Los nudos mercadológicos de Sarah Lucas

miércoles, 23 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Más interesante por la estrategia mercadológica que por el contenido creativo de las piezas, la exposición de la famosa escultora postconceptual Sarah Lucas (Londres, 1962), que se presenta en el museo Diego Rivera Anahuacalli en la Ciudad de México, evidencia los erráticos vínculos que existen entre el presupuesto gubernamental y el mercado mexicano del arte contemporáneo. Beneficiado en varias ocasiones por la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados con aportaciones económicas provenientes de las ampliaciones presupuestales, el museo Anahuacalli, propiedad del Fideicomiso Museos Diego Rivera y Frida Kahlo, expone una selección comercial proveniente de la galería Kurimanzutto. Inaugurada en el marco de la feria mexicana Zona Maco 2012 como una de sus actividades paralelas, la muestra titulada Nudos descubre a una Sarah Lucas repetitiva, modesta y convencional. Integrante emblemática del grupo de los Young British Artists o YBAs (Jóvenes artistas británicos), quienes con base en estéticas de choque y el apoyo del coleccionista Charles Saatchi se impusieron durante la pasada década de los noventa –entre ellos, Damien Hirst, Tracey Emin, Jenny Saville, Marc Quinn–, Lucas desarrolló una poética humorística, desafiante y vulgar en torno a la sexualidad femenina. Ambivalentes entre lo común y lo indescifrable, sus obras se caracterizan por el uso de imágenes comunes, como huevos estrellados y cigarros, objetos domésticos –sillas, colchones, ganchos, cubetas, tablas para planchar–, ropa interior –principalmente pantimedias de nylon– y materiales mórbidos que se transfiguran en senos, pezones, falos y formas que evocan piernas y brazos que, o bien emergen de los muebles, o existen carentes de cuerpo. Producidas durante una estancia en la ciudad de Oaxaca, las 13 piezas de mediano formato que se exhiben en el Anahuacalli fusionan algunos de sus vocabularios más conocidos desde hace varios años: los dibujos delineados y objetos cubiertos con cigarros; las formas realizadas con pantimedias que evocan miembros corporales que se enredan o se imponen como señas de poder o connotación sexual; y los objetos ordinarios –excusados– o elementos de construcción que sostienen o enmarcan las piezas. Las referencias a nuestro país se encuentran en el uso de adobes, la cobertura con cigarros de un busto de Benito Juárez y el dibujo con cigarros de un retrato de Trotsky que se basa en un original realizado por Vlady. Desilusionante en su propuesta creativa, la exposición obtiene un atractivo valor simbólico gracias al entorno o aparador en el que se encuentra. Rodeada de la espléndida colección de arte prehispánico de Diego Rivera y emplazada en todos los pisos de la fascinante construcción que diseñaron Juan O’Gormann y el propio Rivera, la mercancía de la galería Kurimanzutto adquiere una notoria seducción mercadológica. Con un beneficio evidente para el museo y la galería, la exposición de Sarah Lucas debe recordar a los ciudadanos y a los candidatos presidenciales la necesidad de generar una política cultural que regule los vínculos entre el mercado, la iniciativa privada y el uso del presupuesto gubernamental destinado a la administración de la cultura.

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