"Confesión"

martes, 17 de febrero de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- Pues sí, estimados lectores, admito que servidor ha sido (ya no está seguro de serlo) uno de esos tantos que considerándose buenos, de esos que a sabiendas no hacen mal a nadie, por lo tanto, cuando algún prójimo, premeditadamente o no, le causa algún daño, se pregunta legítimamente: “¿por qué me pasa esto?”; pregunta que es producto de la tristeza, enojo o bien rabia, según sea el tamaño de la injusticia que tenga que soportar. Esos estados de ánimo me iban acercando a ver con simpatía al pirronismo, es decir, a ese escepticismo que parte de Pirrón (unos 300 años antes de Cristo), el cual pensaban que el hombre, imposibilitado para alcanzar la verdad, debe abstenerse de juzgar y vivir en la indiferencia de las pasiones y los deseos; esa mi simpatía por el pirronismo casi me arrastra a ser un angustioso resignado, humilde y modesto, virtudes muy predicadas y recomendadas por el cristianismo como pasaportes para una vida llena de bienaventuranzas en el más allá. En esto estaba cuando, en días pasados la relectura de las MAXIMAS, de La Rochefoucauld (1613-1680 después de Cristo), vino a tronarme el cuadro de referencias que me estaba formado. A mis quejas por las injusticias sufridas, me dijo: “Se vitupera la injusticia, no por la aversión que se le tenga, sino por el perjuicio que de ella se recibe”, y para remachar el clavo me hace ver que: “La justicia, en los jueces, no es más que el amor a los ascensos”. A mi simpatía por la humildad, opuso esta destructora máxima: “La humildad no es, frecuentemente, más que una fingida sumisión que empleamos para someter a todo el mundo. Es un artificio del orgullo, que se rebaja ante los hombres para elevarse sobre ellos. “Es un disfraz y suprema estratagema; pero aunque sus cambios sean casi infinitos y aunque sea admirable bajo todos sus aspectos, es preciso confesar, sin embargo, que nunca es tan raro ni tan extraordinario sino cuando se oculta bajo la forma y el hábito de la humildad; porque entonces se le ve con los ojos bajos, en una actitud modesta y reposada; todas sus palabras son dulces y respetuosas, llenas de estimación para los demás y desdén para sí mismo. El orgullo es quien representa todos estos personajes que se toman por la humildad”, así de obstinado, sutil y malicioso es el orgullo. Este conde de La Rochefaucauld es uno, entre los analistas de la conducta humana, de los más pesimistas. Bajo la virtud, la abnegación, la compasión y otros sentimientos parecidos que la humana criatura tiene como de los más sublimes de su ser, este aristócrata francés ve, descubre y percibe nada más que el orgullo hipócrita; tras la hipocresía la vanidad y detrás de todo esto, como consecuencia y como principio la bajeza y el interés, todos ellos impulsos instintivos que cuanto más pequeños y más se ocultan, más grandes y vivos son en realidad, como lo confirman sus siguientes máximas: “Lo que el mundo llama virtud no es, generalmente, sino un fantasma formado por nuestras pasiones, al que damos el nombre de honradez para hacer impunemente lo que se quiera” … “Lo que tomamos por virtudes no son con frecuencia sino una reunión de diversos intereses que la fortuna o nuestra industria saben coordinar”… “La virtud no llegaría tan lejos si la vanidad no la acompañase”… “Las virtudes se pierden en el interés como los ríos se pierden en el mar”, pues piensa maliciosamente que “Los vicios entran en la composición de las virtudes, como los venenos en la composición de los remedios; la prudencia los prepara y los templa, y se sirve de ellos útilmente contra los males de la vida”… Del reconocimiento, por parte de uno, de las bellas acciones cometidas por los prójimos, de la admiración que nos causan los actos de valentía o los triunfos en los esfuerzos físicos o los logros en los campos del espíritu llevados a cabo, conseguidos por otros, dos sentimientos que consideramos de los más puros y desinteresados en las personas, La Rochefoucauld nos dice que no es así, pues “es, en cierto modo, tomar parte de las bellas acciones el alabarlas de buen corazón”, ya que lo hacemos “más bien por la estima de nuestros propios sentimientos, que por la estimación de su mérito… por eso es que exageramos las buenas cualidades de los demás”. Ante estas revelaciones de la esencia de lo humano debidas a La Rochefoucauld, ya no puedo seguir actuando como un tonto feliz, esto es como un individuo al que no le preocupan las consecuencias de sus actos, por ser ignorante; tampoco puedo, ni quiero, seguir siendo un ser resignado, sumiso, aguantador de todos los infortunios porque no hay de otra; sólo me queda, después de leer a La Rochefoucauld, el seguir viviendo como una persona culpable, con remordimientos. Estimados lectores de la presente: hagan la prueba y después me dicen. De ustedes con sincero afecto y buenos deseos. EL TÍO LOLO

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