Alicia Alonso (1920-2019)

sábado, 26 de octubre de 2019
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A Alicia Alonso la construyeron el ballet y la Revolución cubana. Fue artista y personalidad del paradigmático siglo XX. El ballet era el arte más consolidado y universal para cuando la Revolución cubana triunfó y se instaló como régimen, en 1959; las vanguardias de la danza, a partir de Merce Cunningham, aun eran muy incipientes durante la primera mitad del siglo XX. Ella fundó el Ballet Alicia Alonso once años antes del triunfo de la revolución, en La Habana, en 1948, alternando su estancia entre Cuba y Nueva York, mientras todavía regía la dictadura de Fulgencio Batista en la isla. Lo convirtió en el Ballet Nacional de Cuba a partir de 1959, bajo el apoyo económico del nuevo proyecto de nación de Fidel Castro (1926-2016). En esa época, segunda mitad del siglo XX, Alonso traía consigo una combinada y enriquecida educación de danza, que se generó por su etapa fundacional en Cuba, en la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical, iniciada en 1931–cuando tenía 11 años– y continuó en Nueva York hasta 1938, donde concluyó estudios y debutó en Broadway en los musicales Great Lady y Stars in your eyes. También perteneció a proyectos de compañías de ballet de Estados Unidos que lograron consolidarse hasta el día de hoy, como el American Ballet Theatre con sede en Nueva York desde su fundación en 1939. Resulta contradictorio que el ballet encajara tan bien con un proyecto político de espíritu revolucionario que aspiraba a la libertad de Cuba. Sin embargo, la historia de la danza universal ha demostrado que esa forma de arte se ha amalgamado bien con sistemas nacionalistas y totalitarios. Alicia Alonso había acumulado una gruesa experiencia en Estados Unidos. Viajaba por el mundo. Sabía todo sobre el ballet cuando comenzó el proyecto de Castro. Dominaba la estructura vertical del ballet en cuanto a movimiento. Es decir, las bailarinas y los bailarines siempre están de pie, ellas sobre las zapatillas de puntas y ellos en el aire, ambos desafiando a la gravedad sin caerse nunca, que funcionaba como metáfora para el pueblo cubano a partir de la segunda mitad del siglo XX. Dirigía el Ballet Nacional de Cuba, junto a los hermanos Fernando y Alberto Alonso, el cual replicaba el sistema coreográfico del ballet ruso, definido por una jerarquía tradicional, donde el coreógrafo se encuentra en la punta más alta; hacia abajo, en los siguientes escalones, las bailarinas y los bailarines de varios niveles de virtuosismo; y en la base de esa pirámide, un agrupado cuerpo de baile de menor nivel. Este orden iba de la mano con el nuevo líder. Las múltiples actuaciones de Alicia Alonso durante las décadas cuarenta y cincuenta son muestra de que ella supo apropiarse de la técnica de la danza clásica, creada en Europa. La adaptó en y con las posibilidades físicas de su propio cuerpo, considerando incluso la debilidad visual degenerativa o ceguera como parte de éstas. Fue una expresiva y conmovedora intérprete del antiguo ballet romántico Giselle (1841), original de los coreógrafos franceses Jean Coralli y Jules Perrot, que la catapultó artísticamente como una de las mejores bailarinas del mundo. Su energía suave matizada con la precisión de giros y poses era su singularidad. De esa obra dio una presentación en México el 31 de enero de 1949, en el Palacio de Bellas Artes. Pero visitó el país como figura principal del American Ballet Theatre, pues para ese año aún no se cristalizaban la Revolución ni el Ballet Nacional de Cuba. Alicia Alonso fue una figura que representó bien la alianza entre ballet y política. Este texto se publicó el 20 de octubre de 2019 en la edición 2242 de la revista Proceso