El futbol está entre fans tontos y magnates corruptos de FIFA: Ken Bensinger

jueves, 30 de agosto de 2018
MONTERREY, NL. (apro).- El futbol en el mundo genera millonadas por la pasión de “aficionados tontos que son inescrupulosamente manipulados” por hombres ricos que manejan la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA).   Así lo asegura el periodista Ken Bensinger en su libro "Tarjeta Roja, el fraude más grande en la historia del deporte" (Planeta, 2018), una mezcla de reportaje y novela donde habla sobre el operativo que emprendió la justicia de Estados Unidos para desmontar la maquinaria de fraude y evasión de impuestos organizada desde hace años por los jerarcas del deporte, encabezados por Joseph Blatter.   En entrevista, el también reportero del portal Buzzfeed news destaca que el aspecto más doloroso de la gran estafa del balompié es que ese río de dólares que fluye entre los bancos de paraísos fiscales debería canalizarse a niños de los países más empobrecidos, quienes a causa de esos desvíos se privan de programas de desarrollo deportivo, de infraestructura y hasta de zapatos de futbol y balones.   “Hay quienes quieren mejorar el deporte, pero son la minoría. La mayoría ven el futbol como cualquier otro negocio que puede rendirles ganancias. Muchos de estos oficiales de FIFA no tienen idea de cómo funciona el futbol, nunca jugaron”, dice.   La historia novelada sostiene que todos los seguidores del balón a nivel mundial han vivido en una amarga mentira. En el continente, por ejemplo, la Copa Oro, que tanta expectativa genera en México y Estados Unidos, no es más que el invento del fallecido Chuck Blazer --quien fuera secretario general de Concacaf-- para crear su mina de oro personal con derechos y sobornos, con un formato de pequeña copa del mundo centrado en los dos equipos que dominan el área.   Bensinger explica en el libro cómo es que la exitosa Copa América incluye a las mayores estrellas de cada selección nacional, sólo si los directivos de cada país reciben su respectivo soborno millonario: amenazan con presentar equipos alternos, poco atractivos para los aficionados y patrocinadores, si los millones no les llegan a sus bolsillos.   La Copa del Mundo 2018 se jugó en Rusia y no en Qatar, porque el presidente Vladimir Putin concedió a ese país la explotación de yacimientos de gas en territorio ruso, a cambio de que aceptaran la sede hasta 2022, como realmente ocurrió, revela Ken.   Y así, con una prolija explicación de las maquinaciones que se gestan al interior de la FIFA y sus seis federaciones en el mundo, el estadunidense hace un relato lleno de colorido y antecedentes del operativo Tarjeta Roja, emprendido en 2015 por el Servicio de Recaudación de Impuestos (IRS) y la Agencia Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos.   Esas instancias echaron el guante a decenas de directivos que lavaron dinero utilizando el máximo organismo rector del futbol, que funciona prácticamente sin supervisión de ninguna autoridad en el mundo.   El escritor sabe que las revelaciones pueden ser dolorosas, pero espera que los aficionados despierten y presionen a los jerarcas, para que se enderece el rumbo del deporte que sólo en Estados Unidos se llama soccer. Aunque reconoce que el propósito puede ser sólo una quimera, pues Gianni Infantini, actual presidente de la federación internacional, es como un clon de Blatter.   “FIFA se resiste al cambio. Mi optimismo sobre un posible cambio es 50/50, pues sí existe la posibilidad de ello, pero no hay garantía. El cambio tendría que venir desde adentro, alguien que asuma la política del deporte para cambiarlo”, apunta el autor.   Corrupción en FIFA En ‘Tarjeta Roja’ se mencionan los nombres de los funcionarios futboleros corruptos y los cargos por los que fueron acusados. Existen señalamientos directos hacia Joao Avelange, fallecido expresidente de FIFA, y Sepp Blatter.   