Teatro

La gota es el mar

Ingrid Cebada en la dirección, Estefanía Norato y Abigail Pulido en las actuaciones y Aurelio Palomino en la escenografía e iluminación dan vida a un proceso de autoconocimiento en "La gota es el mar".
martes, 22 de junio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Viajamos rumbo al mar acompañando a Marisol en la búsqueda de sí misma, a través de la búsqueda de otro, del que observa a través de su ventana, del que se había convertido en su referencia existencial. La gota y el mar de Estefanía Norato tiene poesía, narración, teatro y ese anhelo compartido de ternura.

Son varios los caudales por los que la autora y el equipo creativo nos llevan en este viaje, y varios los estilos que utilizan. Ingrid Cebada en la dirección, Estefanía Norato y Abigail Pulido en las actuaciones y Aurelio Palomino en la escenografía e iluminación dan vida a este proceso de autoconocimiento.

El punto de partida es el tiempo de la que observa, de la que actúa en consecuencia de lo que observa, y ahí está siempre, diciendo la hora y los minutos en que ejecuta cada acción, con un ritmo constante y veloz que marca los ineludibles minutos del transcurrir. La línea episódica es el camino por el que nos llevan, el tiempo en el que ella/s va/n de un lado a otro, de un indicio a otro, para encontrar a toda costa a Marcelo, ese ser extraño con el que apenas se ha cruzado en su edificio, pero al que, se ha convencido, tiene que encontrar.

El transcurrir de “La gota y el mar” es fragmentado y salta de un lado a otro con ese anhelo del descubrimiento, del dejarse llevar por los impulsos del sentido común, de la lógica y de las deducciones, para ir descubriendo el camino a seguir. Una dramaturgia brillante que nos lleva de la mano en el sentir.

El trabajo de dirección y actuación hacen que nos emocione ese andar tan nítido, tan espontáneo y decidido. Al personaje de Marisol lo representan las dos actrices; son ambas que se complementan en el hablar, son ellas divididas, pero a la vez completas. Ambas visten igual y sus movimientos están totalmente coordinados. Es una coreografía de movimientos inspirada también en la composición musical de Silvia Camacho.

Estefanía Norato y Abigail Pulido imprimen verdad a sus personajes. Con entusiasmo juvenil y fuerza actoral contagian vitalidad en su andar, y también nostalgia y momentos de tristeza. Las actrices son además los personajes que van encontrando en su camino. Estaciones donde se detienen y conocen un poco más a Marcelo, ese personaje intrigante que se ha metido hasta los tuétanos de Marisol, dejando siempre el misterio de sus razones, creyendo también en lo no razonable, en esa necesidad interna de buscar queriendo encontrar algo, ¿qué?, algo que siga dándole sentido al viaje de su vida, y descubrir que lo incierto es el sentido, que las cosas al revés y los andares contradictorios son.

Sin una excesiva caracterización, las actrices interpretan a personas cercanas a la vida del que buscan. Con un modo de sentarse, un modo de mover las manos, gestos repetitivos y tonos de voz, nos van dando pistas de ese otro. Su jefe, al que le importa poco el extravío de su empleado y que sólo responde a sus intereses. Su amigo de la infancia, que se ha vuelto maestro de yoga y que tampoco puede salir de su burbuja. Es el niño, el del final del recorrido, el que les da más respuestas, el que las guía, aunque no encuentren exactamente lo que buscan, sino algo más, algo más verdadero a lo que les lleva esa búsqueda.

“La gota y el mar” tiene que ver con la imagen del místico Willigis Yager que da título a su libro “La ola es el mar”: esa vivencia de pertenecer a un todo y ser ese todo, el sentido divino del ser.

“La gota y el mar” obtuvo en 2017 el Premio de Dramaturgia Joven Vicente Leñero y, después de presentarse en diferentes teatros, concluyó temporada de más de 50 representaciones en el Foro Shakespeare. Es un viaje fabuloso y sensible que nos lleva de la mano por diferentes espacios, pensamientos y emociones que nos hace vivir intensamente el teatro presencial.

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