Estro Armónico

¿Músicas independentistas? (I de II)

Llegado, con bombo y platillos desentonados, el aniversario por el bicentenario de nuestra independencia, la música desempeñó un papel importante para engalanar con sus acordes el acto oficial y darle curso al lenguaje sonoro que armonizaría la identidad nacional recién adquirida.
domingo, 26 de septiembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Llegado, con bombo y platillos desentonados, el aniversario por el bicentenario de nuestra independencia, esta columna no puede quedarse muda pues, ciertamente, la música desempeñó un papel importante para engalanar con sus acordes el acto oficial y darle curso al lenguaje sonoro que armonizaría la identidad nacional recién adquirida.

Empero, antes de lanzarnos al recuento melódico, vale la pena repasar los antecedentes, mínimos e inmediatos, que desembocaron en la supuesta cirugía para amputar la dependencia con la Madre Patria. Por tanto, recalados en febrero de 1821, tenemos un acontecimiento determinante: la firma del Plan de Independencia de la América Septentrional, o Plan de Iguala, un empeño muy ingenioso de Agustín de Iturbide –con su innegable tónica de oportunismo– para conciliar los intereses de todos los involucrados en las disputas hegemónicas y al que, gradualmente, se adhirieron los diferentes distritos de la embrionaria nación independiente.

Asimismo, hemos de recordar su contenido, cimentado sobre cuatro pilares: 1) Consolidar inequívocamente –pero con sus dislates– la Independencia de México. 2) Mantener la monarquía encabezada por Fernando VII o por alguno de los miembros de la corona española. 3) Ratificar la religión católica como la única posible. 4) Establecer la unión de clases sociales con las mismas garantías individuales.

Como podemos ver, los principios enarbolados de Independencia, Religión y Unión –de donde surgen los colores de la bandera– dieron lugar a la jura de las Tres Garantías y, de ahí, a la organización del Ejército Trigarante, a través del cual habrían de consumarse las últimas luchas contra la oposición realista. El plan contuvo una extensión de 17 artículos, o Tratados de Córdoba, en los que se estipulaba que el gobierno que adoptaría el Méjico independiente sería el de una monarquía moderada, cuya corona la seguiría ostentando el tarambanas de Fernando VII, que era un miembro de la Casa de los Borbones –o en su defecto, otro Infante cretino de España– con el fin de devolverle a la insaciable corona, en el quimérico Méjico independiente, el poder que la Constitución de Cádiz le había arrebatado. Para gobernar al nuevo país en lo que llegaba un príncipe a ocupar la corona, el plan propuso la creación de una Junta Gubernativa y, posteriormente, de una Regencia que se encargaría de gobernar en lo que se elegía al nuevo emperador. Adicionalmente, convocaría a las Cortes para elaborar una Constitución propia.

De lo anterior podemos dilucidar varias cosas, entre ellas que Iturbide había jugado a dos bandas y que su plan comprendía, amén de asegurarse el puesto de jefe supremo del Ejército Trigarante, la probabilidad de ascender al trono imperial. Lo relevante del caso es que, a pesar de estar todavía fuera de la ley virreinal, logró convencer a los caudillos insurgentes para que se sumaran a su plan. Eso fue lo que sucedió con Vicente Guerrero, quien acabó sometiéndose a sus órdenes y cediéndole su propio regimiento.

Con respecto al impacto en la sociedad, sobra decir que para los acaudalados y el alto clero se venía encima una situación imprevista llena de riesgos, y para la clase media se abrían senderos inopinados de oportunidades, siendo parte de la mayoría católica que repudiaba la violencia que habían desatado las contiendas bélicas. Obviamente, para indígenas y desposeídos, el nuevo orden social no traería ninguna mejoría de facto.

Cuatro días después de la firma del Plan, las guarniciones establecidas en Acapulco se proclamaron a su favor. El 1 de marzo Iturbide fue nombrado jefe del Ejército Trigarante, pero una semana después el virrey Apodaca se enteró de sus planes y le ofreció el indulto si se retractaba. Como no hubo respuesta, declaró a Iturbide y a sus seguidores fuera de la ley, por consiguiente, sujetos a encarcelación inmediata. El 8 de abril, el general realista Vicente Filisola se declaró partidario de Iturbide, proporcionándole la tropa que tenía en Zitácuaro. Diez días después se imprimió en la Ciudad de Méjico el Acta de Juramento del, ya para entonces irrefrenable, Plan de Iguala; y dos días después Guadalupe Victoria, apostado en Veracruz, prometió lealtad a los planes de Iturbide.