De la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Futbol (Concacaf) se señala con el índice flamígero a Jack Warner, quien fuera su presidente; Chuck Blazer, secretario general; Jefferey Webb, presidente; Enrique Sanz, secretario general, y Alfredo Hawit, presidente y vicepresidente.   También se embarran de fango los presidentes de la Confederación Asiática de Futbol (AFC), Mohamed Bin Hammam, y de la Confederación Sudamérica (Conmebol), Nicolás Leoz, además de Eugenio Figueredo, Juan Ángel Napout y Julio Grondona.   Algunos de los empresarios de las grandes firmas que promueven las transmisiones de futbol en América y que fueron procesados tras el operativo son: José Hawilla y Aaron Davidson, de Grupo Traffic; Alejandro Burzaco, de Torneos y Competencias; Hugo y Mariano Jinkis, de Full Play Group, y Zorana Danis, de International Soccer Marketing.   A excepción de algunos funcionarios que no aceptaron sobornos y firmaban limpios contratos legales por derechos, la mayoría de los directivos conformaron un enorme entramado en torno al futbol, que para el FBI era muy parecido al crimen organizado, con una agrupación parecida a la mafia.   El libro resume así el esquema fraudulento y sus afectaciones: “Era una apuesta segura decir que la gran mayoría de los acuerdos de mercadotecnia de futbol, desde los torneos internacionales más importantes hasta los amistosos regionales sin relevancia, involucraban contratos sin licitación que socavaban el valor real de los derechos.   “Esto, por definición, privaba al deporte de dinero que podría gastarse en el desarrollo, literalmente dando balones y tacos a los niños pobres, mientras funcionarios que manejan el futbol se embolsan en secreto grandes sumas de dinero y los ejecutivos de mercadotecnia deportiva se enriquecen enormemente en el proceso”.   Como ejemplo de las cantidades que cambian de manos, expone que la FIFA presupuestó 2 mil 400 millones de dólares de ingresos por venta de derechos de TV para el Mundial de Sudáfrica 2010 y otros mil 100 millones en patrocinios y otros derechos por el mismo evento.   Balón manchado Bansinger reconoce que nunca se había interesado en el balompié. Su trabajo periodístico se concentraba en temas de corrupción, migración y bancos. Ha colaborado con ‘The Wall Street Journal’, ‘Los Angeles Times’ y ‘Variety’. Pero el futbol no es lo suyo, afirma.   Cuando ingresó a ‘Buzzfeed’, en 2014, le pidieron que hiciera un reportaje sobre Charles Gordon Chuck Blazer, exoficial de Concacaf. Fue ese portal el que expuso por vez primera el gran fraude del futbol, que meses después derivaría en el escándalo conocido como ‘FIFAgate’ y que se publicó en junio, poco antes del Mundial de Brasil.   En mayo de 2015, Blazer fue arrestado en Zurich durante una convención de FIFA. Luego se supo que un informante fue quien dio elementos a la justicia de Estados Unidos para armar el caso contra sus colegas, a quienes traicionó utilizando micrófonos ocultos en diversas conversaciones. Y todo para obtener beneficios de ley.   Así, Ken escribió su primer libro, luego de descubrir que el mundo del futbol es grande, complejo y hermético. Sin embargo, dice que el relato no es precisamente sobre el balón, sino sobre la corrupción generalizada en el mundo.   “Aunque es un libro de futbol, creo que es sobre la corrupción que vemos en todos lados, no sólo en el deporte. FIFA representa, para mí, el tipo de corrupción que estamos viendo en muchos aspectos de la vida. Aunque uno no sea fan del futbol se puede aprender mucho sobre este libro”.   El periodista gusta del beisbol, futbol americano y basquetbol, deportes que practicaba en su país. Vivió en la Ciudad de México de 2001 a 2005 y se hizo aficionado de Pumas, aunque no era un gran seguidor de la Liga mexicana. Cuando emprendió el proyecto de ‘Tarjeta Roja’ tuvo que descubrir el juego, y para ello efectuó más de 200 entrevistas y leyó miles de notas y decenas de libros.   