Segunda temporada Teatro UNAM

martes, 4 de octubre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Con Civilización, del dramaturgo mexicano Luis Enrique Gutiérrez, y El dragón dorado del joven autor alemán Roland Schimmelpfennig, estrenadas en agosto, dio inicio la segunda temporada del 2011 de la Dirección de Teatro de la UNAM que concluirá a fines de noviembre. Completan la programación el estreno de La tempestad de William Shakespeare, el pasado 24 de septiembre en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón; la obra Tartufo, que se presenta desde abril en el Carro de Comedias, y el Festival de Teatro Universitario con lo que cerrará el año. Civilización es, entre todas, la puesta en escena mejor confeccionada, tanto en su dramaturgia como en la dirección de Alberto Lomnitz, a pesar de que el texto de Schimmelpfennig resalta en originalidad y contemporaneidad. La tempestad, obra clásica de valor innegable, es dirigida en esta ocasión por Salvador Garcini y protagonizada por Ignacio López Tarso. La puesta en escena consigue el tono de comedia que propone el autor –y que difícilmente se rescata en los múltiples montajes realizados–, pero no logra crear la magia que propician los seres fantásticos de la obra, ni mantener un ritmo para atrapar al espectador. La traducción y adaptación de Alfredo Mitchel peca de minimizar lo poético (sólo en fragmentos de Próspero lo conserva) y priorizar las escenas de personajes secundarios que sólo hacen reír y aderezan la subtrama. Civilización, en el Foro Sor Juana, utiliza un humor ácido para criticar sin escrúpulos el sistema de corrupción que vivimos en nuestro país. A través de dos personajes de alto rango: un político que pretende ser gobernador y un empresario obsesionado por construir un súper edificio en el primer cuadro de la ciudad, expresan sin recato diferentes maneras de que ambos salgan beneficiados del proyecto: distorsionando diagnósticos, ocultando información, comprando personas, haciendo favores siempre a cambio de algo… La ausencia de moral y la naturalidad con que se asumen todos estos arreglos y que dan por sentado que la comunidad, la nación o la ley social es lo de menos, es escandaloso para el espectador pero no para los que lo protagonizan, y este hecho deviene el mayor acierto de la obra: por un lado nos reímos del cinismo y del individualismo, de ver cómo el concepto de servidor público ya no existe en nuestro país, pero en el planteamiento nunca hay una autocrítica, ni del personaje ni del actor. Héctor Bonilla el empresario, Juan Carlos Vives su antagonista; y Mauricio Isaac, el ingeniero que camina por la cuerda floja, resaltan en la calidad de sus actuaciones, verosimilitud y frescura. Son guiados por la mano hábil de Lomnitz quien, con trazo escénico, ágil y sencillo y una estética kitch, diseñada por Edyta Rzewuska, consigue una sugerente obra de teatro. El dragón dorado, que da funciones en el Teatro Santa Catarina, también maneja el humor pero llevándolo a la farsa. Schimmelpfennig utiliza diferentes recursos dramáticos para mostrar una caótica cocina de un restaurante japonés atendido por migrantes que parecieran ilegales: resuelve en ese espacio las historias de los cocineros y meseros que ocurren en otros lugares; mezcla los tiempos y los espacios; utiliza la narración intercalándola con el diálogo. El hilo conductor y la situación rayan en el absurdo: un chico no aguanta el dolor de muela y sus compañeros tratan de ayudarlo mientras trabajan. Daniel Giménez Cacho, el director, propone un espacio escénico súper ajustado, donde a los personajes –como en la obra de Veronese, Mujeres que soñaron caballos– se les dificulta en demasía circular. Desgraciadamente Giménez Cacho intenta subrayar la farsa y traer otros recursos dramáticos, como le había sucedido hace cuatro años en este mismo teatro, que empobrecen la obra. Su idea de cambiar el sexo a los personajes crea una distancia, ridiculiza a los actores, deforma y hace olvidar lo que los personajes dicen, lo que a los personajes les está pasando.

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