León Chávez Teixeiro, libro y concierto en el Chopo

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El Museo Universitario del Chopo de la UNAM será sede el próximo viernes 14 de la presentación del libro biográfico ilustrado de 442 páginas El cantor con el sol en el sombrero. León Chávez Teixeiro, canto épico y revolución (Editorial Ítaca), de Jorge Gasca Salas, a las 18:00 horas.

El volumen será comentado por el compositor de canciones, artista plástico y narrador León Chávez Teixeiro, motivo de esta primera edición de Jorge Gasca Salas; el investigador Alberto Híjar; Anthar López, Guillermo Briseño y el propio autor. Al concluir la presentación, actuarán en un concierto que se prolongará hasta las 22:00 horas: Briseño, la Orquesta Latin Madness, Rafael Catana, Roberto González, León Chávez Teixeiro y L@s Prófug@s del Manicomio.

Alfredo León Chávez y Teijeiro, a quien todos conocemos como León Chávez Teixeiro, ha dedicado su vida al canto social a partir del movimiento estudiantil de 1968.

Nació un 11 de abril de abril de 1936 en la calle Nonoalco de la colonia Guerrero. Junto con su familia se mudó de ese barrio a los seis meses de nacido, por lo que vivió su infancia y adolescencia en la colonia Plutarco Elías Calles, aledaña al barrio del Casco de Santo Tomás, por el rumbo de Tacuba, muy cerca de la zona académica del Instituto Politécnico Nacional (IPN), en la Ciudad de México.

Actualmente radica en Bath, Inglaterra.

A su vez, el también músico Jorge Gasca Salas nació en la Ciudad de México en 1963. Estudió percusiones, guitarra, flauta dulce y canto en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Es doctor egresado de la Filosofía y Letras de la UNAM y profesor de tiempo completo en el IPN, en el posgrado de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, Zacatenco, en el Área de Planeación Territorial.

Ha escrito La ciudad, pensamiento crítico y teoría (IPN, 2005) y Pensar la ciudad: entre ontología y hombre (IPN, 2007), y diversos artículos en revistas científicas y de estudios sociales. Su tesis de maestría y doctorado fueron dirigidas por el filósofo Bolívar Echeverría, a quien editó el libro Los modelos elementales de la oposición campo-ciudad (Ítaca, 2013).

Entre 1979 y 1986 fue integrante del grupo de música política latinoamericana Raza Brava; de 1994 a 1996, percusionista invitado del conjunto dancístico y musical Embrujo Flamenco, de Rosario Contreras; de 2006 a 2008, como ejecutante de instrumentos andinos y percusiones (quena, charango, bongóes, congas y otros) en la formación de música latinoamericana Ecos del Canto.

Además de las exhaustivas páginas que conforman el amplio perfil biográfico, testimonial y crítico de El cantor con el sol en el sombrero… (elaborado por Jorge Gasca con apoyos de Gabriela Martínez, Luis Ángel Orduña y Luz Angélica Dueñas), la impresionante edición aporta muestras a colores de la obra gráfica, cancionero, discografía y bibliografía, aparte de unos breves textos narrativos de León Chávez Teixeiro, como el que ofrecemos a continuación, escrito tras la caída de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

“Los patitos”

Cuando voy por mis hijos a la escuela, camino media hora o un poco más para llegar al lugar. Lentamente taloneo las calles, feliz de salir de mi cotidiano encierro, disfrutando el buti de imágenes que me invaden por todos lados. Las texturas y tonos de las paredes, los puentes, los caminos semiescondidos detrás de las casas…

Voy mirándolo todo con mi mente, un cacho aquí y un cacho en los recuerdos defeños y de Guanatos.

A mitad del recorrido tengo que pasar por un viejo puente de estructuras de acero, no muy grande, que cruza sobre un canal de la ciudad. Ahí siempre me detengo un rato para disfrutar la vida del agua que, tranquila o agitada, arrastra hojas y alguna basura.

Algo especialmente agradable es observar a los patos y gansos que nadan de un lado a otro, poniéndose listos a ganar la comida que pueden lanzarles desde el puente.

El martes pasado, precisamente, veía divertido el aterrizaje de los patos acuatizando como aviones sobre la pista líquida. Uno de ellos llegó velozmente justo frente de mí, girando con tanta fuerza que se convirtió en el centro de un vasto movimiento de ondas circulares, de rítmicos anillos centelleando con la luz sesgada del sol de la tarde. Los anillos se desplazaban en una ondulación tan veloz que ya no sabías si nacían en el núcleo o morían en él.

El pato era el centro mismo de un agua luminosa. Imprevisiblemente, sobre esta bella visión, imponiéndose, se montó la imagen de las torres cuatas de Nueva York en los momentos en que son impactadas por los aviones y se derrumban en incontables fragmentos, como tragadas por una fuerza centrípeta.

Ora sí que sin decir “agua va”, la machacona visión inyectada por la tele se empalmó, rotando como ruleta, en el culo mismo de la vibración ensortijada de las ondas que aquel pato había provocado. Las Torres eran el eje y símbolo, el meollo: el foco de un remolino frenético.

“Un hoyo negro”, pensé. Una poza que tendía, más rápida y bestialmente que antes, a terminar de tragárselo todo en su comida. ¿El principio del fin?, ¿de qué?, ¿del imperio del Gran Desorden?

El pato voló de nuevo, sacudiéndome el coco.

Continué mi ruta (en esta vieja y hermosa ciudad de Bath, a dos horas de distancia de los principales centros gestores de esa destrucción que tiene ya una gran cola que pisarle), encandilado aún con los giros de los patitos y el vals del agua camino a recoger a mis queridos chavitos.

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