La zarandeada zarabanda

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Ya en un texto anterior ‒Proceso 1899‒ nos aproximamos a una de las músicas más socorridas del pasado cuyos oscuros orígenes demandan un recorrido adicional. Hablamos de la satanizada pero famosa danza ternaria que le da título a esta nota. No obstante, aunque podemos aseverar que el esclarecimiento total de su procedencia está vedado por la carencia de fuentes, ulteriores investigaciones corroboran que la cuna mestiza es incuestionable y que, a riesgo de contentarnos con inferencias y exiguas pruebas documentales, nos corresponde reclamar su paternidad.

Vayamos pues al punto, que la historia merece una lectura donde, lo garantizamos, no escasean las sorpresas. El primer escollo emerge de la etimología. Se ha especulado que su apelativo pudo provenir del hebreo Zarah, que significa esparcir. También de la palabra persa Serband, que era el nombre de un cintillo que usaban las bailarinas para sujetarse el pelo. Asimismo, hay trasnochadas Historias de la Música que refieren que su procedencia es morisca, pues Sarabande, en árabe se traduce como “ruido” y que en su forma musical se aposentó en España desde el Siglo XII. Sin embargo, nos hallamos en ámbitos especulativos. Lo único cierto es que España fue el primer sitio desde donde se irradia su influencia y que ésta, al cabo de casi cinco centurias de evolución, sigue viva. Prueba de ello es que una vez rebasado su auge en los siglos XVII y XVIII ha seguido cultivándose y todavía en el XX hallamos ejemplos paradigmáticos. El último que conocemos es una zarabanda para arpa, de 1998, del sonorense Arturo Márquez.

Más tornemos al devenir temporal en pos de reclamar un origen que nos pertenece, y que si no es enteramente nuestro, es al menos atribuible a nuestro expoliado continente. Según hallazgos recientes, las menciones más tempranas acaecen en nuestras latitudes. La más arcaica es la del poema Vida y tiempo de María Castaña de Fernando Guzmán Mejía, fechado en Panamá en 1539. De este podemos colegir que la forma primitiva se cantaba y que habría de bailarse con un ritmo que, a la postre, sería censurado. Obviamente, de la música no hay rastro. La cuarteta que nos interesa        dice: Os estéis sobando la harina blanca / Con huevos, con azúcar, con manteca /Al son de zambapalo y zarabanda / O en el paraíso estéis ahora de Meca…

De ahí tienen que transcurrir 27 años, es decir hasta 1566, para encontrar la segunda referencia documental. Se trata de un poema “glosado a lo divino” de Pedro de Trejo, cuyos villancicos se entonaron en la catedral de Pátzcuaro. Se titula Zarabanda, ven ventura y su primera copla reza: El criador es ya criatura / Zarabanda ven y dura. / Tiene Dios hecha una ley / Desde que Adán le ofendió /que al hijo, que es Dios y Rey /a la muerte le obligó/ por salvar a la criatura. / Zarabanda, ven y dura.

Lo escalofriante del asunto es que el tribunal de Santo Oficio procesó al ingenioso Trejo por el sacrilegio contenido en el primer verso ‒El criador es ya criatura‒, y que no obstante haber recibido licencia del obispo de Michoacán para que se cantara en las festividades de Corpus Christi, soportó tormento y fue quemado en la hoguera. El destino del martirizado poeta proporciona una clave fundamental para entender su accidentado tránsito, mas habría que apuntar otras atribuciones para calibrar mejor la pertenencia. En la religión bantú del Congo existe una deidad mentada Sarabanda que sigue siendo adorada en la santería afrocubana. Crucial es el testimonio de Diego Durán en su Historia de las Indias de la Nueva España, pues asentó la semejanza entre una danza prehispánica náhua, la cuecuecheuycatl con “esta zarabanda que los naturales usan con tantos meneos, visajes y deshonestas monerías, que fácilmente se verá ser bayle de mujeres deshonestas y de hombres livianos”. Como culmen del eslabón americano podemos citar el nombre de una flauta de carrizo guatemalteca, también llamada Sarabanda.

Con estos elementos el constructo está armado: la danza popular que nos atañe fue producto del cruce de razas. Las raíces indígena, negra y europea la configuraron y desde su alumbramiento escandalizó a los promotores de la “verdadera” fe.

Prosiguiendo en el tiempo, es hasta 1583 cuando surge la primera fuente española y se ubica en un edicto lanzado por Felipe II, en concordancia con los “santos” inquisidores. Recordemos que el soberano pasó a la historia como héroe de la brutal Contrareforma y que en su reinado se ensancharon las complicidades con el vaticano. Así, leemos: “A 3 de Agosto de 1583 mandan los señores Alcaldes de la Casa y Corte de su Magestad, que ninguna persona sea osado de cantar, ni dezir por las calles, ni casas, ni en otra parte, el cantar que llaman de la zarabanda, so pena de cada ducientos azotes, y à los hombres de cada seis años de galeras, y à las mugeres de destierro del Reyno”.

