Murallas

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Me entero que Luis Eduardo Aute murió. De una complicación del correr de la sangre. Recordé la última vez que nos vimos, en junio de 2010, en Zacatecas. Iba a presentar su libro AnimalHito y necesitábamos un cigarro. La iglesia de Santo Domingo, recién restaurada, iba a funcionar como auditorio y, desde temprano, se había formado una fila de entusiastas de sus canciones para escucharlo. Por seguridad de Aute, ateo como Joaquín Sabina, los organizadores nos encerraron detrás del púlpito desde una hora antes. Y empezamos a necesitar un cigarro, así que nos adentramos en la iglesia y descubrimos que en una sala que todavía olía a pintura se amontonaban estatuas de ángeles, el brazo musculoso de alguien –Aute opinó que era de Moisés–, varios Cristos en sus cruces urgidos de que alguien los descolgara. Delante de una virgen recogida en oración, Aute subió las cejas, sacó la cajetilla de cigarros y me pidió un encendedor. Nos pusimos a fumar uno, dos, tres, en cadena.

–Es nuestro incienso –justificó, cómplice.

En los cuartos de junto se escuchaban el arrastrar de sillas, el abrir de paquetes de botellas de agua, las pruebas de sonido: uno, dos, tres. Más afuera, el tumulto de los que preparaban sus celulares para grabar y su ánimo para cantar. De sus poemigas, recuerdo aquel: “Por amor, mi mujer me tiene tajantemente prohibido enamorarme de ella”. De sus poemas, el que atiza contra sus contemporáneos:

Y ahora que ya no hay trincheras

el combate es la escalera

y el que trepe a lo más alto

pondrá a salvo su cabeza

aunque se hunda en el asfalto,

la Belleza…

Míralos como reptiles,

al acecho de la presa,

negociando en cada mesa

maquillajes de ocasión,

siguen todos los raíles

que conduzcan a la cumbre,

locos por que nos deslumbre

su parásita ambición.

Antes iban de profetas

y ahora el éxito es su meta, mercaderes, traficantes,

más que náusea dan tristeza,

no rozaron ni un instante

la Belleza.

 

Le pregunto si va a cantar. Suspira el humo por la nariz y explica que quiere hablar de sus textos poéticos, de cine y de historietas y que, para lograrlo, ha urdido un plan:

–Les voy a decir que no traigo guitarra.

Y, en efecto, eso es lo que dice, tras unos 40 minutos después, en una iglesia llena, donde se ha hablado de Madrid, de Manila, de Tepoztlán, y de poemigas. Hay una decepción inicial en el público, pero de la multitud surge un muchacho que empuña una guitarra como si fuera una bandera. “Yo traigo”, grita, y se la pasa a un Luis Eduardo que me mira y alza las cejas, sin dar crédito a su propia ingenuidad.

–Se me olvidaba que en México –me susurra– la gente no toca la guitarra sino que la lleva como fusil.

II

El departamento huele ahora a desinfectantes, a alcoholes isopropílicos, a cloro diluido. Tenemos vigilada la farmacia de la esquina para caerle, nada más le surtan geles, alcohol, toallitas antitodo. Tenemos las manos enrojecidas de tanto lavarlas. Su aspereza es el signo de que cumplimos con la salvación. Vemos una película, El sonido del silencio, que transcurre en departamentos de Nueva York, donde un hombre se dedica a afinar el ruido dentro de los hogares. Lleva diapasones, sonómetros, analizadores de frecuencias de sonido, calibradores acústicos y dosímetros para ubicar el sonido que no deja dormir a los habitantes del departamento. El afinador de casas está además convencido de que cada barrio y sector de Nueva York tiene un sonido distintivo, una nota en un pentagrama. Así, no importa qué tan silencioso sea un lugar, siempre estará lleno de esa nota predominante. Me pregunto qué nota tiene Insurgentes Sur, ahora que no se escuchan los cláxones de los autos ni las alarmas ni siquiera las sirenas. Es el timbre de los perros que le ladran a la luna.

