En el deporte mexicano todo es negocio: Nacho Trelles

Imagen de archivo de Ignacio Trelles tomada en 2010. Foto: Miguel Dimayuga Imagen de archivo de Ignacio Trelles tomada en 2010. Foto: Miguel Dimayuga

* Texto publicado el 13 de julio de 1981 en la edición 245 de la revista Proceso.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Ahora, ya viejo, me doy cuenta de una cosa: los problemas del México político y de nuestro futbol han tenido vidas paralelas: no hay figuras, no existen cracks.

Ignacio Trelles cumplirá 62 años el 31 de julio próximo. De ellos, 32 los ha dedicado a entrenar equipos de futbol, entre los que destaca, de 1960 a 1969, la Selección Nacional.

Con semblante áspero pero amable, el bigotillo entrecano, las pobladas cejas que se agitan cada vez que gesticula; impugnador de lo que él denomina las contradicciones del futbol mexicano y del deporte nacional; reconocido como uno de los mejores técnicos, se autodefine como un “aprendiz de todo y oficial de nada”, aunque aclara: “No soy muy trucha, pero tengo mil años en esto y algo tengo que saber”.

Y en algo más está seguro: por ejemplo, al “desarrollo estabilizador” del país —de fines de los cincuenta a principios de los setenta— correspondió una época, si no de bonanza, sí muy satisfactoria para el futbol mexicano.

Así, Trelles considera que el periodo de mejoría de este deporte profesional se observa con los resultados obtenidos por la Selección Nacional en los mundiales de Chile (1962, décimo primer lugar) y de México (1970, séptimo) Coincidentemente, en ambos, Trelles participó en la dirección técnica.

Pero cuando comenzaron a presentarse graves problemas en la economía y política nacionales, la Selección Mexicana ni siquiera calificó para el Mundial de Alemania: fue eliminada en Haití, en el premundial de diciembre de 1973.

Esta línea decadente culminó en el pasado Mundial de Argentina, 1978, “cuando México ocupó el último lugar”, agrega Trelles, y el país no encontraba aún las vías para resolver la crisis económica recrudecida durante el gobierno anterior.

El entrenador está consciente de que el individuo no puede prescindir de la política. “Es consustancial al hombre”, comenta, pero aclara que todo depende del tipo de política, “porque se piensa, en México principalmente, que cuando se habla de política, se refiere uno a la que hacen los politiqueros, que es muy diferente”.

—¿Por ello se negó a que el equipo mexicano, en los Juegos Olímpicos de 1968, llevara el emblema de la palomita de la paz, a pesar de la petición que le hiciera el presidente Díaz Ordaz?

—No me negué. Posiblemente no estuve de acuerdo con que se tomaran en cuenta esos puntos de vista que consideré demagógicos, precisamente. Ahí ya se pretendía involucrar al futbol en los aspectos oscuros de la política, de la que me alejo en la medida de mis posibilidades, pero nada más.

Se pone de pie. Camina, con movimientos de un muñequito de cuerda: hacia los lados, despacio, rítmicamente; es que en 1948, después de ocho años como jugador en primera división, el “Pulques” León le fracturó la rodilla derecha, cuando Trelles defendía la camiseta del Atlante frente al Marte. “Sentí que el mundo se me venía encima”, dice, y no volvió a calzar unos botines de futbol.

“Afortunadamente”, indica sin rencor ni frustración, “el tiempo lo cura todo”, y denuncia a los primeros culpables del estado actual de nuestro futbol: los dirigentes.

—La responsabilidad del estancamiento del futbol mexicano se encuentra, primero, entre quienes lo dirigen: los directivos tienen forma de resolver, si no toda, sí gran parte de los problemas que sufre este deporte en lo que se refiere a su organización, dirección, control y política.

Luego, enjuicia a los medios masivos de comunicación:

—Desde el punto de vista informativo, son aceptables, pero cuando se convierten en críticos, son negativos. Es su lado malo. El bueno ha beneficiado a nuestro futbol. Pero me pregunto: ¿lo hizo desinteresadamente? Pienso que no me responderían que sí, porque la mayoría tiene intereses creados.

Su rostro se torna tenso, duro, cuando rechaza la “necesidad” de “crear ídolos” por parte de los medios.

—Ellos son los que indirectamente fomentan la comercialización del futbolista. ¿Por qué? Es sencillo. Inflan a determinados jugadores o equipos para vender periódicos en el caso de la prensa, y tiempo en el de la televisión. Todo es negocio: la palabra deporte para ellos no existe.

Y agrega:

—Es lógico que de los tres medios de comunicación, radio, prensa y televisión, ésta sea la que cuenta con mayores recursos para llevar a cabo una buena o falsa divulgación del futbol. No tiene remedio: se vale de este deporte para defender sus intereses Y llega el momento en que lo malo pesa más que lo bueno, al colocarlo en la balanza del análisis.