Y ahora, casado con una argentina, con una familia política que hincha por Unión de Santa Fe, ha hecho del futbol su deporte favorito.   En la investigación que hizo para escribir su libro encontró que el Mundial de Futbol es el espectáculo más grande y productivo que haya creado la humanidad, convertido en “una orgía de fervor patriótico”, y los beneficios mayores van destinados a unos cuantos.   “El futbol se ha vuelto una institución social y cultural tan poderosa como el gobierno o la Iglesia. Animados por las pasiones de cientos de millones de fanáticos, devotos alrededor del planeta, el soccer ha madurado, también, como un agitado dínamo económico, inyectando grandes sumas de dinero que llenan los bolsillos de la élite que organiza el deporte, lo transmite y pega sus logotipos corporativos a lo largo de los estadios y en el pecho de talentosos jóvenes atletas que persiguen el balón”, resalta Bensinger en su libro.   Pero de esa derrama monstruosa de oro, apunta, a los pobres aficionados les llega muy poco.   Explica en la entrevista: “Es gente que dice: si Messi y Chicharito son millonarios, qué importa que el dinero se desvíe a otras personas. Hay mucha población que podría realmente beneficiarse, sin ser profesionales. Son niños y niñas que quieren disfrutar de algo de esto y hemos visto en países en desarrollo que no hay tantas oportunidades. Está el fenómeno del niño que quiere jugar, pero no tiene ni canchas, ni botines, ni siquiera un balón. Y no se trata de que sea el próximo Ronaldo, sino de que ese niño disfrute más la vida”.   La corrupción también afecta al balompié femenil, afirma, pues las millonadas que se quedan en las cuentas de los magnates deshonestos no llegan a los países que los necesitan.   “Hay más de 200 selecciones nacionales masculinas, pero menos de cuatro docenas femeniles, porque muchos países no destinan ni un centavo al futbol de mujeres, y eso es algo muy triste también. No existe la razón por la que la mujer no pueda tener su equipo nacional”.   Desde su estructura, agrega, el balompié internacional está manchado, pues no existen organismos reguladores que sancionen a nadie. FIFA supervisa a las confederaciones y éstas a las asociaciones nacionales. Y las empresas de mercadotecnia deportiva aceitan las manos de todos.   Blazer, Blatter, Leoz Hammam “podían no tener injerencia en cada trato deshonesto, pero todos eran parte de la misma empresa coercitiva”.   El libro, reconoce el entrevistado, va a generar desilusión, pero a partir de la realidad –agrega-- los aficionados pueden ver cómo está sucio el futbol, manchado por la corrupción, para que tomen mejores decisiones sobre la forma en que lo siguen.   “Si el libro te provoca asco, qué bueno, porque es importante que la gente entienda qué es lo que ve. La reacción que me gustaría ver es que la gente demande con energía a los líderes del futbol que haya un cambio, que se transparente, limpie y mejore, para el bien de todos, porque el deporte podría ser muy sano y bueno para la gente, generando más dinero para dar a todos. Ojalá la gente presione, y si algún día dejan de ver los juegos, sería un impacto fuerte”.   Sin embargo, el periodista estadunidense ve difícil que la meta se alcance con los actuales federativos que rigen la FIFA, encabezados por un legatario de Joseph Blatter que terminó defenestrado por corrupto.   “La nueva generación que controla el futbol, luego del ‘FIFAgate’, no me parece muy diferente. De tal palo tal astilla. Gianni Infantino es una copia perfecta de Blatter: es otro suizo que habla seis idiomas, que llegó por ser astuto en la política y sobrevivir para llegar ahí. Tienen mismas trayectorias, lo cual no veo adecuado. Tiene que haber alguien comprometido en mejorar a los demás con el deporte, no mejorarse a sí mismo”, concluye.  

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