Hombres que respiran tierra

miércoles, 11 de mayo de 2011

MÉXICO, D.F., 11 de mayo (Proceso).- En la boca del monstruo entran cientos de mineros cada día. Descienden en pequeños botes movidos por un rudimentario sistema de poleas o malacate a 60, 70 u 80 metros bajo tierra, hasta alcanzar el centro del pocito El Boker, una excavación vertical desde la que se abren cuatro túneles. 

Agachado, Plutarco es uno de los primeros en penetrar en la mina. Entra también Ramón Sánchez Arellano. Antes de que entre el segundo turno de trabajadores tienen que verificar la solidez de los “burros”, vigas de madera que sostienen las toneladas de roca que presionan las galerías transitadas por los carboneros. De su concienzudo trabajo depende la vida de sus compañeros.    

Como cada día, Plu, como le dicen sus amigos, contiene la respiración al bajar en ese pozo del municipio de Nueva Rosita. En una mina de carbón el calor es insoportable para cualquiera que no ha crecido en las áridas tierras de Coahuila. Las capas de arcilla acumuladas actúan como cobijas que arropan el interior de las minas, donde incluso menores de edad y mujeres en periodo de lactancia extraen carbón en parejas, a 70 pesos por tonelada. 

El 30 de julio de 2010, ya revisada la solidez de las entradas principales de los túneles, Plutarco avanza hacia el fondo armado de su hacha para golpear las paredes de tierra y roca, a fin de facilitar que sus compañeros extraigan carbón con pistolas de aire comprimido. Esto no debe hacerse. Las normas de seguridad establecen el uso de dos enormes turbinas para cavar pequeños agujeros en las paredes subterráneas y asegurarse así de que los túneles en uso no se comuniquen con los que están inundados ni con una bolsa de gas tóxico. Pero los dueños de pequeñas minas temporales como esta no se preocupan por los riesgos. Por eso Plutarco y sus compañeros trabajan con miedo; saben que han ocurrido accidentes en otras minas.

Para romper esas paredes Plutarco tiene que tensar cada músculo, concentrar la fuerza en un solo punto y moja de sudor su ligera playera, sus pantalones impermeables y sus toscas botas. Golpea, pum, golpea, pum, como lo hace cada día, pero de pronto un hilo de agua se enreda en el mango de su hacha. Mira su reloj, son las 3:15. Piensa que seguramente va a morir en los minutos que siguen. 

Esto es lo que significa un hilo de agua que sale de una pared, igual que cuando se revienta una bolsa de gas venenoso: la muerte. Pero cuando se tienen hijos (como los dos de Plutarco) no hay opción. Los mineros saben lo que se esconde en esos pozos y que no están protegidos. Están conscientes de que tampoco a las autoridades les importará si fallecen.

El momento llega: la pared se revienta y la corriente lo arrastra más de 60 metros. Pero Plutarco sobrevive y se refugia en un conducto secundario de la mina. Respira difícilmente, sólo gracias a las tuberías de ventilación. Tiene frío. El golpe del agua lo despojó de su equipo. Sin hacha, lámpara ni casco tiene escasas posibilidades de sobrevivir, así que reza por que le dé tiempo de acercarse a la superficie y que su familia encuentre cuando menos su cadáver y lo entierre como se debe. A veces siente que respira tierra.

El tiempo pasa. No se ahoga, pero no consigue salir. Sube y baja a gatas por los pasillos aún abiertos, arañándose la piel en cada escombro. Sabe que debe evitar las corrientes contaminadas, las rocas filosas y las paredes reblandecidas. Lo mueve la descarada esperanza de ver de nuevo  el sol. Lo que comió y bebió durante esos días, prefiere no mencionarlo. 

En la textura de su piel quedaron registrados esos siete días de sepultura en el pocito El Boker, de donde salió solo, porque no había ningún dispositivo de rescate. La piel de sus rodillas y codos parece de rinoceronte, y sus ojos parecen los de un gato en la oscuridad. Plutarco está contando que respiró tierra durante esa eternidad y sobrevivió para contarlo. Así denuncia también la situación en la que trabajan los mineros de Coahuila.

Su cuate Ramón Sánchez no tuvo esa suerte: falleció en esa trampa, a donde se metía por el mismo salario que Plutarco: 110 pesos diarios, menos descuentos.

 

La vida trágica 

 

El Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana informa que cerca de 200 mil personas laboran actualmente en varios tipos de pozos. Los diagonales descienden paulatinamente hasta alcanzar la profundidad necesaria para extraer el mineral, y los verticales son excavados perpendicularmente hasta más de 80 metros, para luego derivarse en una intrincada red de socavones. 

El Boker era un pozo vertical de carbón, donde mineros como Plutarco trabajaban de 11 a 12 horas por día. La Comisión Federal de Electricidad le compraba cada tonelada del mineral a 827 pesos para producir energía en las centrales de Río Escondido y Carbón II.

