Las lecciones de George Steiner

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En su auto-bibliografía (Errata, 1997), George Steiner, quien murió esta semana a los noventa, narra en qué radicó su deseo por la lectura y la interpretación. Por un lado, su compulsión de niño por coleccionar escudos de armas y símbolos heráldicos y, por otro, el estupor que le causaba que cada uno fuera distinto y significara un cosmos de signos nunca abarcable. Ese doble asombro detona en él, un empeño por “aprender a leer, interiorizar la palabra y el comentario, para que, un día, quizás yo pudiera agregar un poco de luz para la supervivencia del texto”. Es desde ahí que Steiner lee, junto con su padre, unas líneas en griego de La Ilíada que lo dejan sin aliento. Es Aquiles que asesina a su enemigo hincado y suplicante:

–Ven, amigo, tú también debes morir. ¿Por qué gimotear al respecto?

“Todo lo que vino después”, escribe Steiner, “es tan sólo un pie de página a ese terror débil”. Más adelante, definiendo lo que debe ser un buen profesor universitario hila sobre esa misma idea: “Hay que dirigir a un estudiante hacia lo que, en un inicio, no puede captar”. Igual que con los ensayos de Harold Bloom y los de Isaiah Berlin, en los de Steiner existe una grandeza de la lectura que no puede desligarse del asombro ante lo indescifrable, salvo como un temblor de la conciencia. Así, su célebre definición de un “clásico” como el texto que nos lee más que nosotros a él, que sobrevive a la interpretación del sentido que le demos, se explica en un ejemplo, el de Madame Bovary de Flaubert: 

“El contexto de una frase se forma dentro del párrafo al que pertenece, del capítulo y, más adelante de la novela entera. Lo es también el estado de la lengua francesa en los días de Flaubert, de la historia de la sociedad francesa, y las ideologías políticas, asociaciones coloquiales, el terreno de las referencias explícitas e implícitas, que van subvirtiendo o ironizando las palabras de la oración. Pero, aún así, un clásico elude cualquier enunciación final.” 

Con la muerte de George Steiner salen a relucir los complejos de los otros críticos que lo ven como un pedante. “Antes de que uno se haga un café y unos huevos”, escribe uno de esos críticos, “Steiner ya tradujo del griego antiguo un fragmento de Esquilo”. Si leyeran Errata sabrían que no le fue sencilla la vida fuera de los libros en sus tres idiomas de exilio –francés, alemán e inglés– y que se refiere a su primera experiencia sexual como “el paso de lo angustiante a lo risible”. También sabrían de su compromiso ético con transmitir ideas y entusiasmos, contraria a cualquier acusación de prepotencia intelectual. Quien haya leído Lecciones de los maestros, sabría qué resonaba en él cuando destaza la especialización de las universidades, la secrecía con la que guardan sus investigaciones, y la trampa de tratar a los estudiantes como intrusos: “un maestro es quien pone una obsesión en el camino de un niño o de un adolescente”. Y, a continuación, nos compara las historias de Sócrates, San Agustín, Jesús, Goethe y Heidegger. Pero no lo hace de una forma pedante sino, al contrario, para ilustrar lo que, en el fondo, él considera la pedagogía deseable: persuasión, seducción, un poco de poder y mucho de explorar lo que sólo se sabe y necesita habitar dentro del lenguaje para ser transmitido.

A Steiner se le cobra la factura de haber tratado de definir la especificidad de la cultura judía contrapuesta a la del sionismo. Él define lo judío como una apuesta por la tolerancia y la adaptación ante la crueldad y la violencia entre la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 y “el hombre en la mitad de la noche en Auschwitz”. De Israel escribe: “Sería escandaloso que todas las revelaciones, las sumas del sufrimiento, terminaran en un estado-nación, armado hasta los dientes, una tierra de mafiosos, como en cualquier otro país. La normalidad para los judíos equivale a su propia desaparición. La supervivencia debería ser con un llamado más elevado en el que el exilio fuera integral”. De ahí, su idea de los seres humanos como “huéspedes del mundo”. No es necesario reivindicar la potestad sobre una tierra si aceptamos que es en el contacto entre distintos como nos enriquecemos.