III

Uno de los libros que nunca he leído completo es el que nunca existió, Libro de los pasajes, de Walter Benjamin. Tenerlo a la mano es el signo de control sobre este tiempo alargado entre las conferencias de prensa del subsecretario de Salud. Tiene más de mil 100 páginas de apuntes, citas, especulaciones de Benjamin rumbo a lo que nunca fue: una historia material de los fantasmas. Uno de ellos, además del regreso siempre igual de lo novedoso, es la casa. “El interior no es sólo el universo de un particular, sino también su estuche”, apunta Benjamin. Pensar que lo que hacemos cuando arreglamos, amueblamos, restauramos un interior, es preparar un estuche de lo que queremos ser. Benjamin va más allá: el interior de nuestra casa nos resarce de nuestra propia ausencia en la vida de una ciudad. Necesitamos dejar una huella y, entonces, compramos armarios como murallas, flanqueamos el umbral de la puerta con mesitas, ponemos los objetos diagonalmente para evitar un ataque. Citando a Lukács, dice que la tragedia de la burguesía es que su rival, el proletariado, había aparecido cuando todavía no se extinguía el feudalismo. Así que la burguesía tomó prestado el castillo para adornar el interior de sus hogares, lo llenó de sueños y de fantasmas: “El comedor simula el salón de César Borgia, el tocador del ama de casa es como una capilla gótica, el despacho del señor es como el aposento de un jeque persa. La interioridad es la prisión histórica de un hombre prehistórico”. Son las cosas los fantasmas cruciales del capitalismo. Al ser tasadas como mercancías, sólo se les puede apreciar con el valor incalculable de la novedad. De ahí, el estado de ánimo hastiado de la burguesía, dependiente de una misma fantasmagoría: el regreso de lo mismo siempre nuevo. Adorna sus casas como huellas de sí mismo y, cuando surge la novela de detectives, son esas mismas huellas las que se leen para encontrar al culpable. El pequeñoburgués tiene el interior de su casa como el pintor poniendo su firma en un cuadro. En la pandemia del virus pulmonar lo que hacemos es borrar nuestras huellas con cloro, con gel, con alcohol; nuestra culpabilidad. Aquí el crimen sería contagiarse.

IV

“El buzón de la entrada es la última oportunidad de enviar una señal al mundo que se abandona”, escribe Benjamin. El celular conectado a las redes sociales, de opinión, y de los mensajes instantáneos se llena de la desesperación de algunos muy activos que quieren que renuncie el presidente. La angustia del contagio trata de hacerse golpe de Estado sin mayor fuerza que un ejército de robots que reproducen por un muy bajo salario un mensaje contra el presidente: no se es “estadista” si no se endeuda el futuro nacional con el Fondo Monetario; está demente; se ha pasmado; hay que llamar a “no pagar impuestos” para que no se gasten en los pobres; hay que pedir que no se construyan el tren, el aeropuerto, la refinería, “para salvar los empleos”. Quien crea que el mundo es su red social, seguro está angustiado más por los insultos que por no tener gel antibacterial. Un nuevo interior, el virtual, es igual que el del burgués del siglo XIX que estudiaba Benjamin. Son los nuevos castillos amurallados con paredes que repiten, aun desde antes de leerlas, lo que ya creíamos. Si coloco mi piedra en el muro –mi reacción– me habré salvado.

V

El día se hace noche con la conferencia de salud a las siete. El subsecretario, Hugo López-Gatell, es un médico. Su discurso científico es prácticamente inatacable. Pero hay algo que lo resguarda: su tono de voz, sus gestos, son tranquilizadores. La serenidad es antídoto contra las noticias falsas: hay una historia mexicana de atención a la pandemia desde que era sólo epidemia; había un nuevo plan de hospitales desde mucho antes; el contagio tiene fases; la propagación tiene gráficas que subdividen, explican, y se contienen en su propio color. Y no, todavía no aplanamos la curva.-

 

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