Volcánica elección presidencial y paradojas partidistas

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La filosofía de raíz solidarista sostiene que toda sociedad política tiene un fin propio, esencial con independencia de los vaivenes de la fortuna y la historia: el bien del pueblo. El bien común es la perfección de la sociedad ampliada, significa la “organización más apta para el desarrollo integral del mayor número posible de sus integrantes”. Su gestión está en manos de la autoridad legitimada por el consentimiento del pueblo.

La forma que asume tal sociedad y en la que su fin se concreta en la historia, depende de la voluntad e inteligencia humanas. Tal forma va encarnando en valores intelectuales, morales y materiales hechos cultura, cuerpo y alma nacionales. La nación se va edificando como empresa común abierta al mundo, como “plebiscito cotidiano”.

Cuando se abandona la empresa común y se sustituye por una obra ajena al fin propio de la nación, ésta entra en crisis y es devorada por el poder. Se gestan entonces: desorden, injusticia, pobreza, corrupción, violencia, confusión y malestar. El deseo inteligente, el entusiasmo de pueblo y autoridad por construir y fomentar el ambiente propicio para respirar libertad, justicia, seguridad y paz, sufre una mutación. La autoridad deviene en fuerza y la gestión del bien social, en lucha descarnada por el poder como finalidad única, como fetiche de tribu.

El poder se traduce en botín y deja de ser medio para realizar la tarea común. México atraviesa tal crisis política. Hay divorcio entre el fin inmanente de la sociedad y los intereses del poder. Durante la crisis, la confusión impera. Surgen hoy en plena campaña electoral por la presidencia, paradojas de gran calibre, dignas de ser resaltadas a la luz de Chesterton, el genio de la paradoja y de la ironía demoledora.

Los de Morena se acercan al régimen con promesas de olvido; hablan de justicia y democracia y se juntan con zedillistas, calderonistas y con neoliberales que no ven con malos ojos la siniestra Ley de Seguridad Interior (ver su programa de gobierno), ni la reforma energética, según su vocero económico; declaran no desear la reelección y olvidan que “explicación no pedida, acusación manifiesta”; sostienen la ideología de género y se unen al PES que la reprueba.

Los del Frente (PAN, MC y PRD) se alejan del régimen con advertencias de justicia; se acercan a herederos de Colosio, pero se aferran a personajes de infausta memoria; se unen con adversarios teóricos de la política neoliberal, pero muchos de ellos en la práctica defienden políticas neoliberales; vía el PAN atacan a la ideología de género y se juntan con el PRD que la defiende; sufren ellos el asedio del sistema con escándalo, en violación de la presunción de inocencia, quedando algunas cosas por aclararse.

Los del oficialismo de siempre, alejados del pueblo y de la cultura nacional; cercanos al calderonismo y a su política fallida de seguridad; defensores del neoliberalismo que ha empobrecido al país, y promotores de la Ley de Seguridad Interior; impulsores de la ideología de género, pero con un candidato en la Ciudad de México que discrepa de ella; citan a Colosio y propinan gasolinazos, elevan la deuda pública al infinito y cargan con graves señalamientos de desvíos millonarios por la Auditoría Superior de la Federación. Y varios de los llamados independientes, presuntamente recabando miles de firmas falsas, y despidiendo uno de ellos a sus auxiliares sin rubor, como lo reseña Proceso.

Es obvio que tales hechos y que los personajes cercanos a los candidatos, son anuncio del derrotero que se seguirá en caso de triunfo. Hay devotos de los partidos que se obstinan en no ver la realidad o que la subordinan a una especie de fanatismo que injuria a los que piensan distinto. Debiera prevalecer no el devoto ni el adulador de oficio, sino el ciudadano reflexivo, libre del canto de las sirenas con crédito infinito, según el ojo de Moliére en el Tartufo.

Habrá que romper las amarras de la crisis para que ésta desparezca en el porvenir. La tarea es de largo plazo como dice Marichuy. Está en las manos de la juventud el que se vayan rompiendo en un nuevo comenzar de la Suave Patria “muerta e ida”, emulando la expresión del poema de Yeats, “Septiembre 1913” de la Irlanda convulsa, la del “delirio de los bravos”, y no en las manos soberbias de aquellos que luchan por el poder mismo, sin percibir que la “soberbia precede a la ruina”.

La democracia es definida por el consentimiento de la mayoría a la hora de votar y no antes. Los debates serios son las herramientas para que el pueblo forme su criterio acerca del mal menor en esta ocasión, y reflexione su voto. La juventud en una buena lid definirá la elección para que salga triunfador el que sencillamente tenga más votos libres, guste o no a algunos. La democracia real implica riesgos; si falla, en la elección siguiente se esmerará para enmendar, y así sucesivamente hasta “que todo haya cambiado, radicalmente cambiado y una terrible belleza haya nacido”: una república de municipios libres, con salarios dignos para el ciudadano y con la riqueza distribuida en equidad para felicidad del pueblo.

(Dedico este artículo al valiente periodista Álvaro Delgado, mi admirado amigo).

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