tintes de fatalidad: está ensayando dentro de un camerino cuando, de pronto, una puerta se abre bruscamente hacia él. La embocadura de la trompeta le perfora los labios y le tumba varios dientes…

Un año habría de necesitar para que la recuperación fuera total y hubo de transcurrirlo en Jiquilpan, ya que nadie en Detroit creyó que recobraría ese sonido que lo distinguía de los demás. No en balde su padre era y seguía siendo su maestro. Repuesto del incidente, la decisión de volver a los Estados Unidos es acuciante y esta vez desembarca en Nueva York del brazo de Amor. En su nuevo hábitat encuentra un trabajo de mayor lucimiento como el de ser trompeta solista de la banda de Rudy Vallee, pero sobre todo se encierra a estudiar obsesionado con hacer de la trompeta un instrumento que rivalizara con el virtuosismo del violín. Y estaba a punto de lograrlo.

En una gira con Vallee, sucede el siguiente viraje existencial. Las bellezas de California los cautivan a él y a Amor y ya no hay poder humano que les impida afincarse ahí. Decisión ésta de gran repercusión pues de ella se sueltan las amarras que lo catapultan a la fama. Como en una cascada se suceden los eslabones de la cadena de éxitos. Primero la orquesta de la MGM lo exhibe con orgullo, y de eso nace el primer contrato discográfico con la DECCA. Inmediatamente después es apalabrado por la editorial Carl Fisher para publicar obras y métodos para trompeta. Transmisiones radiales y televisivas rellenan el cuadro, y como consecuencia de la notoriedad los conciertos se multiplican. Europa, América, el lejano Oriente…

Cuando la publicidad hace su parte se arraiga la leyenda: el expatriado Méndez es un fenómeno de la trompeta y no tiene rival en el orbe. En su agenda de conciertos no hay huecos por cubrir. Clases y talleres también se anotan… No obstante, la meta última de su arte está por llegar. En un viaje por la India conoce a un faquir y de él aprende la respiración circular, proeza que le faltaba a sus ejecuciones.( ) Es tal el impacto de lo que estaba por consolidar que cancela compromisos y se retira para dominar esa técnica –exhalar al tiempo que se inhala– hasta entonces inalcanzable –aunque ya la habían afianzado flautistas y oboístas.

Por si algo le faltara, degusta igualmente los deberes de la paternidad –procrea dos gemelos que convierte en trompetistas–, sin dejar de levantarse todas las mañanas con la certeza de que ese día será más pleno que el anterior. Su fórmula era sencilla: hacer las cosas con pasión, agradecer las dificultades, ser honesto y creer en sí mismo.

Empero, las horas de estudio cobran su cuota y los pulmones flaquean. Se aposenta el asma y, para colmo, en un viaje a Jiquilpan asiste a un partido infantil de beisbol –él llevó de regalo uniformes y equipamiento– y el bat sale volando. Se le incrusta en el rostro. Fractura de cráneo y maxilar. Mas también de ésta habría de sobreponerse. Recuperaría su capacidad musical pero su honestidad artística le pondría el alto definitivo. A los 69 años abandona los escenarios y aguarda paciente que una estrella lo recoja en su lecho de muerte (1981). La estrella sobrevive en el boulevard hollywoodense y también una biblioteca en la Universidad de Arizona lleva su nombre. En México, las huellas de su vida se volvieron cenizas que la ignorancia y el desdén recogen…

1 En este último caso el vocablo Mich–huac-can se compone de la raíz Michin que es pescado, la partícula Huac que funciona como posesivo calificativo de lugar y la terminación can que significa lugar.

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