“El Irlandés”: Érase una vez en América, de Scorsese

"El Irlandés", con Robert De Niro, Joe Pesci, Harvey Keitel y Al Pacino. Foto: Twitter @TheIrishmanFilm

MONTERREY, N.L. (apro).- Con El Irlandés (The Irishman, 2019), Martin Scorsese reúne a sus antiguos y avejentados camaradas de actuación y producción, para hacer una exuberante épica criminal de los sótanos, donde se gestan los ilícitos y desde donde prosperó Estados Unidos.

Con el guión vertiginoso de Steven Zaillian, el director sostiene en vilo más de tres horas de historia, en las que da una cátedra de narración y oficio cinematográfico con sus sospechosos comunes: Robert De Niro, Joe Pesci, Harvey Keitel y el añadido magnético de Al Pacino.

Con un repaso de décadas, Scorsese crea su propia Érase una vez en América (Once upon a time in América, 1984) y muestra, con una fiel recreación de la época y gigantescos saltos en el tiempo hacia atrás y hacia adelante, su propia epopeya de gánsters, que seguramente provocaría aplausos de Sergio Leone.

Los rastros de sangre del genio neoyorquino se encuentran en toda la escena: regresa a su obsesiva búsqueda de explicaciones del ambiente criminal de una etapa ida de su país, como en ‘Buenos Muchachos’ (Good Fellas, 1990), y lo hace con grandes personajes, tipos de baja ralea, la escoria de la sociedad, pero que dentro de su mundo y con sus propias reglas son los reyes que dan vida y muerte, y reparten el botín.

Frank Sheeran (De Niro) es un migrante irlandés que combatió en la Segunda Guerra Mundial. Endurecido en combate se convierte en un eficiente sicario y guardaespaldas de mafiosos. Es soberbio el retrato que se presenta del pistolero, un tipo que sigue las convenciones sociales y que se subordina ante el amo, como una bestia noble, hasta que le dan la orden de atacar. Muy eficiente para jalar del gatillo, es como un asesino autista que actúa sin maldad, pero también sin remordimientos.

La cámara sigue solo al irlandés, desde su etapa de militar hasta sus últimos años, anquilosado y abandonado en un asilo. De Niro regresa en su mejor forma. Después de montones de papeles execrables, cuando se suponía que ya había pasado su tiempo como uno de los grandes íconos del cine universal, regresa como Sheeran, que hace recordar porqué se encumbró interpretando a Travis Bickle, Jake La Mota, Vito Corleone, Rodrigo Mendoza, Noodles Aaronson y Johnny Boy.

Su papel es el de un hombre violento con un autocontrol de hierro. El gesto permanentemente adusto lo delata como un tipo que está en constante conflicto interior, por la necesidad impulsiva de actuar, pero contenido por los dictados de la prudencia y las órdenes de los superiores.

Jimmy Hoffa (Pacino) hace que la suerte del gatillero cambie para siempre. El polémico líder sindical lo adopta como guardaespaldas, confidente y consejero. Pacino vuelve a brillar, también desacreditado en los últimos años por pésimas elecciones de papeles que lo hicieron ver histriónicamente deteriorado. Pero ahora está en plan colosal en un papel que lo mete de nuevo a las grandes ligas. En su interpretación del carismático transportista, manipulador y corrupto, muestra una enorme energía en su egocentrismo mesiánico y una necedad desafiante y riesgosa.

Juntos, De Niro y Pacino, hacen un dueto celestial que será, muy probablemente, irrepetible. Antes habían compartido pantalla, aunque con tomas avaras que impedían su lucimiento conjunto y que arrojaron resultados irregulares. Pero esta vez Scorsese fue generoso y permitió que, vetustos, combinaran sus talentos e hicieran maravillas en la cámara.

No hay concesiones. Anna Paquin, como la hija del irlandés, mira a su padre con reproche permanente, como si fuera su conciencia y adivinara sus tropelías, diciéndole sin palabras que al final, por más esplendor que se llegue a tener en la vida palaciega de los pillos de la alta escuela, el destino es la soledad y la desdicha.

Auxiliada de recursos digitales, la cinta presentada por Netflix hace que todos los viejos intérpretes rejuvenezcan, en una proeza de tecnología que consigue que los veteranos puedan verse con medio siglo menos encima.

El Irlandés es una pieza cinematográfica monumental que, lejos de ser delicada, tiene su gracia precisamente en su rudeza.

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