Con ademanes que enfatizan sus palabras, comenta sobre las agresiones que ha recibido de los medios de comunicación:

—Soy indiferente a las críticas negativas, así como a los elogios. De mí se ha proyectado una imagen negativa. Se ha dicho a los aficionados cosas falsas de mí, como persona y entrenador. Conseguiría pruebas para demostrar que he sido calumniado y vilipendiado, pero no me interesa.

El entrenador continúa:

—Soy un hombre que no hace daño a nadie. Pero en defensa propia las cosas cambian mucho. Como persona y padre de familia soy honesto conmigo mismo y con los demás.

Trelles vivió prácticamente toda su infancia y adolescencia en la colonia Tacubaya, cerca del Bosque de Chapultepec, donde los árboles eran improvisadas porterías cuando jugaba “cascarita” con Daniel Pérez Arcaraz y Manuel Támez “Régulo”.

Salió con su familia al Distrito Federal, desde Guadalajara, en 1926, a la edad de siete años, “en busca de un mejor status social”, cuando se inició el movimiento cristero. Y logró su propósito al convertirse, primero, en jugador profesional de 1940 a 1948 y, posteriormente, en el técnico más exitoso del futbol profesional mexicano.

En ese largo camino se percató de lo que es para él una lamentable falla del mecanismo futbolístico nacional: el extranjerismo.

La existencia de hasta ocho jugadores en el terreno de juego en los años cuarenta, reducidos a cuatro en la actualidad, y el registro de trece entrenadores importados en el futbol nacional, lo llevan a una conclusión: “México es todavía un país de conquista”.

Contra su costumbre, en la entrevista no lleva puesta su célebre cachucha, lo que le resta un poco de la personalidad pública que él mismo se ha encargado de proteger. Compara su época de jugador con la presente:

—Ahora, por muchas razones, los directivos del futbol mexicano se ven obligados a proteger intereses no solamente deportivos, también económicos y políticos: ven en este deporte sólo un modus vivendi.

Recuerda que toda actividad que ejerce el individuo “es política”, pero señala que anteriormente la importancia que se le brindaba a ese aspecto dentro de “nuestro futbol era mínima, comparada con la que le dan ahora clubes y dirigentes, ni modo: los intereses son primero”.

—¿Cree usted que hay equipos de relleno en la Primera División, en la que cuatro o cinco, a lo sumo, poseen realmente calidad profesional?

—Relleno es un tanto despectivo y no se acomoda a la realidad de lo que el deporte representa. Son simples “competidores”. Ninguna competencia, ni siquiera la Olimpiada, exige un nivel de calidad determinada. Se invita a todas las naciones que quieran competir.

—¿Puede pensarse, entonces, en la reducción de equipos?

—No. Ese es uno de los problemas menores que provoca el estancamiento de nuestro futbol, y no tomamos en cuenta el principal: no se ha programado este deporte adecuadamente, de acuerdo con sus necesidades y realidad.

—¿El término de la “caballada flaca” puede aplicarse a nuestro futbol?

—Yo creo que sí, aunque uno debe suponer que eso de la “caballada flaca” se refiere a que hay pocas capacidades para dirigir grupos, o para actuar dentro de un Estado que norma las actividades de una nación. También en el futbol se puede pensar que faltaron, faltan y faltarán capacidades para encauzar a este deporte, por los senderos que se supone debe recorrer.

La herida que abrió Ignacio Trelles al futbol mexicano cuando aseguró que existe “falacia, corrupción y estupidez”, cicatrizó con los ocho juegos de suspensión que le impuso la Comisión Disciplinaria en febrero de 1979.

—No quiero referirme a esas declaraciones en este momento, porque tampoco deseo conseguir pruebas y presentarlas. No es que no existan. Lo que pasa es que no quiero buscarlas. No deseo llegar a fondo en esos problemas.

Con tono de voz suave, sin alterarse, el entrenador explica por qué emitió esas declaraciones:

—Si constantemente leo periódicos, escucho radio y veo televisión, esos conceptos de falacia, corrupción y estupidez se encuentran en la rutina diaria del mexicano; estamos rodeados de ellas. Hay quienes las aplican en relación con una actividad u otra. Y llegué a la conclusión de que esos conceptos tendrían plena vigencia si se aplicaran a nuestro futbol.

Finalmente, Ignacio Trelles resume:

—Tanto en el futbol como en nuestro México querido, el que llega a dirigir sus destinos agarra la escoba y barre. No hay continuidad: por eso estamos como estamos. Lo mismo sucede en otros deportes. Ni modo: esa es la cruda realidad: por eso no evolucionamos.

Texto publicado el 13 de julio de 1981 en la edición 245 de la revista Proceso.

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