El riesgo es inherente a la vida de estos obreros del subsuelo. En 2009 el Instituto Mexicano del Seguro Social registró mil 488 accidentes laborales en minas del país, y la Organización Internacional del Trabajo menciona en un informe del 4 de agosto de 2010 que “60% de los trabajadores de las minas mexicanas son informales, que no disponen de protección social y que las autoridades muchas veces no redactan las actas correspondientes cuando fallecen”. 

El miércoles 4, fallecieron más trabajadores en la explosión de otro pozo de carbón en Sabinas, Coahuila. Al cierre de esta edición se había rescatado a un herido (menor de edad) y los cuerpos de 10 de las 14 víctimas del siniestro. 

También es dramática la suerte de los mineros vivos, asegura Plutarco Ruiz. La mayoría vive en chozas cercanas a los pozos porque su salario no les permite rentar otra vivienda. A pesar de los frecuentes accidentes, pocos tienen acceso a los hospitales públicos, que apenas los mal atienden. 

“Para colmo –lamenta Plutarco–, después de accidentarme en la inundación me despidieron con mil 200 pesos en mano y una familia que alimentar, pretextando que ya no estaba yo apto para trabajar.”

En cuanto a las autoridades, hay complejos mecanismos para impedir que los trabajadores denuncien la falta de seguridad. “Si lo haces –dice Plutarco Ruiz– ya nunca tendrás trabajo en Coahuila, y la industria minera es la principal actividad de esta región”. Él y sus compañeros son los primeros en atreverse a evidenciar públicamente sus condiciones laborales. Y aunque conocen las consecuencias, aclara su compañero José Pérez Zúñiga, “las cosas no pueden seguir así, no deben morir más mineros”.

Francisco Castillo es otro minero que se atrevió a denunciar los abusos contra los trabajadores de los pozos en Coahuila. Ligeramente desubicado, ya que perdió 50% de la audición en un accidente, el 20 de mayo pasado en el pocito vertical 4 de Nueva Rosita, describe que desde los 16 años bajaba a los socavones por carbón. 

“Además de trabajar sin metanómetros, respiradores o trajes de protección adaptados, me finiquitaron con mil 500 pesos cuando se dieron cuenta de que ya no estaba en condiciones de trabajar, pero no sé hacer otra cosa y tengo dos hijos que alimentar”, relata Castillo mientras cojea en un patio del convento que lo aloja en el Distrito Federal. 

Cristina Auerbach, integrante de la organización Familia Pasta de Conchos, comenta que el doctor García que atendió a Francisco Castillo es familiar de Jorge García, el dueño de la compañía Migarfu, que operaba la mina colapsada. Señala que ese médico y otro apellidado Múzquiz atendieron también a José René Pérez, quien también resultó lesionado en la inundación de El Boker y a quien se negaron a atenderle un serio problema de la columna vertebral porque, dijeron, sólo era un “desgaste natural”.

Estos y otros casos de injusticia laboral en la región se encuentran en un documento que  un grupo de mineros entregó el 26 de agosto de 2010 a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Otro activista de Familia Pasta de Conchos, Carlos Rodríguez, cuestiona: los dueños de las minas son responsables directos de los accidentes y las pésimas condiciones de trabajo, pero los compradores de carbón también tienen parte de responsabilidad.

Difiere Estéfano Conde, director de Comunicación Social de la CFE, el principal comprador de carbón en México. Afirma que la compra de carbón es uno de los procesos que más enorgullece a la paraestatal por su transparencia y competitividad. 

Informa que para beneficio de la industria minera nacional y de las pequeñas empresas que no serían capaces de competir en licitaciones internacionales, la CFE creó un fideicomiso estatal a través de la Promotora para el Desarrollo Minero (Prodemi), que agrupa de 80 a 100 pequeñas empresas del sector y al que le compra 3.3 millones de toneladas de carbón sin licitación. 

Según Conde, la CFE le compra el carbón en 79.1 dólares la tonelada a Simsa, ganadora de la licitación oficial, y en aproximadamente 70 dólares al fideicomiso. La Prodemi se ocupa de la distribución interna y de la licitación entre sus proveedores, de modo que si se pierde dinero en el camino o se distribuye de forma desigual, la CFE no tiene injerencia en ello. 

Aclara que si bien el contrato de la CFE y la Prodemi incluye  cláusulas donde ambas se comprometen a cuidar la seguridad social de los mineros, la investigación sobre el respeto de estas cláusulas no le compete a la paraestatal, sino al estado de Coahuila y a la Prodemi.

Ni el fideicomiso estatal Prodemi ni InfoCoahuila –el instituto de transparencia del estado– aceptaron entrevistas o consultas cerca de las empresas a las que compra carbón el fideicomiso, que depende de la Secretaría de Finanzas del estado.   l

 

*Estudiante de la licenciatura en periodismo de la Escuela Carlos Septién García.

 

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