Literatura

'Negra Semana Santa', primera novela de David Cortés

Ofrecemos a nuestros lectores el comienzo del segundo capítulo de "Negra Semana Santa" de David Anselmo Cortés Arce (su nombre completo), quien se ha destacado en el periodismo y la crítica de rock en México.
miércoles, 5 de mayo de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Permeada de jazz latino y referencias al Centro Histórico de la Ciudad de México de los años setenta, la primera novela de David Cortés, Negra Semana Santa (Ediciones Periféricas, 143 páginas) es una narrativa “para los aficionados al género duro”.

Ofrecemos a nuestros lectores el comienzo del segundo capítulo de esta novela de David Anselmo Cortés Arce (su nombre completo), quien se ha destacado en el periodismo y la crítica de rock en México, siendo profesor de la Universidad Pedagógica Nacional y la UNAM (www.edicionesperifericas.com).

Lunes Santo

Temprano fui a la delegación a buscar al teniente Canales, jefe de la división de homicidios, un hombre hosco, obeso, con mal aliento y peor fama.

Tenía una camisa raída, con el cuello sucio y los puños gastados; la corbata a rayas estaba mal anudada, señal de que, a pesar de la hora, estaba de muy mal humor. Algún tiempo, corto, estuve bajo sus órdenes, pero siempre tuvimos diferencias y si no llegamos a los golpes fue porque, para ser sinceros, siempre encontré la manera de escabullirme.

Él había sido campeón de peso wélter en los Guantes de Oro y más de uno contaba que tenía una pegada capaz de tumbar una muralla. No era muy alto, pero tenía un cuerpo resistente e incluso, como profesional, llegó a pelear en la Arena Coliseo, en una de esas tantas noches en las que eran más los peleadores que el público. Tenía madera, hasta que se encontró con un cubano al que apodaban Mantequilla. Lo dejó todo maltrecho, le cortó las cejas, le reventó la nariz en pedacitos. Aunque logró recuperarse de las lesiones, nunca pasó lo mismo con su orgullo. Si antes era un poco avinagrado, después de esos casi tres rounds se puso peor.

Me lo hubiera pensado si se tratara de otra persona, pero se lo debía a La Morocha.

--Teniente, tanto tiempo sin verlo.

--Déjate de chulerías, Quiñones, ¿qué mierda te trajo hasta acá?

--Nada, andaba cerca y se me ocurrió pasar a saludar.

--Pues andas un poco lejos de tus rumbos. Va, ya saludaste, ¿qué otra cosa?

--Necesito información.

--¿Qué, me viste cara de soplón?

--Teniente, es acerca de La Morocha, ayer la encontraron muerta.

--¿Y? Que yo sepa hace rato no se hablaban.

Canales tenía coraza de hierro. Nadie sabía mucho de su persona, aunque corrían rumores. Era implacable con sus enemigos, sanguinario y traía entre ceja y ceja a los violadores. Una vez estuvo a punto de matar a uno, a puño limpio; fueron necesarios tres policías para controlarlo. Decidí aguantar, me iba a soltar la información, aunque no me iba a librar de sus bromas y su agrio carácter.

--La Morocha no tenía familiares, al menos nunca le conocí a uno.

--Pinche monaguillo, pero ni creas que te vas a ir al cielo. Los putos como tú ya tienen su lugar reservado en el infierno.

--Teniente…

--Mira. Punto y coma, no estoy para tus cursilerías. Si quieres saber algo, ve con el forense. Órale cabrón, a chingar a su madre.

Canales sabía que no habría reparos de mi parte. Aún tenía algo de su respeto, pero era peligroso cuando estaba de malas, así que lo dejé allí, a la puerta de su oficina y me encaminé a los sótanos.

El edificio de la delegación estaba frente a una pequeña plaza, pero su orientación impedía que le diera el sol. Era frío y los sótanos lo eran aún más, porque los grandes refrigeradores no sólo congelaban los cadáveres, también el lugar. Allí, en unas amplias gavetas de aluminio cuya temperatura siempre estaba a no sé cuántos grados bajo cero, se encontraban los cuerpos.

Olía a alcohol y desinfectante; también a sangre y muerte. Era un olor nauseabundo que se pegaba a la nariz, inconfundible. Afortunadamente no se le encontraba con frecuencia en la calle, era como si la muerte no dejara huellas en el aire. Sólo en raras ocasiones ese olor se aposentaba en algún sitio, pero nunca supe qué lo desataba, podía lo mismo desprenderse del cuerpo de un niño desangrado que de un perro atropellado, pero a veces no se presentaba cuando aparecían numerosos cuerpos, como aquella ocasión en la que encontraron a una decena de jóvenes asesinados en el Ajusco.

Tendido sobre la plancha de metal, el cuerpo de La Morocha parecía haberse achicado; se veía perdida en la mitad de ese cuarto que ahora me parecía gigantesco. Una sábana vieja tapaba un poco su desnudez. Había bajado muy rápido, pero al entrar allí y verla, los pies se me hicieron pesados. Los últimos metros para llegar a donde estaba se me hicieron eternos y lo primero que resaltaba en su cuello, el mismo en el que a veces resplandecía su collar de perlas de tres hilos, era una herida larga.

Su tez tenía un color azulado y a la altura del oído izquierdo presentaba un hematoma. El doctor Quezada dijo que luego haría la autopsia o al menos eso le entendí porque tenía por costumbre hablar con la boca llena. Por la trayectoria de la incisión del cuello, de arriba hacia abajo, era evidente que había sido hecha por un zurdo; fue un corte rápido y profundo.

--El que la mató tenía mucha fuerza, pero no murió por la cuchillada --dijo el forense antes de darle una mordida a su torta de tamal.

--Vamos doctor, un corte de esos desangraría a un caballo.

--Sí, pero fíjate.

Sánchez levantó la sábana y el cuerpo desnudo de La Morocha apareció ante nosotros. Por un instante me sentí vejado, quise moler a Quezada a golpes, pero el vientre de La Morocha tenía un extraño color y parecía una masa aguada, gelatinosa, o al menos eso me pareció.

--La molieron a golpes. Antes de que le tasajearan el cuello, ya estaba muerta. Quien lo hizo sabe cómo pegar; debió sufrir bastante.

--¿Por qué está tan seguro de que ya estaba muerta?

--Sus ojos, ve sus ojos. Tienen un brillo extra… hay un dejo de pavor y miedo en ellos, pero no alcanzo a ver sorpresa. Conocía al que lo hizo, yo creo que hasta le tenía confianza. Sí, un poco.

La última frase la rumió. Era hora de salir. Quezada tenía fama de abstraerse y sus últimas palabras eran una señal de que comenzaba su viaje para interrogar a los muertos. Al principio, creíamos que había perdido la razón o que canturreaba mientras hacía las autopsias, luego nos dimos cuenta de que era un largo discurso en el cual ocasionalmente alcanzábamos el significado de algunos vocablos.

Era tan bueno en su trabajo que todos pasamos por alto sus raras manías.

Comentarios