“Réquiem para un alcaraván”: de la tierra al teatro

Réquiem para un alcavarán. Performance sobre lo muxe. Foto: Gerardo Castillo / isoptica

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Réquiem para un alcaraván no es una danza folclórica, es un performance micropolítico sobre lo muxe (homosexualidad zapoteca) dentro de la tradición del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca.

A su autor, Lukas Avendaño, originario de esa región del sur de México, le implicó un traslado de contextos, de la ceremoniosa tierra a la monumental sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, donde Réquiem dio tres presentaciones del 22 al 24 de noviembre.

Vestido de novia con la típica enagua blanca que la mujer istmeña usaría para la boda católica heterosexual, velo blanco y ramo de alcatraces, el bailarín, actor e improvisador reivindicó su derecho al amor con una persona del mismo sexo. Caminó hacia “el altar” del brazo de un espectador como parte de la improvisación y, con eterna lluvia de arroz que ambos novios recibieron, se apropió de este cliché que ha excluido del amor y el matrimonio a los muxes.

A la boda entre dos hombres le siguió la característica fiesta de barrio del Istmo o mayordomía, donde la mujer –Lukas Avendaño– generalmente usa enagua de tela brillante, peinado trenzado, se contonea al bailar y caminar, casi canta al hablar, y su informalidad en las relaciones sociales convierten al evento en familiar.

Con todo ese lenguaje tan propio, ella-él realizó un monólogo autobiográfico como parte de la misma fiesta. Narró a los invitados –el público– su linaje matriarcal, simbolizado por un torsal de oro heredado de su abuela que le colgaba del pecho, y cómo goza de la libertad con el poder económico que la mujer tiene en el Istmo.

También, recordó las luchas estudiantiles del país durante el siglo XX –1968 y 1999– con abierto reconocimiento por el valor de autonomía que persiguieron.

En el juego performativo de desplazamiento de la tradición de esta región  al teatro, no podía faltar la representación de la fiesta patronal de la virgen, que requirió su imprescindible estandarte, del que colgaban tiras de colores relativas a la alegría del pueblo.

Para esta escena, Avendaño vestía la enagua bordada con grandes flores, la más representativa de la tehuana, a través de la cual se expresa su refinamiento al bailar el fandango. Con el dominio de ser originario y el audio de la banda de viento, el bailarín amplificó cada movimiento del baile al portarla.

Después bailó la danza del alcaraván –especie de pájaro pequeño que se distribuye en zonas tropicales–, cuya versión significó su muerte al quedar atrapado entre las tiras de aquel estandarte religioso de la fiesta.

Y finalmente su propio velorio, con enagua y velo negros, donde el artista dio un último discurso sobre el necesario regreso a las raíces mesoamericanas, luego del fracaso del patriarcado y el catolicismo, aludiendo al estado represor de Chile y al gobierno de México con cuentas pendientes por los desaparecidos.

El performance Réquiem para un alcaraván, con trayectoria de más de cuatro años –se ha presentado en Casa del Lago (2015) y Feria del Libro de Juchitán (2017),– se compuso de elementos culturales del Istmo, como el liderazgo de la mujer, la integración social de los muxes y la indumentaria, corporalidad, baile y banda regionales, mezclados con símbolos universales del catolicismo, como el estandarte religioso y el cliché del matrimonio.

El traslado de esta tradición sincrética de su territorio a la sala de danza principal de la UNAM funcionó como un ready made (algo que ya existe que se desplaza de contexto para resignificarse): Si en su tierra conforma la vida, en el teatro se reclamó como una forma de arte.

Este texto se publicó el 1 de diciembre de 2019 en la edición 2248 de la revista Proceso

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