Sus padres salen huyendo de Viena en 1924 hacia París donde él nace, y de donde deben huir tras la invasión nazi y el acuerdo con Francia. Es entonces que viajan a Nueva York. El cirujano que le ayuda a su madre a dar a luz es Carl Weiss, el mismo que, seis años después, asesina al senador Huey Long de Louisiana. Desde ese azar, Steiner traza un vínculo entre la crueldad y la civilización que le llevan a pensar que la experimentación es la que los vincula. En su deleitable ensayo sobre lo que llevó a un experto en pintura de la reina Isabel a colaborar con los espías soviéticos, “El erudito traidor” (1980), nos retrata la vida de Anthony Blunt como un autista embrujado por el pasado que siente ansias de “meterse en la densidad de lo real”. Contundente, Steiner habla de las fantasías de violencia mutua entre los dedicados a las humanidades y ciencias, siempre poniéndose el pie, compitiendo por los reconocimientos, envidiando y aborreciendo en silencio a los que se cruzan por los pasillos. El Anthony Blunt que retrata George Steiner es una prueba más de las relaciones entre los hornos de los nazis que se encendían con la música de Wagner de fondo. Ahí, la cuestión podría estar en un pesimismo frente a la cultura que, en realidad, no cambia en nada las condiciones de la violencia y la crueldad. 

Pero no es la cultura en sí misma la que padecemos, sino un tipo particular que no apela a nuestros mejores demonios, sino a los más bajos. Steiner señaló con toda oportunidad (1961) “el abandono de la palabra” que tanto la física cuántica como el creciente mutismo del arte-objeto y la música concreta. Cada vez menos territorios de la realidad podían ser traducidos al lenguaje y eso le pareció al maestro de Yale una apuesta contra la supervivencia de la especie humana: 

“En todas partes, el conocimiento se está fragmentando en intensas especializaciones, resguardado por lenguajes técnicos que no pueden ser traducidos por una mente individual. Nuestra conciencia de la complejidad de la realidad es tal, que las unificaciones o las síntesis de comprensión que hicieron posible el lenguaje común, ya no funcionan.” 

En el caso del uso del lenguaje como vehículo de la verdad, Steiner se adelantó a las “fake-news” al hacer un examen de cómo, tanto en los discursos de Hitler como en los de la publicidad, ya no existen sino juegos de espejos, en los que la verificación no es necesaria. Basta con la repetición y con la imprecisión. En su riquísimo ensayo sobre las distopías de George Orwell, Steiner enfatiza sin solemnidad lo que la imprecisión de las palabras, su “inflación”, puede ocasionarle al mundo: no decir “asesinato”, sino “un terrorista menos” o “democracia” a un régimen militar cuya existencia le conviene a las finanzas globales, equivale a que la resistencia, la subversión, pueda anidarse en las palabras. Si “libertad” es enriquecerse sin medida, ya es prácticamente imposible que ahí se pare el intelecto para expresar su disenso. Algo del mundo se pierde cuando el lenguaje extravía su singularidad en vanas asociaciones entre cosas incomparables. El silencio es, entonces, lo que nos gobernará. Es justo el tema de uno de sus ensayos más conmovedores: el del encuentro entre el poeta Paul Celan, que ha perdido a su familia en los campos de concentración nazis y el ex-rector de Friburgo que hizo el saludo a Hitler, Martin Heidegger. La crisis del lenguaje para abarcar el sentido de la realidad y la verdad se desató en 1914 en Alemania y Wittgenstein fue su teórico pero no terminó ahí. Hacia el final de su auto-bibliografía, Steiner reconoce que no supo desentrañar de esa crisis del lenguaje lo que venía con las nuevas tecnologías: “ya era tarde cuando entendí que lo efímero, fragmentario, burlón, auto-irónico son las herramientas de la modernidad; que las interacciones entre cultura popular y alta reemplazaron al panteón monumental de lo inmortal”. Su libro se llama Errata precisamente porque, al final, reconoce que pensar es muchas veces errar. Pero Steiner nunca fue un pesimista. De los valores de nuestra existencia mortal, extrae dos, el amor y el invento del futuro. “Ello, por supuesto, me hace un mesiánico”. 

Esta columna se publicó en el número 2258 de la edición impresa de Proceso publicado el 9 de febrero de 2020

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