Brahms y el ego

Cartón de Gallut

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En 2010 la Editorial Urano publicó un volumen titulado Despertar al Infinito de la autoría de Carmen de Sayve, a quien esta columna, dado el interés del contenido, solicitó un encuentro. El mismo, concertado bajo el entusiasmo de la lectura, acaba de tener lugar en una hermosa residencia de Las Lomas de Chapultepec, en la Ciudad de México y constituye, deliberadamente, una secuela del texto anterior aquí publicado (Proceso 2236), en el que se abordó el surgimiento científico del espiritismo y donde se consignaron mensajes metafísicos traducidos en melodías perfectamente codificadas.

Con su profunda mirada azulina y haciendo gala de una exquisita hospitalidad, la señora de Sayve desveló generosamente los avatares y las dificultades que le significaron abandonar su actividad de mujer empresaria para abrirse de lleno a su vocación de “médium”. Cuenta sin recelo: “el arranque de este proceso fue sumamente difícil porque, en un inicio, las entidades que se comunicaban conmigo procedían de planos espirituales muy bajos. A media noche me despertaban provocando ruidos en el plafón o en los muebles; me daban órdenes absurdas, me decían mentiras pérfidas pero, sobretodo, me obsesionaban para que escribiera a cualquier hora…”

Al interrogársele sobre su forma particular de recibir mensajes de otras dimensiones relata: “hace más de dos décadas se desarrolló en mí esta facultad llamada mediumnidad en forma de escritura intuitiva o telepática. Es un proceso en el que los pensamientos de entidades pertenecientes a otros planos de conciencia llegan a mi mente como dictado telepático, al tiempo que la pluma se mueve bajo el impulso de un magnetismo formando la palabra recibida mentalmente. Mientras esto sucede la inteligencia y el entendimiento están dormidos, dando paso a un gran vacío al que arriban las palabras para ser transcritas.”

Siendo espontanea la pregunta sobre el tipo de mensajes que recibe, prosigue: “me llega de esta forma mucha información de los guías y maestros que se encuentran en el mundo espiritual y que se encargan de asistirnos y dirigirnos hacia nuestro despertar de conciencia. Son mensajes sobre diferentes temas, como la evolución del hombre hacia el Supremo Creador, la naturaleza de nuestro verdadero ser, la reencarnación, el objetivo de la vida en el mundo físico, la creación artística y, muy a menudo, sobre la música y los efectos que produce en los seres vivos.”

Aquí se impone resaltar que doña Carmen procede de una familia donde el cultivo del arte sonoro ha sido consustancial a su devenir y que para ella, en especial, es el arte que más la conmueve y más la pone en comunicación con otras entidades. Inclusive, es necesario decir que es bisnieta del insigne compositor mexicano Aniceto Ortega (1825-1875), por quien nutre, justamente, una admiración rayana en la idolatría.

“Sí, para mí la música, diciéndolo con Beethoven, es una revelación que está por encima de cualquier filosofía o religión. Es la manifestación artística por excelencia, pues es la que nos recuerda, con mayor exactitud, ese mundo del que venimos. Nos hace vibrar en todo nuestro ser para sutilizar nuestro cuerpo físico, aunque desde luego que no toda la música logra este bello propósito, por el contrario, la basura sonora mal llamada música, densifica la vibración de quien la escucha, aprisionándolo en sus pasiones más primarias y terrenales. No es casual que sea la buena música la que más nos acerque al Creador, porque es un arte que va dirigido a la vibración anímica.”

Vibrando en el aire la sintonía de pensamiento y de creencias, surge entonces la petición expresa de compartir los mensajes de un espíritu inmortal que, durante más de dos, años ella desestimó por parecerle improbables y porque le suscitaban una incredulidad que aún se inscribía en su formación intelectual de un racionalismo puro.

“Se presentó a mí como un compositor famoso y eso me hizo dudar, pues lo primero que pensé era en la extrañeza de que un gran músico me eligiera a mí, que nada más amo la música, pero que no estoy capacitada para conversar sobre sus misterios.”