El segundo documento hispano que hace referencia a ella aparece en el poema Florando de Castilla de Jerónimo de Guerra, publicado en 1588. En este se cita: “fea es la vida de la Çarabanda, ramera pública del Guayacán”, en alusión a un nexo americano. En 1592 llega el turno del religioso Juan Antonio de Camós, quien pontificó en su Microcósmia y gobierno universal del hombre cristiano: “las nuevas invenciones del demonio que llaman zarabandas.”

Menos conocido es el testimonio del suizo Tomás Blatter, quien presenció el baile de una zarabanda en Barcelona, en 1599, y consignó datos esclarecedores: “en aquel espectáculo salido del averno había siempre parejas juntas en la calle, de un aproximado de cincuenta personas, hombres y mujeres opuestos, tocando cada uno castañuelas, panderos o guitarras y realizando pecaminosas contorsiones con cuerpo, manos y pies.”

Corresponde, ya entrados en el Siglo de oro, al jesuita Juan de Mariana arremeter contra ella en su Tratado De spectaculis del 1609. El Capítulo XII está dedicado al denuesto de nuestra vapuleada danza y en él se lee: “por ahora sólo quiero decir que entre las otras invenciones ha salido estos años un baile y cantar tan lascivo en las palabras, tan feo en los meneos que basta para pegar fuego aún a las personas más honestas”. Y, tristemente, también Cervantes se afilió a la corriente que la situaba en un limbo infernal, al anotar en varias de sus comedias que su “son era endemoniado” y que su proveniencia no era otra más que la del reino de las tinieblas, es decir, de nuestras propias moradas.

¿Qué podemos agregar a lo antedicho, además de su pertinacia? Lo primero es añadir que al momento de sus condenas hispanas comenzó su ramificación hacia el resto de Europa y sus colonias. Los primeros manuscritos musicales, adquirida ya su forma instrumental, surgieron en el sur de Italia en forma de tablaturas para vihuela o guitarra. Casi en sucesión, la zarabanda traspuso los pirineos en aras de convertirse en una danza cortesana, solemne y grave. Sobre el favoritismo que encontró en Francia, delineando su andadura definitiva dentro de la suite, debemos aducirla a la pasión por la danza de Luis XIV, a quien, por su gordura, le vino bien que la sarabande se desplazara en un tiempo lento. Con respecto a su aposentamiento en los reinos germanos y en la Gran Bretaña, baste con citar una colección de zarabandas alemanas, de 1612, de Michael Praetorius, todas en tiempo allegro y la contrafacción que hicieron los ingleses, a mediados del XVII, al componer zarabandas que se asociaban con las veloces contradanzas.

Ahondando, hemos de aclarar que a lo largo del Siglo XVII los italianos la practicaron sin destinarle una característica exclusiva. De hecho, no es raro encontrar que, al principio, las denominaciones se entremezclaran. El napolitano Nicola Matteis, por ejemplo, compuso Diverse bizzarie sopra la vecchia sarabanda o pur ciaccona. E igualmente podemos toparnos con arias de ópera que suenan a zarabandas y zarabandas que son folías. Como ya dijimos, a inicios del XVIII su expansión creció y a partir del clasicismo su popularidad comenzó a decaer.

A pesar de que nos sea imposible hallar características unívocas, podemos sintetizar las más recurrentes: La escansión rítmica se petrificó en una nota con punto en el segundo cuarto del compás, haciendo de este el tiempo fuerte y su estructura se congeló en la forma A ‒ A´ ‒ A´´.

Para concluir este zarandeado recorrido es menester que citemos a algunos autores que le dieron lustre. Desde Francia desfilan Lully, Marais, Rameau, Couperin, Leclair, Saint-Säens, Debussy y Satie. Desde Alemania brilla Bach junto a Händel, Telemann y Weiss. Desde Italia emergen Corelli, Geminiani, Scarlatti, Porpora, Vivaldi y Tartini; y del resto de las naciones sobresalen personalidades como las de Purcell, Britten, Tchaikovsky, Grieg y Albéniz.[1] Aunque nos haya sido denegada, con esto damos por buena otra de nuestras grandes aportaciones a la cultura universal.

[1] Se aconseja la escucha de los siguientes ejemplos:. Audio 1: Sarabande de la Sinfonía Melódica para dos oboes TWV 50 de Gëorg Philipp Telemann. (Berliner Barocke Solisten. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2005). Audio 2: Sarabande de la Suite Ancienne n° 2 de Isaac Albéniz. (Miguel Baselga, piano. BIS, 2005) Audio 3: Sentimental Sarabande de la Simple Symphony op. 4 de Benjamin Britten. (London Chamber Orchestra. Christopher Warren-Green, director. EMI, 2009)

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