'Los insomnios”, antología de cuento fantástico

martes, 2 de mayo de 2017
CIUDAD DE MÉXICO, (apro).- Ediciones Navarra publica la compilación de Ulises Paniagua (1976) Los insomnios. Antología de cuento fantástico, primera edición con tiraje de 117 páginas, donde aparecen 21 relatos de narradores, entre ellos: René Avilés Fabila (“Los ruidosos pájaros”), Sandra Becerril (“Entras a otra librería”), Felipe Cabello Zúñiga (“La historia de la no historia”), Alberto Chimal (“Álbum”), Siddartha Ochoa (“Coleccionista de faisanes”), Rodrigo de Sahagún (“Ventisca”), Guillermo Samperio (“Por culpa de la dolariza”), y del propio Paniagua (“La recámara de los secretos”). Además: Ricardo Bernal (“Microscopio”), Luis Bugarini (“Dolcefarniente”), Roberto Cárdenas (“Las ausencias”), Cecilia Eudave (“Con la boca en la mano”), Elisa Hernández Morales (“La Voz”), Alejandra Hoyos (“El hombre de Suspiros”), Heidi Julavits (“Inquietud”), Mauricio Montiel Figueiras (“Hija”), Bernardo Navarro (“Hotel Chelsea Nights”), Paúl Peñaherrera (“El doble”), Edith Rodríguez Ruiz (“Extraño nocturno”), Omar Vázquez (“El libro de Thany”), y Roger Vilar (“Instinto”), En días pasados, se llevó a cabo la primer charla literaria con algunos de los autores de dichos cuentos en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, y se prevé una presentación más amplia en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes el martes 30 de mayo. El volumen está dedicado a René Avilés Fabila (1940-2016) y Guillermo Samperio (1948-2016). Para nuestros lectores del Suplemento Cultura en la Mira de la Agencia de Noticias Apro hemos seleccionado el relato “La historia de la no historia”, cuento inspirado en la canción homónima del trovador rupestre Rockdrigo González, El profeta del Nopal (1950-1985), ganador del segundo lugar del Concurso de Cuento “La Caverna” el año pasado. Su creador, Felipe Cabello Zúñiga (Querétaro, septiembre 13 de 1987) es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Formó parte de la revista Garganta. Cultura General y ha sido colaborador del semanario Proceso. Coautor de Rupestre. El libro, redactó el prólogo de El cancionebrio, del músico Fausto Arrellín. Actualmente vive en San Juan del Río. Historia de la no historia “Dix” es un nombre común que rola como una leyenda entre callejones y azoteas, alcantarillas y azoteas de los viejos barrios de la Ciudad de México. De él se rumoran muchas cosas: que su verdadero nombre era Carlos, que tendría no más de treinta años, que su último libro fue plagiado por uno de los cuates de la cuadra (quien después de una junta literaria lo distrajo al sabor de unas cervezas); que después de esa traición se chutó un viaje a sus adentros. Muchas cosas que calan; rumores donde el momento, que alguna vez fue suyo, se perdió como las gotas finales de la vida… Después del plagio de su brother, “Dix” se tiró al vicio. En ese tren de los días, desesperado, intentó escribir una novela. Pero la musa no llegaba, la inspiración parecía haberlo abandonado. Decidió salir de lo cotidiano con una buena dotación de churros, de los que permiten viajar sin salir de casa. Entonces todo fue distinto. Escribió y escribió acerca de calles torcidas, de plazas solitarias, de un viejo bar donde una chica y un viejo se besaban en la clandestinidad, donde el reloj marcaba siempre las 7:19 p.m., y un hombre oscuro, revólver en mano, se acercaba a matar al tipo que bebía en la barra del lugar. Casi al llegar al final de la novela, después de tres días de encierro, “Dix” decidió salir a calmar la sed y los nervios. Dejó encendido el último cigarro de hierba, lanzando volutas en el cenicero… Al llegar al viejo bar y sentarse a la barra, pidió su acostumbrado whisky. Bebió 1, 2, 3 tragos, hasta perder la cuenta. De pronto se paniqueó. El reloj marcaba exactamente las 7:19 p.m. Una chica y un viejo se besaban al fondo, en la penumbra clandestina. Al darse luz de que un hombre oscuro se dirigía a él, “Dix” abandonó la copa en la barra, y salió con prisa del bar. Al caminar, intentó evadir las calles torcidas, las plazas en abandono, pero por alguna razón volvía a ellas sin saber explicarlo. Luego regresó de espaldas, paso a paso, angustiado, a la barra del bar. El hombre oscuro se acercó a él, revólver en mano. El mundo se oscureció… Abrió los ojos. Seguía escribiendo. Casi al llegar al final de la novela, después de tres días de encierro, decidió salir a calmar la sed y los nervios. Al llegar al viejo bar y sentarse a la barra, pidió su acostumbrado whisky. Bebió 1, 2, 3 tragos, hasta perder la cuenta. Lo invadió el miedo: el reloj marcaba las 7:19 p.m., mientras una chica y un viejo se besaban en la penumbra… En el manuscrito de la novela (que nadie robará ya, pues se rumora ha quedado abierto para siempre) una historia se repite, inconclusa. El churro, al costado de los ceniceros, no se agota jamás… Dicen que el epígrafe del libro puede helarle la sangre a quien se interna a sus páginas. Eso dice la banda, quién sabe por qué: “Esta es una historia que no debes entender; Mucho menos atraparla y hasta tratarla de ver. Esta es una historia que no debes comprender, pues no tiene ningún caso comprender lo que no es… Siendo tan oscura, se te aplaude si la ves…” Así reza el epígrafe de una rola de Rockdrigo González en el inicio de la novela del desaparecido “Dix”. La vida se desvanece para todos, para cada uno, como un cigarro de hierba en el cenicero.