Sin embargo, la persistencia del músico destrabó el canal de comunicación, amén de que más adelante pudo comprobar la similitud de expresiones del alma desencarnada en algunas de sus epístolas. En palabras concretas, el compositor, quien se presentaría como Johannes Brahms (1833-1897), le dictó: “Te he buscado como alguien que vibra en la misma tesitura de mi alma, pues si tanto te gusta la música que compuse es porque vibramos en una frecuencia muy similar. Mi interés al comunicarme contigo es que se dé al mundo mi experiencia como músico célebre. Es necesario decir cuán difícil es elevarse en la espiritualidad cuando se está rodeado de éxito y alabanzas continuas…”

Para acotar lo antedicho, el espíritu auto atribuido a Brahms se prodigó en sus decires mediante la mano dócil de doña Carmen y lo que surgió es digno, ciertamente, de compartirse. La comprobación aludida reside en varias de las cartas que el compositor le escribió a Joseph Joachim (1831-1907) y que la señora de Sayve desconocía antes de recibir sus mensajes. En la búsqueda posterior para desvelar la identidad del espíritu o la posibilidad de un fraude, cayó con ellas, reforzándose así su credibilidad. Fueron mensajes muy largos, mas con consentimiento de su transcriptora esta columna los somete, sin prejuicio, a la consideración de sus lectores.

“La música se compone de vibraciones sonoras que están en el Cosmos. El compositor no extrae sus obras de la mente, sino que se conecta con esa frecuencia cósmica y trae al mundo material esos sonidos que escucha. Al decir que los escucha es que le llegan a su Ser; los percibe, los siente y después los mezcla y transforma siguiendo su estado de ánimo y el conocimiento que ha adquirido a través de años de estudio. En mi caso fueron muchos e invariablemente agotadores. Hay quienes traen esta facultad de una experiencia previa, como es el caso de Mozart. Yo también tuve la facultad de percibir las vibraciones cósmicas superiores, pero tuve que trabajar con intensidad y dedicarme de lleno a la composición.”

“Cuando vivimos en el mundo terrenal nos embriagamos con sus falsos placeres, creemos que la felicidad se encuentra en la obtención de halagos y en la aceptación de nuestros congéneres. Yo que gocé de todo eso puedo decir que nada de eso te llena el alma. Nuestra verdadera felicidad reside en ser Uno con todo lo que existe. Si vieran cómo se comprenden las cosas una vez despojados del cuerpo físico, no actuaríamos como lo hacemos cuando bajamos a la densidad de la tierra.”

“Necesita comprenderse que el éxito mundano es sumamente peligroso para el adelanto espiritual. Yo tuve mucha envidia de quien obtuvo demasiada admiración al escribir sus óperas [alusión probable a Wagner], algo que yo hubiera querido intentar pero que fui incapaz [efectivamente Brahms declaró que le habría gustado componer una ópera, mas nunca lo hizo]. Puedo decirte que odié su música porque representaba una competencia que no soportaba. Mi gran pecado fue la soberbia”

“Mi historia se reduce a que no realicé todo lo que me propuse antes de encarnar. Me había propuesto componer música que elevara hacia el Supremo Creador a quienes la escucharan. No lo logré como hubiera querido porque me atoré en las pasiones. Me dejé llevar por las ansias de poder, por el deseo de aceptación y por la ira contenida de cuando las cosas no eran como yo decidía que debían ser. Ahora veo que fui demasiado cerebral y que sin ello creo que hubiera podido llegar más alto. El verdadero músico no busca la gloria personal, sino alabar al Creador. La música de Bach, es quizá uno de los mejores ejemplos de esta alabanza. Yo fui en vida gran admirador de su obra y hubiera querido llegar a esa excelsitud, pero como ya he dicho, el ego me lo impidió.”

“Recuerdo cuando se me criticó amargamente al sacar a la luz mi primera sinfonía[1] [Brahms se tardó 12 años componiéndola, pues no acababa de sentirse apto] y mientras algunos me decían que era maravillosa, otros hablaban de su falta de madurez y de su mediocridad. Mi ego herido me hizo darle más peso a las críticas negativas, en lugar de haber hecho caso omiso y de haberme prestado con mayor docilidad para que el Altísimo actuara a través mío… Tuve que morirme para entenderlo”

 

[1] Se recomienda la escucha de su cuarto movimiento. Disponible pulsando el código QR o accediendo a la página: proceso.com.mx

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