Toledo, así en el suelo como en la tierra *

Francisco Toledo, marzo 2017 Francisco Toledo, marzo 2017

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde el pasado 22 de septiembre se exponen en la Galería Juan Martín 78 piezas gráficas de Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca, julio 17 de 1940), seis de ellas trabajadas en 1998 y el resto en 1999. Catorce son las puntas secas, técnica muy apreciada por Toledo porque –según le explicó a Angélica Abelleyra para la presentación del catálogo– las placas metálicas se pueden trabajar en cualquier sitio (en cuartos de hotel, por ejemplo) y librarse de las complicaciones de los talleres y los serviciales asistentes.

Hay 12 litografías –la primera técnica de estampación aprendida por Toledo– y otras tantas xilografías. La madera ha sido un material muy frecuentado por Toledo en los 36 años (1963-1999) durante los cuales el quehacer gráfico ha tenido un peso importante en su producción artística. Una técnica bastante cultivada por Toledo en las series recientes (sola o combinada) es el grabado al azúcar, por rápida y directa, lo que permite conservar espontaneidad y frescura en los trazos del pincel. A la mezcla de azúcar con tinta china y jabón acudió ahora en 19 ocasiones.

Conocida es la precocidad estética de Toledo. A los 16 años de edad llegó a la gráfica en las clases que Arturo García Bustos impartió en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca. Poco después en la Ciudad de México, en el Taller Libre de Grabado que el Instituto Nacional de Bellas Artes había establecido en La Ciudadela, asistió a los cursos de Pedro Castelar, Francisco Dosamantes y Guillermo Silva Santamaría.

Ya en Europa, a donde llegó en 1960, su tarea gráfica transcurrió en los talleres de Fernand Mourlot, por corto tiempo, y en el Clot et Bramsen durante varios años. Reinstalado en México pudo acomodarse en los talleres de Mario Reyes y de Andrew Vlady. En los años neoyorkinos durante los setenta seleccionó el del sudanés Khalil. Los 78 grabados que ahora presenta fueron trabajados y estampados en tres talleres de Oaxaca: el de Juan Alcázar para las placas metálicas, el de Fernando Sandoval para las maderas y el de Mark Silverberg para las litografías.

Después de su primera exposición individual de 1959 en la Galería Antonio Souza, Toledo ha tenido individuales en Estados Unidos, Noruega, Francia, Inglaterra, Suiza, Alemania, Colombia, Nicaragua, Cuba, Japón, Argentina, Brasil, Ecuador, Venezuela, Italia, Chile y muchas en México. En la mayoría de ellas la gráfica ha estado junto a obras en otras técnicas, pero solo unas 15 veces. La gráfica le ha reportado prestigio, y referencias a sus peculiaridades se pueden encontrar en los ensayos que le han dedicado en catálogos: Henry Miller, André Pieyre­ de Mandiargues, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Alberto Manrique, Salvador Elizondo, Fernando Gamboa, Juan Acha, Carlos Monsiváis, Verónica Volkow, Teresa del Conde, Edward J. Sullivan, Dore Ashton, David Huerta y Elizabeth Baquedano. Esta última en el catálogo de la muestra Francisco Toledo, retrospective of graphic works, presentada en Associated American Artists de Nueva York en 1995.

Como se pudo observar en los dibujos del Insectario que itineraron a principios de este año por Oaxaca, la Ciudad de México, Tijuana, Culiacán y Querétaro, Toledo conserva y expande su propensión a inventar comedias visuales valiéndose de una fauna de menores o diminutas dimensiones: alacranes, moscos, ratas, chapulines, garzas, camarones, pulpos, cangrejos, langostas, puercos, serpientes, ranas, venados, sapos, murciélagos, leones, avispas, conejos, monos, iguanas, pájaros, pescados y mosquitos. A diferencia de su coterráneo Rufino Tamayo, quien levantaba los ojos de la imaginación hacia un más allá estelar o cósmico, Toledo se adentra en la dinámica del suelo de la tierra, no para desci­frar ciclos o transformaciones­ biológicas, sino para fabular sobre vida, muerte, lucha, sexo, amor, violencia, triunfos, derrotas. No persigue moraleja alguna al humanizar el comportamiento de los animales, ni al darle un protagónico lugar jocoso a la calaca. El pícaro de sus narraciones visuales es el esqueleto, que muere nuevamente al ser agredido por los cañonazos de un falo con ruedas.

El telón de la festiva comedia de líneas serpentinas o quebradas cae cuando Toledo se interna en la autorreflexión de los autorretratos. Doce son en esta exposición los grabados con su rostro. En ellos, el artista cercano a los 60 años no intenta ocultarse, como en épocas anteriores, tras una máscara; ahora exterioriza (a cara limpia y mirando al espectador) angustia, asombro, tristeza y, a veces, desesperación. Marta Traba decía que Toledo permanecía completamente aparte tanto de las aflicciones como de las alegrías, pero que entraba de manera activa en una relación dinámica y procreadora con la naturaleza. Más que entrar en una relación con la naturaleza, creo que Toledo la ha subvertido en un juego de alteraciones que lo ha conducido a un terreno de dudas existenciales.

La reiterada representación de las danzas de la muerte lo han empujado a meditar en la fragilidad de la propia existencia.

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* Proceso 1197 (11 de octubre de 1999).

Este texto se volvió a publicar el 8 de septiembre de 2019 en la edición 2236 de la revista Proceso.

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