La visita maravillosa a "Chucho" Ferrer

miércoles, 21 de diciembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace algunos años, un día de verano de 2006, tras haber recorrido la Ciudad de México de sur a norte en compañía de Jehová Villa (mi mancuerna creativa y pareja desde que formamos La Prodigiosa Maquinita de Soñar un Poco), nos fue revelado el maravilloso mundo de una figura de la música popular nacional a quien tanto yo admiraba y que, sin lugar a dudas, fue uno de los mejores arreglistas del siglo XX. Llegamos a aquella casa de Valle Dorado cual dirección datada en un cuento, para solicitarle a don Chucho Ferrer permiso de usar su arreglo original suyo al Himno de Tlaxcala, autoría de nuestro profesor de canto Carlos Cea y Díaz. Chucho Ferrer introdujo una frase que nos cayó como balde de agua helada: “Hace tiempo que he dejado de creer en la gente…” Ya una vez pronunciada, sus actos de cordialidad y confianza irían envolviendo nuestra mente en shock para conducirnos por los sonidos de la silenciosa casa y sus encantos. Así comenzamos la exploración del amplio acervo de José de Jesús Ferrer Villalpando, alumno prominente del compositor Blas Galindo en el Conservatorio Nacional, quien hablaba de su orquesta, productores, cantantes, disqueras y nos contó la historia del Festival OTI; sus pros, contras, y “por qué un festival tan importante desaparece ante la voluntariosa actitud sin objetivo puro de una televisora interesada más por su audiencia que por su contenido, como sucede en todo concurso hecho por televisoras”. Lo seguimos al compás de sus palabras hasta el ala oeste donde se encuentra el despacho, a la entrada con su piano mudo y muebles que mostró orgulloso de su belleza “por dentro y por fuera”; Ferrer, el ebanista: “Yo hago muebles de todo tipo y de cualquier tamaño, algunos vecinos tienen en sus casas alguna obra tallada por mis manos.” Tomó el llavero, abrió ese mueble largo y lo primero que vimos Jehová y yo fue al Grillito cantor con la espada del abuelito coronel seguido de La marcha de las letras, Los tres cochinitos que están en piyama y las brujas montadas en sus escobas saltar de su archivo XEW/sub archivos Cri cri, con todos los arreglos que compuso para las canciones de Francisco Gabilondo Soler ordenadas en partituras por fechas, dotación musical, disco, cantante, simplificaciones y modificaciones. Evocó “el trajín del día a día en la XEW”. Trabajaba a un ritmo que no cualquiera tiene capacidad en la actualidad, “pues si llegaba Pedro Infante por la tarde había que tener previsión, y entre programa y programa escribir un arreglo, luego otro y el de Pedro, más el de Toña La Negra para la noche, me iba a comer y regresaba a continuar”, extrayendo él música de su “disco duro interno” antes de que la internet o el mp3 fueran la solución a las cortinillas o rúbricas de programa. La otra columna del mueble nos reveló el archivo OTI, festival del que fuera director en los setentas, con dos arreglos a piezas de Roberto Cantoral que lo hacían sentir muy satisfecho: El triste, para el ganador José José, y Al final, aún viva en el calor de su mente “cuando le fue robado el triunfo a Emmanuel”. Entre sus partituras brota un arreglo sin terminar de la canción de Guadalupe Trigo Mi ciudad, uno de tantos que le dedicó. Posteriormente a esa visita, sostuvimos bastantes charlas telefónicas, pudimos aprender mucho y conocimos a este señor adorable. En 2009 manifestó su dolor por la inundación de ese año en que el agua subió a más de 70 centímetros dentro de la casa. Activo hasta el último momento, solía jugar dominó y beberse un caballito de tequila; tras ser relegado por los medios de comunicación para la prensa de espectáculos dejó de ser importante, y para la nota cultural demasiado popular, tanto así que al final artistas de fama lo usaban sólo como máquina de arreglos. Algunos olvidaron pagarle. La canción Azucena, que compusimos Jehová Villa y yo, quedó pendiente de su batuta. Le dejé el audio de la pieza y me dijo después que le había gustado. En nuestra última conversación nos propuso “una charla sobre la canción, un partido de dominó y un tequila”. El pasado 6 de diciembre nos enteramos de su fallecimiento a los 82 años de edad con profunda tristeza. La diabetes impediría otra visita maravillosa. No obstante, en su memoria he de tomar el caballito aquel que nos prometió en su casa, esperando que su alma se encuentre visitando planetas y que, en forma de luz, don Chucho Ferrer toque estrellas, mundos, galaxias e infinito.

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