Agustín Basave

¿Y si pierde AMLO?

¿Qué pasaría en el hipotético caso de que Morena y sus aliados se convirtieran en un bloque minoritario en la Cámara de Diputados tras las elecciones del próximo 6 de junio?
jueves, 25 de febrero de 2021

El resultado de los próximos comicios federales es, a mi juicio, de pronóstico reservado. He leído análisis sesudos en ambos sentidos: los que vaticinan que el presidente López Obrador mantendrá el control de la Cámara de Diputados y los que predicen que la alianza opositora le arrebatará la mayoría. Lo que no he visto son series de encuestas distritales, sin las cuales no se puede ir muy lejos en la especulación.

Porque, obviamente, no se trata de una sino de 300 elecciones. Ahora bien, aun si contara con sondeos o estudios demoscópicos por distrito me sería imposible anticipar con razonable tino lo que ocurrirá, puesto que será una contienda cerrada y el papel de los tres órdenes de gobierno en inducción y movilización del voto –digámoslo sin ambages– también tendrá un impacto.

Y sí, en algo influirán la popularidad y el poder de AMLO y de los gobernadores e incluso de los alcaldes, pero ninguno de esos factores por sí solo determinará las cifras finales, habida cuenta de la gran diversidad de circunstancias locales.

No pronosticaré, pues, la correlación de fuerzas de la próxima Legislatura al Congreso de la Unión. Lo que haré es un análisis de las consecuencias de uno de los posibles desenlaces. ¿Qué pasaría en el hipotético caso de que Morena y sus aliados se convirtieran en un bloque minoritario en la Cámara?

Ya sabemos que es facultad exclusiva de los diputados votar el presupuesto de egresos –que se aprueba por mayoría absoluta, no calificada–, por lo que la 4T perdería uno de sus bastiones centrales. También perdería la posibilidad de modificar leyes secundarias, y no podría reformar la Constitución sin negociar a fondo con la oposición. ¿Qué haría AMLO? ¿Se limitaría a gobernar por decreto, como lo hizo en sus primeros tres años como jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, cuando su fracción parlamentaria no era mayoritaria?

Van mis conjeturas. El país entraría en una etapa de turbulencias sociopolíticas, pues las facultades que el Ejecutivo puede ejercer sin pasar por el Legislativo no le alcanzarían a AMLO para seguir impulsando su proyecto, y porque tampoco se quedaría de brazos cruzados.

Detenta dos fuentes de poder, y las ha usado a cabalidad: una es la que tiene la Presidencia de la República, el mando de las instituciones que pueden investigar y castigar a políticos y juzgadores –a carpetazos ha orillado a varios de ellos a acatar su voluntad–; la otra es su arrastre popular, que le permite enderezar el embate de sus seguidores contra sus adversarios en redes sociales y de ser necesario en las calles.

A esto me refiero cuando preveo tres turbulentos años –asumo que ganará la revocación de mandato en 2022– si AMLO pierde las elecciones. ¿Cuántos de los nuevos legisladores aguantarían el escrutinio del SAT o de la SFP o de la UIF o de la FGR? De entrada, sospecho que no pocos priistas se pasarían a las filas del oficialismo, con lo que la alianza opositora se vería mermada. Y de los demás, ¿cuántos resistirían el linchamiento en redes o el hostigamiento en lugares públicos? No muchos, quizá.

Pero supongamos que, pese a la presión, la oposición se mantuviera firme y conservara el número de curules suficiente para decidir sobre el presupuesto y la agenda del Congreso. ¿Alguien cree que AMLO aceptaría la existencia de ese contrapeso y llevaría la fiesta en paz vía acuerdos con “los conservadores”, como él les llama? Yo no.

La 4T es para él una cruzada épica e irrenunciable, y acatar el mandato adverso a un poder que él siempre ha despreciado como es el Legislativo equivaldría a claudicar y, en su visión de las cosas, traicionar al pueblo. Por eso pienso que intentaría por todos los medios, incluida la movilización, doblegar al “conservadurismo”, y eso elevaría la temperatura social y tensaría el devenir político.

No olvidemos, por si todo lo anterior fuera poco, que AMLO está enojado. Llegó al poder con rencor y recientemente algo lo ha irritado más: luego del covid-19 –del cual afortunadamente se recuperó– regresó a las mañaneras sin la humildad y el ánimo conciliador que una experiencia así suele suscitar, arremetiendo contra la prensa “fifí”, los intelectuales “orgánicos” y demás malvados del repertorio.

El líder populista recurre a la intimidación para mantener la disciplina interna y neutralizar a sus críticos. Sus legiones de prosélitos hacen que los correligionarios que lo desobedecen pierdan las elecciones, y hostigan a todo aquel que ose confrontarlo.

Lo vemos con Donald Trump en Estados Unidos. Por eso, porque el populismo captura y alimenta el enojo de la sociedad, la era de la ira es propicia para ese tipo de liderazgo. Aunque AMLO rechaza la violencia física y en la 4T no se han dado actos de terror como los del pasado 6 de enero en Washington, las palabras agresivas no propician conductas pacifistas, y cabe preguntarnos si algo similar podría suceder si se acota a un presidente autoritario como él en una situación límite. ¿Sería el ominoso asalto al Capitolio el espejo en que deberíamos vernos los mexicanos? El escenario podrá ser improbable; la preocupación es válida.

Embrido mi pesimismo. En caso de que ganara la Cámara de Diputados, como señalé, la alianza opositora tal vez no podría mantener la cohesión de su bancada, o acaso gobierno y oposición actuarían con pragmatismo y llegarían a arreglos de gobernabilidad. Con todo, no está de más considerar la posibilidad de que se exacerbe la confrontación y prepararnos para defender, con la razón y la persuasión en ristre, la precaria democracia que tenemos.

Este análisis forma parte del número 2312 de la edición impresa de Proceso, publicado el 21 de febrero de 2021 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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