Análisis

Efectos de la violencia política

La extrema violencia política es una lacerante expresión del sistema brutal y voraz en que vivimos. Pero mirar para otro lado, o pensar que "eso" sólo les pasa a otras personas, es una forma de negación que afecta nuestra subjetividad y nuestra capacidad de pensamiento.
martes, 8 de junio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Estas elecciones intermedias, que son, como ya han señalado muchas personas, una especie de referéndum acerca de la gestión AMLO, se han desarrollado en un clima de extraordinaria violencia política.

Según Animal Político, el actual proceso electoral ha sido el más violento del siglo. Hubo más de 450 ataques, ente ellos 34 asesinatos de aspirantes o candidatas/os. La consultora Etellekt, en su Cuarto Informe de Violencia Política en México 2021, dijo que ya llevamos 79 políticos asesinados durante el proceso electoral de 2021.

Las hipótesis que he escuchado van desde que eran personas honestas asesinadas por razones estrictamente políticas, o sea por sus ideas, hasta que, debido a las luchas por el poder económico en determinados territorios, los opositores políticos o simplemente los grupos delincuentes contratan a sicarios para eliminarlos. Desgraciadamente también se escucha el “por algo será”, que acaba ensuciando a las víctimas y a sus familiares. En todo caso, creo que vale la pena pensar también en otras cuestiones acerca del clima de violencia política.

Empiezo por algo básico. Nuestra nación tiene una larga historia de acontecimientos de violencia política, al igual que muchos otros países. Sin embargo, tal vez algo reiterado en México es que muchos y muy sonados crímenes han quedado como suspendidos. Es muy probable que nunca sabremos quién mandó matar a Luis Donaldo Colosio y a muchos de los políticos y candidatos hoy asesinados, o si realmente Aburto actuó en solitario. Nuestros juicios sólo pueden basarse en creencias, cuando no en la fe. La única certeza que tenemos y, por lo tanto, lo único en lo que podemos coincidir es en que no hay transparencia en los discursos oficiales e incluso en algunos medios de comunicación, y que la profesión de periodista es una de las más peligrosas de este país.

Además de la dificultad que existe para aclarar los asesinatos políticos, parecería que nos estamos acostumbrado al clima de violencia política, de la misma manera en que nos hemos acostumbrado a la violencia hacia las mujeres. ¿Por qué no reaccionamos ante lo que está pasando? ¿Qué implica desestimar las consecuencias que la violencia política produce en la convivencia?

Daniel Feierstein, investigador de la Universidad de Buenos Aires, especialista en “análisis de las prácticas sociales genocidas”, en entrevista con María Daniela Yaccar que publicó el periódico argentino Página12 acerca de su reciente libro Pandemia (FCE), se asombra de que ante la cantidad creciente de muertes “no pasa nada, es como si fuera parte de la vida”. Feierstein trae a cuento lo que ha sido su materia principal de investigación –los genocidios– para plantear que “la capacidad de naturalización del ser humano es infinita”. Este sociólogo sostiene que “tanto a nivel social como gubernamental hay un nivel de naturalización y negacionismo que es creciente. Cada vez aceptamos más cosas que meses atrás pensábamos inaceptables”.

La negación es uno de los mecanismos de defensa que, desde Freud, estudian los psicoanalistas. Yaccar le pregunta “¿por qué aparecen los mecanismos de defensa en la sociedad?”. Y Feierstein le responde que los seres humanos no podemos lidiar con todos los estímulos que nos ofrece la realidad, son demasiados o a veces demasiado intensos:

“(…) El sistema psíquico también toma pizcas de la realidad. Cuando ese monto de realidad es demasiado grande, catastrófico, disruptivo, tenemos mecanismos que buscan impedir que esa porción excesiva de realidad desmorone nuestro sistema psíquico. Los mecanismos de defensa juegan ese papel, están por lo general al servicio de nuestra subjetividad, buscan preservarla de una realidad demasiado dura.”

De ahí que Feierstein retome lo que aprendió del análisis de los procesos genocidas y las guerras: “Tienes gente tomando un café, que sigue viviendo su vida mientras en la calle caen bombas... o incluso vuela el café”.

Cualquier acontecimiento catastrófico, desde los desastres socionaturales hasta las guerras, pasando por todo tipo de epidemias, tiene consecuencias traumáticas en las personas. Las situaciones traumáticas que vivimos, sea como víctimas, como perpetradores o como testigos, se inscriben en nuestro psiquismo como heridas, que cicatrizan, pero que pueden abrirse en cualquier momento y generar sufrimiento y rabia.

Además, nunca se sale indemne de mirar para otro lado, sabiendo lo que ocurre. Esto lo ha estudiado el psicoanálisis: las huellas de los traumas, que mutilan nuestra subjetividad y, en ocasiones, hacen que prevalezca la indiferencia o la creencia de que los conflictos pueden resolverse con más violencia. Según Russell Jacoby, en su libro La amnesia social, estos procesos de negación no los vemos porque hay un olvido de lo que ha enseñado el psicoanálisis acerca del psiquismo de los seres humanos.

Es indudable que vivimos momentos dolorosos, difíciles y complicados, y que la extrema violencia política es una lacerante expresión del sistema brutal y voraz en que vivimos. Pero mirar para otro lado, o pensar que “eso” sólo les pasa a otras personas, es una forma de negación que afecta nuestra subjetividad y nuestra capacidad de pensamiento. Y eso también abona al clima de violencia. 

 

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