Cine

"Days" en la Muestra

"Days" comprueba que el cine de Tsai Ming-liang es un trabajo de instalación que atrapa a cualquiera que deambule por esa exposición
sábado, 24 de abril de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Sentado frente a la ventana, Kang mira la lluvia azotarse contra el cristal; afuera se agita la tormenta contra árboles y montañas. La cámara escudriña a través del vidrio ese rostro, su malestar; la toma es estática, dura minutos, no hay prisa ni impaciencia, el espectador no puede más que adherirse a la melancolía profunda de Kang, el personaje de Tsai Ming-liang, asimilado, a lo largo de tres décadas de colabo­ración, ya completo a su actor fetiche, Lee Kang-sheng.

Days (Taiwán, 2020) comprueba que el cine de Tsai Ming-liang es un trabajo de instalación que atrapa a cualquiera que deambule por esa exposición; un recurso fácil para definir la historia, narrada básicamente a partir de cuadros vivos, casi sin diálogos, es minimalismo.

Tres lugares: La casa de Kang en Taiwán, la sesión de acupuntura en Hong Kong y el encuentro de Kang con Non (Houngheuangsy)

–el masajista originario de Laos, en Bangkok–, se diluyen en una sola línea que los conecta y, a la vez, los separa. El tiempo es tan largo como esas tres distancias, y tan efímero que no existe, a menos que se mida por la soledad, el dolor físico, y el anhelo.

El problema con la etiqueta del minimalismo es que reduce a simple y vacía una obra compleja y saturada de significados. Kang, ahora un hombre maduro, es el mismo hijo de familia de El río (1997), aquejado por un mal extraño, dolor en el cuello causado por un virus misterioso que tiende a deformarlo; la acupuntura no ayudó, sino el incesto involuntario con el padre… se deduce ahí que la cura depende del sexo, de la expresión física del deseo. Tal fórmula, claro está, es mero paliativo de la condición humana tal cual Tsai se la representa, como presa constante de esa soledad que nada colma.

Se entiende que Kang, quien en cintas anteriores buscaba sobrevivir como fuese, incluso como vendedor de urnas funerarias (Vive L’Amour, 1994), logró una solvencia económica, pero nada cura el dolor, se agrega la edad, el deterioro físico. Todo esto lo transmite ese primer plano fijo en la mirada de Lee Kang-sheng, moderna litografía sobre la melancolía profunda. En paralelo, allá en Bangkok, Non se mira lleno de vida y entusiasmo, Tsai ofrece la secuencia completa de cómo cocina, desde el lavado concienzudo de las verduras, el pescado, la cocción, ritual que hipnotiza al espectador y condensa toda una cultura de buen comer.

Ayuda el ánimo de la juventud, pero Non está solo al igual que Kang, fuera de su país, vende verduras, da masajes para sobrevivir; la sesión del masaje en un cuarto de hotel condensa el mismo ritual gastronómico de Non en su cocina improvisada. La pesadumbre es inmensa, pero los sentidos están ahí, siempre dispuestos; en el cine de Tsai el camino al corazón es radicalmente estético, indisociable de la percepción sensible.

La apreciación de la obra de Tsai se ha hecho enorme; a estas alturas es innegable que se trata de un gran cineasta y que no sería abusivo asociarlo a Tarkovski, aunque sea en sentido opuesto, pues éste se aleja del cuerpo, quema la casa para liberarse de los sentidos; Tsai Ming-liang entra por la carne. Ninguno de los dos es minimalista, sino contemplativo.

Crítica publicada el 18 de abril en la edición 2320 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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