Llegando a mayo, el Ejército Trigarante ocupó Valladolid –hoy Morelia–, desconcertando a los opositores que no tuvieron más remedio que capitular y entregarle la plaza. Y casi simultáneamente las fuerzas realistas comandadas por José Joaquín de Herrera –futuro presidente de Méjico, en tres ocasiones– se unieron al Plan, proporcionando a los soldados que estaban situados en Veracruz y Puebla. Al concluir el mes se difundió la noticia de que el inefable Antonio López de Santa Anna se había apoderado de Jalapa y que también era partidario de las ideas de Iturbide.

Ya no había límite para las adhesiones en cascada. En junio Guadalajara se unió al Plan, al igual que Querétaro. Vino después Saltillo, Monterrey, Zacatecas, Puruándiro, Parras de la Fuente, Aguascalientes y Rosarito, en Sinaloa. En julio, cual pre-clímax del melodrama patrio, el azorado virrey Apodaca fue destituido, y para reemplazarlo por su incapacidad para contener el avance rebelde, la Corona de España mandó a su sustituto, el español de origen irlandés Juan de O´Donojú, que desembarcó en Veracruz el 3 de agosto (durante la falaz transición de poderes, el mariscal Francisco Novella se encargó de mantener vivo el poder, fungiendo de virrey provisional durante 28 días). Curiosamente, Apodaca regresaría a Madrid, donde daría su versión de los hechos ante la Corte que quería levantarle cargos, obteniendo de ella, después de una forzada exoneración, la encomienda de trasladarse a Cuba, en 1823, para preparar la reconquista de Méjico (pero ni siquiera pudo intentarlo debido a su pésimo estado de salud).

Dados los sobresaltos que había padecido la sociedad novohispana en los 11 años que duró el enfrentamiento entre “herejes rebeldes” y “almas nobles y conservadoras”, podemos suponer el beneplácito que hizo suyo la población. Se intuyó, con más esperanza que certidumbre, que el nuevo orden le daría a la incipiente nación los medios para salir de su incivilidad por cosa que tardaría décadas en siquiera vislumbrarse (y si somos honestos, aun en la segunda década del Siglo XXI no se logra).

Como quiera que sea, lo que nos concierne es que se creó un himno para alabar a Iturbide al tiempo de su ingreso al frente del Ejército Trigarante. No contamos con registro en prensa de que realmente se haya entonado y desconocemos la autoría musical, mas por el interés que suscita creemos oportuno consignarlo, imaginándonos simultáneamente el fastuoso ingreso de la tropa –con más de 16 mil soldados– a la capital. Y vale la pena recordar que el grueso de las huestes trigarantes habían cabalgado desde Michoacán y que llegaron el 24 de septiembre a Chapultepec, donde se mandó una avanzada hasta el corazón de la capital comandada por Filisola. Iturbide aguardó todavía, en pos de crear más expectación y para dárselo a sí mismo de regalo de cumpleaños, además de haber redactado, desde Tacubaya, una proclama.

La Gaceta del Gobierno de Méjico hizo el siguiente exhorto: “En virtud de la suspirada y feliz emancipación de esta América Septentrional que afortunadamente se ha realizado de un modo asombroso, se participa así al recomendable vecindario de esta Capital: que se celebre y solemnice tan plausible y señalado acontecimiento con adornar las puertas y balcones de las casas, e iluminar éstas por la noche del modo más cómodo, decente y vistoso que sea posible, así en el día 27, como en los siguientes 28 y 29. Se contrae a que contribuyan todos a la conservación del orden y tranquilidad pública, que tanto interesa para gozar con placer, paz y serenidad las glorias de un día tan fausto, que deber ser el inalterable principio de nuestra común felicidad.”

“Himno al Ejército Trigarante”1

Gloria a ti, caudillo invicto,/

( gloria a vos, oh salvadores,

gloria a vos, restauradores/ de la

(azteca  libertad.//

De la discordia inhumana/ Anáhuac

( víctima fuera,

si vuestra voz no se oyera,/ de

( libertad y de unión.//

Voz divina, que extendida,/ por el

( mejicano suelo,

llena de gloria y consuelo/ todo labio

( repitió.//

Este sí que es heroísmo/ digno de eterna

( memoria,

esta sí que es mayor gloria/ que la gloria de

( Cortés.//

Nunca en tenebroso olvido/ se hundirá

( vuestra memoria:

que de la patria en la historia/ inmortal ha

( de vivir.   

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1 El autor de la letra fue el poeta Francisco Ortega.

Opinión publicada el 19 de septiembre en la edición 2342 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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