Arte, ciudad y ciudadanía

lunes, 7 de noviembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La administración del arte público en la Ciudad de México bajo la gestión de Marcelo Ebrard como Jefe de Gobierno, ha sido elitista, errática, mediocre y lamentable. Coordinada por Elena Cepeda como titular de la Secretaría de Cultura, la ocupación de lugares tan emblemáticos como la Plaza de la Constitución y el Paseo de la Reforma, delatan no sólo un enorme desconocimiento de las prácticas contemporáneas y de sus repercusiones sociales y económicas sino, también, la carencia de una política cultural para el uso artístico de los espacios urbanos de la capital del país. Convertida en una arbitraria acumulación de esculturas, fotografías y objetos grandotes –como tazas y alebrijes–, la ciudad necesita un proyecto inteligente y serio diseñado a partir de objetivos, estrategias, normativas e indicadores de evaluación. Un proyecto que no se concentre en la relación exponer admirar sino que, con base en signifi cados, incida en la motivación estética, intelectual y relacional de los ciudadanos y espectadores. Fascinante en los países primermundistas por su diversidad y alto impacto, el arte público no se limita al uso de las calles como galerías al aire libre. Concebidas como circunstancias artísticas que son capaces de asombrar, intrigar, divertir o perturbar a los transeúntes, las prácticas urbanas se expanden entre obras tan pequeñas como las mullidas almohadas esculpidas por Cecil Pitois que sirven para alcanzar la fuente de los enamorados en el jardín Beaune Semblancy en Tours, Francia; piezas tan grandes como el oso azul de Lawrence Argent que, desde la calle y recargado en los ventanales, espía a las personas que trabajan en el Centro de Convenciones de Colorado, en Estados Unidos; los relieves políticos de Peter Lenk que caricaturizan a los líderes de las naciones más poderosas; o las evocaciones climáticas a partir de transfi guraciones cromáticas de Olafur Eliasson. Muy distante de estas propuestas que, además de beneficiar estéticamente a los espectadores, permiten percibir a sus locaciones como ciudades significativas, innovadoras y creativas, en la Ciudad de México el arte público que promueven Ebrard y Cepeda consiste en: hacinar, en el Paseo de la Reforma, a 147 alebrijes que no tienen ninguna propuesta artística o artesanal alternativa y, después, extenderlos en la plancha del Zócalo coincidiendo absurdamente con las celebraciones del Día de Muertos; mantener, durante las mismas celebraciones y junto a los alebrijes, el proyecto de Rivelino sobre la libertad de expresión; presentar esculturas de Jorge Marín en la zona museística de Reforma –entre el Museo de Antropología y el Tamayo–; y apoyar la publicidad de la empresa Nescafé, con 12 grandes tazas intervenidas por artistas jóvenes que se exponen enfrente de las esculturas. Como ciudadanos, ¿nos merecemos que Ebrard y Cepeda utilicen la ciudad para fortalecer la legitimación, el mercado y la cotización de la empresa y las fi rmas seleccionadas? Antes de responder a esta pregunta, debemos recordar que toda exposición en un espacio público de reconocida importancia, incrementa el prestigio y el precio de las obras realizadas por los artistas involucrados.

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