Bob Dylan, 75 años

miércoles, 15 de junio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Uno de los más influyentes compositores del folk-rock, poeta y cantante, Robert Allen Zimmerman, nació hace 75 años en Duluth, Minnesota, Estados Unidos, el 24 de mayo de 1941. Pero todo el mundo lo conoce como Bob Dylan. Esta reseña de uno de sus discos, Sombras en la noche, fue solicitada al joven crítico musical Daniel Vega, egresado de Letras Inglesas de la UNAM y editor de la revista virtual de arte contemporáneo Larmagazine. Cuando se dio a conocer la noticia sobre Shadows in the night (“Sombras en la noche”), el más reciente trabajo de Bob Dylan, un disco de versiones de temas clásicos estadunidenses popularizados por Frank Sinatra, algunos pensaron que el vagabundo misterioso jugaba otra de sus bromas irónicas. A lo largo de su carrera, los pasos de Dylan han buscado el terreno menos sospechado, lo que muchos han traducido como cierta arrogancia. Nunca partidario de ser encasillado, definido ni descifrado, pocas veces baja la guardia y, en cambio, busca mantenerse a la vanguardia. Shadows In The Night, producido por él y grabado a la vieja usanza en los estudios Capitol de Los Angeles –ahí donde Sinatra grabó sus más grandes temas– es una de esas pocas ocasiones, y el resultado es a la vez relevante y desgarrador. Junto a su banda compuesta por dos guitarras, una guitarra pedal steel, bajo y percusiones –con algunos toques atmosféricos de metales–, reinterpreta clásicos que han sido grabados infinidad de veces por artistas como Johnny Cash, Sting, Lady Gaga, Rod Stewart, Gloria Estefan y Paul McCartney, entre muchos otros. En la única entrevista que ha concedido para promocionar el nuevo material, publicada por la revista estadunidense AARP, orientada al público mayor de 50 años, Dylan cita el álbum Stardust (“Polvo de estrellas”,1978), de Willie Nelson, como una fuente de inspiración para Shadows In The Night. “Debes estudiar muy bien la letra de estas canciones. Tienes que ver cada una y poder identificarte con ellas de manera significativa. Apenas podrías cantarlas si no te ves en ellas. Si vas a fingir, adelante, finge si es lo que quieres. Pero yo no soy ese tipo de cantante.” A cargo de la misma banda que lo acompaña en directo, la instrumentación aporta un sonido sencillo y etéreo que matiza los temas con una nostalgia onírica. Las ejecuciones de Donny Herronen en la guitarra pedal steel tejen un tapiz elegante y sutil:innovadores arreglos para estos temas de los cuales Dylan asegura que “Sinatra estaría orgulloso”. Baladas como Some Enchanted Evening (“Alguna tarde encantada”) y That Lucky Old Sun (“Aquel viejo Sol afortunado”) podrían musicalizar sin problemas una película romántica de los cuarentas, o un clásico animado de Disney… Irónicamente, las canciones de Dylan siempre han estado rodeadas de una neblina de misterio; lo vago y surrealista de sus imágenes lo convirtieron en un artista poco menos que inaccesible para el público masivo. Hoy en día poca gente conoce la discografía de Dylan más allá de Like A Rolling Stone (“Como una piedra rodante”) o Blowin' In The Wind (en México difundida como “La respuesta está en el viento”), aun cuando él es una de las figuras más emblemáticas y prolíficas de la música del siglo XX. A tal punto, que en 2008 recibió un reconocimiento especial del jurado del Premio Pulitzer por su “profundo impacto en la música popular y cultura americana, marcado por sus composiciones líricas de extraordinario poder poético”. A través de los temas de Shadows In the Night, pertenecientes al llamado Gran Cancionero Estadunidense, un artista esquivo como Dylan parece desnudar su alma vieja y arañada. No es la primera vez que se ocupa de las canciones de otros –su primer álbum homónimo de 1962 estaba compuesto casi totalmente de estándares–; también ha dedicado otros álbumes a grabaciones de temas clásicos de folk. Pero es particularmente en Shadows In The Night donde trae a colación –si no en el estilo de las canciones, en la vibra y la crudeza de sus interpretaciones– uno de sus discos más aclamados: Blood On The Tracks (“Sangre sobre los rieles”). Lanzado en 1975, justo cuando se hallaba inmerso en una turbulenta crisis matrimonial, Blood On The Tracks fue una especie de confesionario donde Dylan desentraña la historia de su relación. Pero mientras ese disco armaba su narrativa mediante afirmaciones elusivas y referencias crípticas, en Shadows In The Night el intérprete está indefenso ante el oyente: parece haberse quitado varias capas de misterio para revelar a un hombre de 73 años entonces cansado y golpeado por el amor, y sin embargo igualmente inspirado. Un hombre perdido entre las sombras de su pasado… En Blood On The Tracks, su interpretación es de lo más visceral, casi cáustica, inclinada a señalar culpables y plantear justificaciones; en Shadows, Dylan parece aceptar su sino con irremediable actitud resignada, pero con algo de ese fuego aún ardiendo en su corazón. No se queja con amargura de su destino, sino que cuestiona melancólicamente los tropiezos que lo llevaron hasta él. Y al mismo tiempo, todo el proyecto es un guiño secreto; algo tan disparatado que al final, como en sus años en la cima, toca un territorio nuevo para él y revela, una vez más, una nueva voz del eterno juglar. En estos arreglos directos y sublimes, con el aderezo de un ritmo relajado apenas hecho notar en ocasiones por un platillo o un síncope suave, su voz recobra la fuerza que parecía haber perdido desde la década de los noventas; hecho notable después de su maltrecha interpretación en Tempest (“Tempestad”), apenas tres años antes. (Se trata de un salto que no había dado desde que editó Nashville Skyline, de 1969, cuando la voz nasal y arrastrada de Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, discos esenciales de su época, se transformó en una interpretación fuerte, entonada y dulce, ad hoc para su entonces nuevo interés por el country tradicional.) Así, Shadows In The Night es un retrato inigualable de un personaje que definió la música como la conocemos hoy, y que siempre ha gustado de escarbar en los lugares más recónditos del folclor estadunidense. Es un trabajo arcaico, y tal vez por momentos resulte monótono; pero como los álbumes de antaño, compacta diez canciones en apenas 35 minutos. Es el disco que uno esperaría disfrutar en medio de la noche a través de la ventana, a lo lejos, desde algún viejo radio en una cantina sombría. Parece que el bufón ríe al último, y lo que en el papel parecía un mal chiste, en poco tiempo se ha convertido en uno de los discos más significativos y celebrados de su carrera.

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