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miércoles, 4 de diciembre de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Ingenuos vivientes: perdonen que así los vea y así los califique cuando compruebo que tantos de ustedes y en tantas ocasiones actúen como si ciertamente esa su globalidad en la que se mueven y los mueven fuera una plena democracia, sin adjetivos, pues eso es y nada más, o sea, que en verdad está vertebrada, determinada y administrada por el hombre del pueblo. Lo siento, pero no es así. Según mi parecer, basado en lo que he visto, oído y vivido, esa su globalidad es más bien una logomaquia, es decir, un sentir y un existir fundamentado en puras palabras que en poco o en nada tienen en cuenta el siempre problemático, y no pocas veces trágico hecho del vivir. Y digo más: que esa su globalidad tiene no pocos puntos en común con otra época de la historia humana de igual centelleante, cegadora y fugaz optimismo, la conocida con los nombres de absolutismo ilustrado o despotismo ilustrado. ¿Les sorprende? Si así es, hagamos memoria para aclarar si este servidor de ustedes está en lo cierto o anda por camino equivocado. Recordemos que en el siglo XVIII, sobre todo en su segunda mitad en adelante, hasta la Revolución Francesa, no pocos pensadores y estudiosos, políticos, aristócratas y hasta reyes admiraban las ideas de los economistas y los denominados filósofos de la Ilustración que, a pesar de sus diferencias, estaban de acuerdo en una idea fundamental: la de que los hombres habían vivido obedeciendo a la costumbre y la superstición, y de que esa situación debía cambiar, pues el reinado de las luces había llegado, y los humanos habían sido iluminados por la razón y, en adelante, la razón debía estructurar la sociedad, pues la misma, era su creencia, era imprescindible, necesaria y suficiente para resolver con éxito todos los problemas. Ustedes, estimados lectores de la presente, dirán si el entusiasmo que sienten y manifiestan políticos, empresarios, financieros y otros individuos pertenecientes a grupos que tienen en sus manos el poder de decisión, por los economistas orgánicos o partidarios de esa su globalidad y los tecnócratas, tiene o no paralelo con el entusiasmo que sintieron en el siglo XVIII ministros de diferentes monarquías, aristócratas y hasta reyes por los economistas y filósofos de la Enciclopedia. Y hay más parecidos; los ideólogos de la llamada Ilustración exaltaron a los monarcas (¿para utilizarlos en la realización de sus teorías reformistas o para que?), el caso es que el enciclopedismo y el absolutismo monárquico en uso en aquel tiempo determinaron el carácter del despotismo ilustrado, con el que los reyes tuvieron la posibilidad de limitar los abusos de la nobleza y del clero y acometer tareas para hacer reformas en la economía de sus países, liberar el comercio, fomentar la industria, desarrollar vías de comunicación construyendo canales y carreteras e implantaron e hicieron énfasis en la educación, como factor necesario e indispensable para la modernización de sus reinos y así poder competir con otras naciones… ¿no ocurre algo parecido en esa su globalización? ¿Qué me dicen? El enciclopedismo, hijo de los pensadores de la Francia (Quesnay, Voltaire, Rousseau, Diderot), se extendió por Europa; principalmente prendió en la imaginación de los aristócratas y la gente más culta, como era natural. En los salones, entre refinamientos sociales, empolvadas pelucas, lunares postizos, minués y alegres e ingeniosas conversaciones, la nobleza y no pocos grandes burgueses coqueteaban con las más atrevidas especulaciones de los teóricos de la Ilustración, sin pensar para nada en lo que les iba a suceder: que vino la Revolución Francesa y los dejó sin cabeza. ¿Cómo fue posible que el absolutismo ilustrado, seguido por tantos y defendido por no pocos como un poder absoluto usado con justicia e inteligencia acabara en un camino al infierno del Terror revolucionario? No ignoro que todas las comparaciones son odiosas… pero son uno de los elementos que ayudan al humano para aclarar problemas, por lo que sigo con las mismas y les digo que el despotismo ilustrado acabó en el terror revolucionario, entre otros motivos, por causas parecidas a las que aquejan a la política de esa su globalidad, que en próxima carta a este buzón expondrá a su juicio. Deseándoles lo mejor, de ustedes servidor. EL JUDIO ERRANTE

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